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San Francisco de Asís: El humilde padre de la más hermosa tradición navideña

© John Pavelka
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Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén

Haga click aquí para abrir el carrusel fotográfico

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El pueblo de Greccio (Lazio, Italia) descansa en la pendiente del monte Lacerone. Rodeado por un bello bosque de encinas y robles, desde su altura domina el amplio valle del Rieti, ombligo de Italia. Greccio tiene una población de 1.500 habitantes y se ubica a medio camino entre Roma y Asís.

La arquitectura de Greccio, con su castillo y su Santuario, evocan el espíritu seco y sencillo de una región marcada por el pasar solemne de los siglos. Las campanadas vespertinas se pierden en el silencio de un pueblo que San Francisco de Asís amaba por ser “rico en pobreza”.

Fue en ese pueblo reatino, donde en el 24 de diciembre de 1223 San Francisco de Asís inició la más bella tradición navideña. El Poverello, en palabras de Benedicto XVI, “estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros”, y, por ello, decidió revivir en una humilde gruta del monte Lacerone, en carne y hueso, el misterio de la Natividad.

Magnánima insignificancia

En su corazón, San Francisco sentía el anhelo de compartir con todos los hombres y mujeres la visión de Cristo en la tierra. Quería sentir y que los demás sintieran la realidad del milagro de Belén. Quería despojar a la Navidad del lujo y la parafernalia, para presentarla ante los ojos del mundo en toda su pobreza lacerante, en toda su humildad hiriente, en toda la magnánima insignificancia con la que Jesús, el Hijo de Dios, se había vuelto hombre.

Durante los preparativos para la celebración en la gruta de Greccio –de acuerdo al relato de Tomás de Celano– San Francisco dijo estas hermosas palabras: “Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”.

Fue así, que la noche de ese 24 de diciembre, rodeado por una congregación de paisanos sencillos y devotos, con paja en el suelo y estrellas en el cielo, San Francisco celebró el nacimiento de Jesús, representado no como un pesebre de madera rodeado de oro, sino como un pesebre de madera rodeado de la misma pobreza que vivieron María, José y Jesús en la gruta de Belén. Ante esa imagen de poderosa realidad, el santo dio un sermón donde predicó con los ojos llenos de lágrimas el “nacimiento del Rey pobre”.

Ternura mística

Hoy, la tradición iniciada por San Francisco de Asís se celebra en todo el mundo cristiano. Es, junto con el árbol de Navidad, el signo más representativo de las fiestas decembrinas. Sin embargo, una vez más, el mensaje de pobreza se ha perdido.

El nacimiento se considera un adorno más, un adorno que hay que tener porque los demás lo tienen y porque así era antes y así es ahora.

Pocas personas conocen la historia de San Francisco de Asís, de Greccio, de la gruta. No saben que el santo pobre no era un decorador de interiores preocupado por marcar una tendencia mundial. No saben que el mensaje del pesebre, en su ternura mística, en su humildad sincera, es contrario al frenético consumismo que se apodera de las almas con la llegada de Navidad.

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