Recibe Aleteia gratis directamente por email

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

San Tarsicio, el niño mártir de la Eucaristía

TARCISIUS
Comparte

Se ofreció a llevar hostias a los cristianos prisioneros pero unos niños le descubrieron...

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

A san Tarsicio se le puede considerar el primer mártir de la Eucaristía. De este santo niño, porque solo tenía 12 años, se sabe muy poco. La única fuente documentada la dejó el papa Dámaso. Tarsicio nació en el 263 d. C., en Tarso al igual que san Pablo, y quizás su nombre sea debido a su procedencia.

Vivió en una época muy dura para los cristianos, en las persecuciones bajo el cargo del emperador Aureliano.

Todos lo fieles que eran arrestados bajo su dominio, no se desconsolaban, continuaban orando y  celebrando misa.

El problema estaba en que faltaban las hostias para comulgar, y los cristianos que no estaban en prisión no sabían cómo hacer para que ellos no dejaran de comulgar.

Por eso Tarsicio se ofreció para hacer llegar las hostias a los prisioneros, pensó que por su corta edad nadie sospecharía.

El niño escondió las hostias muy cuidadosamente en su camisa, las aferró firmemente a su pecho y partió hacia la prisión.

Pero en el camino encontró a algunos de su grupo de amigos de juego, que lo invitaron a unirse a ellos. Tarsicio contestó que en este momento no era posible, que tenía algo muy urgente que hacer.

Los niños insistieron, y luego comenzaron a molestarlo y a burlarse de él, porque veían que por ningún motivo el santo despegaba las manos de su pecho.

Pero Tarsicio protegía aún más su Divino tesoro, esto provocó aún más la curiosidad de sus pares e interesados en saber qué llevaba lo forzaron a abrir su brazos. Fue entonces cuando cayeron todas las hostias por el suelo.

Al darse cuenta de que su compañero era un cristiano, comenzarlo a agredirlo salvajemente y sin piedad, a puños y patadas, como un vil acto de lo que hoy se llama bullying.

A tal agresión el niño cayó inconsciente. En ese momento se acercó un centurión que también era cristiano, alejó a los malos muchachos y enseguida socorrió al pequeño.

Pero ya no había nada que hacer. El niño había dejado este mundo y con su admirable ejemplo de fe cristiana reforzó aún más la esperanza de aquellos que eran perseguidos.

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.