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Tras las huellas de san Francisco de Asís (Un bello testimonio)

DUE BAMBINI AMICI

ESB Professional|Shutterstock

Cuando era niño, iba a visitar a Jesús en la capilla del colegio.

Claudio de Castro - publicado el 08/08/22

"Cuando tengan que tomar el camino ya sea a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán sus palabras resonar detrás de ti: «Este es el camino que deben seguir”. (Isaías 30)

De niño estudié en un colegio franciscano. Vivía en una ciudad costera de mi país, Panamá. La escuela quedaba a pocas cuadras de mi casa, en Colón, y solía irme caminando. Me gustaba mucho caminar porque me permitía reflexionar.

Recuerdo como si estuviese en este momento sentado en una de sus bancas de madera, iluminada por la luz que se colaba desde el ventana de vidrio que daba a la calle principal. Eran días de mucho sol y alegría.

En la parte superior del colegio quedaba la capilla a donde subía durante los recreos. Me quedaba acompañando a Jesús en el Sagrario, para que no se sintiera solo. Poco a poco se fue forjando en mi interior un gran amor a Jesús, prisionero de amor en el Sagrario, quien se convirtió en mi mejor amigo de la infancia.

Sentía una gran ternura y un amor inexplicable cuando entraba al salón la hermana María Ávila y nos hablaba con tanto amor del amor de Dios y nos narraba historias de grandes santos y niños que prefirieron donar sus vidas a negar a Jesús, como san Tarsicio.

Pero lo que más disfrutaba era cuando se sentaba frente a nosotros con su hábito franciscano y nos hablaba de san Francisco de Asísy sus compañeros de camino: León, Ángelo, Illuminato, Rufino y Masseo, particularmente al hermano León a quien llamaba “ovejuela de Dios”. 

León era sacerdote y con frecuencia confesaba a Francisco, le sirvió de confidente y secretario muchos años.

La perfecta alegría

Nos dejaron el diálogo de la perfecta alegría entre ambos, una obra maestra de espiritualidad, que nos conduce a Dios. ¿De qué se trata?

Luego de pasar con gran virtud, silencio y aceptación en nombre del Dios vivo, toda serie de humillaciones, hambre  y malos tratos, Francisco concluye:

“Si nosotros soportamos todas esas cosas pacientemente y con alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo bendito, los cuales debemos soportar por su amor: ¡Oh hermano León!, escribe que ahí y en eso está la perfecta alegría”.

También guardamos en nuestro corazón, con inmensa gratitud la conocida bendición franciscana a Fray León, que tanto valoro y me hace recorrer valles, senderos y las calles empedradas de Asís con mi imaginación, caminando al lado de ambos, escuchando sus piadosas palabras, viendo de cerca sus grandes aventuras.

“El Señor te bendiga y te guarde;

te muestre su faz y tenga misericordia de ti.

 Vuelva su rostro a ti y te dé la paz.

El Señor te bendiga, Fray León”.

Me gusta rezar y reflexionar antes de sentarme a escribir.

Un instrumento de Dios

Anhelo llenarme de Dios para poder mostrarte su amor, con mis muchas limitaciones humanas. Mi corazón palpita fuerte cuando se llena con el amor Divino. Y no deseo más que compartirlo con cuantas personas se crucen en mi camino.

Por algún motivo que desconozco hoy he rezado la oración que se le atribuye a san Francisco

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.

Y no he podido evitar que una lágrima corra por mi mejilla, al pensar en cuánto nos ama Dios reconociendo lo poco que le correspondo, recordando la vida extraordinaria de san Francisco de Asís a quien tanto admiro y que no he podido seguir su pasos con humildad, ni abandono, ni paciencia, ni misericordia.

«Haz de mi un instrumento de paz»

Solo me queda implorar:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.

Y luego pedirle al hermano Francisco:

“Hermano Francisco, aquí está uno de tu hijos espirituales,
he querido seguirte, veo tus huellas tras las huellas de Jesús,
pero ya ves cuánto me cuesta cada paso.
Me aferro a este mundo ingrato y pasajero.
No soy capaz de soltar amarras como hiciste tú,
desplegar las velas del alma y
navegar por el mar insondable de Dios.
Me cuesta amar con un inmenso amor a la Iglesia,
al Papa, a mis semejantes y a Jesús Sacramentado.
Ayúdame hermano Francisco,
 a ser santo como me pide Jesús
 y mostrarme misericordioso con mis hermanos.”

Amable lector de Aleteia, reza por mí. ¿Me harías ese favor? Y yo rezaré por ti.

Paz y bien, hermano.

“Recuerda que cuando dejas esta tierra, no puedes llevar contigo nada que hayas recibido, solo lo que has dado.”

(San Francisco de Asís)
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