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Tú eres mucho más que tus errores (y Dios infinitamente más)

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¿Es eso lo que Dios quiere? No hagas. No digas. No vayas. No ofendas. No hieras. No mates… ¡Los mandatos de Dios son para que tenga vida!

Sé que la vida consiste en hacer la voluntad de Dios. Pero a menudo no sé que quiere. Otras veces tengo ansiedad al pensar que me está pidiendo algo que no soy capaz de hacer.

Me da miedo fallar. Temo emprender caminos que no van a colmar mi corazón. Me asusta confundirme. ¿Cómo puedo saber lo que Dios quiere?

Una persona comentaba:

“No sabes la angustia que me produce escuchar la frase: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Me produce ansiedad. ¿Y si no estoy haciendo lo que Dios desea de mí? ¿Hay una única respuesta posible, una sola elección valida, un solo camino de santidad?”.

Soy libre para elegir. Leía el otro día:

“La libertad es el don que permite al hombre ejercer la obediencia, sin ser simplemente una marioneta en las manos de Dios. Se trata de dos libertades, aunque desiguales. La libertad de Dios crea. La libertad del hombre le puede dejar o no dejar crear[1].

Mi libertad está condicionada. Por mi historia. Por mis límites. Por mis carencias. No puedo ser tan libre como quisiera a la hora de tomar opciones.

Dios desea para mí una vida plena. Y en mis manos está el dejarme hacer por Dios.

Pero a menudo veo más normas y prohibiciones en la Iglesia, que consejos llenos de esperanza. Veo límites que reducen mi horizonte.

Es como si fuera por una carretera con un precipicio al lado. Temo acercarme al borde del camino. ¿Y si pierdo el control?

Entonces las normas me marcan la ruta que sigo y me siento seguro. No quiero incumplirlas. Me veo siendo un cumplidor de normas sin espíritu. ¿Es ese el sentido de sus normas?

¿Es eso lo que Dios quiere? No hagas. No digas. No vayas. No ofendas. No hieras. No mates. Los mandatos de Dios son para que tenga vida.

Moisés le decía al pueblo amado por Dios:

“Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor os va a dar. ¿Dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, siempre que lo invocamos?”. Deut 4, 1.5-9.

Muchas normas me parecen evidentes. Cuando mato, muero. Cuando robo, pierdo. Cuando hiero, sufro.

El mal que causo es un mal para mi propia vida. Me parece evidente y sólo cuando estoy muy lejos de Dios confundo el mal con el bien. Sólo entonces.

Pero luego, en el corazón, las decisiones son más complejas. Tengo que elegir entre dos bienes. Entre dos vidas posibles. Dos caminos. Dos opciones.

Y el corazón entonces tiembla, duda. ¿Qué espera Dios de mí? ¿Qué es lo que más me conviene? El camino que me marcan algunos. El camino que yo veo claro en mi alma. Caminos posibles. Opciones buenas.

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¿Tengo que hacer todo el bien que puedo hacer? No lo sé. La elección está en mis manos. Soy libre hasta cierto punto.

Influyen en mí el mundo, mi ambiente, las personas. Parece que todos tienen algo que decir. Me puedo confundir. Puedo traspasar la línea.

Puedo alejarme y volver. No todo es tan rígido como pienso en mi corazón. Y a menudo tendré que elegir simplemente lo que no he elegido. La vida como es con su cruz, con su desierto, con sus dolores.

Leía el otro día:

“Es bueno determinarse ante las diferentes posibilidades, pero el ejercicio más fecundo de la libertad es consentir en algo que no hemos elegido, acoger con confianza realidades que nos superan[2].

Dios ha pensado una vida plena para mí. Pero no todo es tan preciso como deseo. No todo está tan constreñido y fijo.

Es el Dios de la vida que camina conmigo y me dice: “No tengas miedo, Yo te seguiré, sostendré tus pasos, te amaré”. Y con sus palabras me muestra un camino ancho, un campo espacioso.

Dios crea con mis manos. Y me dice: “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo”.

Abrirá en mi vida caminos de esperanza. Llenará de fuentes mi desierto. Me dará el alimento cuando tenga hambre.

Seguirá mis pasos cuando me aleje y confunda. Sostendrá mis caídas para que no tenga miedo. Me dirá que me ama más que a nadie.

Eso me sostiene cuando dudo y tengo miedo de confundirme. Y no hacer lo que a Él le agrada. ¿Y si me equivoco? La presión cae sobre mí. ¿Qué quiere Dios de mí?

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Quiero estar cerca de Dios. Es importante amar a Jesús y dejarme amar por Él. Lo más valioso que tengo es la posibilidad de elegirlo a Él cada mañana.

Vuelvo a optar por seguir sus pasos. No voy a vivir con miedo, sino con paz. Él está en mis pasos. Y yo en los suyos. Eso me tranquiliza.

No me deja solo ni cuando tomo decisiones que me hieren. Sigue conmigo. Me ama. Quiero esa libertad honda que me hace hijo de Dios.

El padre José Kentenich ofreció su libertad exterior para pedir la libertad interior para su familia de Schoenstatt:

Lo más valioso que tiene el ser humano es su libertad. Con sincero y ardiente amor ofrezco esa libertad para que Dios obsequie en abundancia a la Familia ese espíritu de la libertad de los hijos de Dios que tanto deseo para ella”[3].

En ocasiones podré perder mi libertad exterior. Pero lo que no quiero perder nunca es mi libertad de hijo de Dios. La libertad que me permite elegirlo a Él cada día como mi camino.

En su barca surco mis mares, sus mares. En Él soy el que soy más allá de las opciones que voy tomando. En esas opciones que tomo guiado por su mano. Con paz en el alma.

 

[1] Juan José Ayán, Para mi Gloria os he creado

[2] Jacques Philippe, Si conocieras el don de Dios

[3] Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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