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¿Qué significa tomar la cruz de cada día?

Editora Cléofas
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El sufrimiento aceptado y asumido “con valentía”, sin rebeldía, en la fe nos santifica

De manera especial “la cruz de cada día” aceptada y asumida, “con valentía”, sin rebeldía, en la fe a pesar de las lágrimas – éstas nunca dejan de existir – nos santifica.

Jesús nos mandó tomar nuestra cruz de cada día y seguirlo (Lc 9,23).

¿Qué significa eso? ¿Cuál es la cruz de cada día? Son todos los sufrimientos que nos alcanzan cada día, y que deben ser enfrentados día a día.

No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas (Mt 6,34).

Una cruz para cada día. La sabiduría es vivir un día de cada vez.

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Maksym Fesenko | Shutterstock

En primer lugar es necesario entender que si Jesús nos manda tomar nuestra cruz de cada día, es entonces, porque eso es necesario y bueno para nosotros, aunque pueda ser doloroso. No es masoquismo.

¿Por qué? Hay varias razones.

Dios sabe sacar bien del mal

Antes que nada es necesario entender que no comprendemos el plan de Dios: “Mis caminos no son los mismos de ustedes, dice Yavé” (Is 55,8).

La visión que Dios tiene de las criaturas y la historia, es mucho más completa y perfecta de la que tenemos. Para entender esto es necesario que no queramos ser nosotros mismos el patrón y el criterio para valorar el bien o el mal. Esto es tener fe en Dios.

No porque alguien no vea el lado positivo de una desgracia, puede afirmar que este lado bueno no existe. Dios sabe sacar bien del mal (cf. Rm 8,28), dice san Agustín.

Si no, no habría permitido que nos alcance el dolor. Él prefirió eso a impedir al hombre ser libre y hasta poder equivocarse. Sin la libertad, hasta para errar, el hombre no sería a su imagen.

Cristo asumió el dolor y la muerte de cada hombre hasta las últimas consecuencias. “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2Co 5,21).

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CC0

Por eso la Iglesia reza: “Con su muerte destruyó la muerte, y con su resurrección nos devolvió la vida” (misa del Tiempo Pascual).

El Señor bebió el cáliz del dolor hasta la última gota, para que todo el sufrimiento de la tierra fuera rescatado, transformado y divinizado.

Cualquiera que sea el dolor, éste es “parte del mismo dolor del Señor”, pues Él lo asumió en su santa pasión. Es por eso que san Pablo afirma: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1,24).

Cristo da el sentido al sufrimiento

A partir de la muerte de Jesús, el sufrimiento humano comenzó a tener sentido; ahora este no es simple consecuencia del pecado o castigo de la justicia divina, sino que fue redimido y pasó a ser “materia prima de salvación”, fue “reciclado”, divinizado, y por medio de él el hombre puede volver a Dios.

Cuántos hombres y mujeres en este mundo sólo encuentran a Dios y una vida equilibrada después de una enfermedad, de una pérdida grande, de un fracaso…

Fueron muchos: san Francisco de Asís, san Pablo, san Ignacio de Loyola, y tal vez tú mismo. El camino que lleva al Reino de los Cielos es estrecho y angosto, en oposición al camino ancho y espacioso que conduce a la perdición (cf. Mt 7,13).

Negar la existencia de Dios en la hora del dolor, es crear para uno mismo un problema más, porque se pierde la fe que da valor y paz para enfrentar el sufrimiento. Dios es el gran sustento para los que sufren.

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Hanan Isachar | GoDong

San Pablo hablaba de “necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios” (1Co 1,18).

El poder invisible de Dios se manifiesta en el sufrimiento. Cura el alma, salva el espíritu, quiebra el orgullo, elimina la vanidad, derriba la opulencia, iguala a los hombres…

En el sufrimiento los hombres se sienten más hermanos, hijos del mismo Padre. En la hora más amarga de dolor se valora la fraternidad y la solidaridad.

Mira, por ejemplo, los momentos de tragedia, terremotos, etc. Es en esta hora sagrada que los corazones se unen, las manos se aprietan y el hijo se acuerda del Padre.

Si no hubiera sido por el sufrimiento angustiante de aquel hijo pródigo del Evangelio, jamás habría abandonado la vida libertina y vuelto a la buena casa del Padre.

Sí, el sufrimiento es sagrado. Es en él que nos encontramos a nosotros mismos y encontramos a los demás, sin máscaras, sin adornos y sin engaños.

Este no fue creado por Dios, pero Cristo le dio un enorme sentido. Solamente Cristo. El Concilio Vaticano II recuerda: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte” (Gaudium et Spes nº 22).

Dios tenía en su omnipotencia muchos caminos para redimirnos y salvarnos tras el pecado original, pero si escogió el camino del sufrimiento, es porque, entonces, fue el mejor que encontró.

Pero el primero que sufrió, terriblemente, fue su Hijo. Algunos se preguntan: ¿Dónde estaba Dios a la hora de aquella tragedia? La respuesta es esta: “Él estaba crucificado en el mismo lugar cuando su Hijo era crucificado”.

Profundamente unidos

FRIENDS
GiorgioMagini|Shutterstock

Pero Jesús no quiso salvar el mundo solo. Él formó un “Cuerpo Místico” en Él, que es la Iglesia. Por el bautismo formamos parte de su Cuerpo y asumimos con Él todo lo que hace.

San Pablo dice en la carta a los romanos que nos volvemos “hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados” (Rm 8,17).

Si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él” (2Tm 2, 11-12).

El Apóstol destaca el valor incomparable del sufrimiento, después de que Cristo lo asumiera: “Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18).

Aquí san Pablo deja claro que el sufrimiento asumido, sin lamentación es ofrecido a Dios, es salvífico, divino, no sólo para nosotros, sino también para los miembros del Cuerpo de Cristo.

El sufrimiento de uno favorece a todos, así como el pecado de uno desfavorece a todos. Elizabeth Liseur decía: “Una alma que se levanta, levanta al mundo”.

«Sufrir educa»

De manera especial “la cruz de cada día”, aceptada y asumida, “con valentía”, sin rebeldía, en la fe, a pesar de las lágrimas – éstas nunca dejan de existir – nos santifica.
 
Dios en su sabiduría y bondad infinitas, sabe aprovechar el propio mal cometido por las criaturas para de ahí sacar bienes mayores.

La sabiduría popular dice que “Dios escribe recto en renglones torcidos”, y que “las personas se convierten por el amor o por el dolor”.

Muchas cosas buenas suceden después de una enfermedad grave, de un fracaso en la vida. El sufrimiento es una escuela para el ser humano.

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Nos ayuda a vencer el egoísmo y a ser más sensibles a los sufrimientos del prójimo. Los antiguos griegos decían: “pathos mathos” (sufrimiento es enseñanza). El sufrimiento nos educa.

Cuando no hay buen fruto a partir del sufrimiento es porque la criatura endurece el corazón para la gracia de Dios, entonces se desespera en el dolor.

Se encierra en una actitud rebelde, ésta se vuelve impermeable a la acción del Espíritu Santo, y no logra ver y disfrutar el lado bueno del sufrimiento.

Alex Kosev | Shutterstock

Un buen ejemplo del valor del sacrificio del cristiano, unido al de Cristo, fue dado, por ejemplo, por el cardenal Frantisek Tomasek, de Praga en una entrevista concedida al periódico italiano Il Sabato.

Al hablar de los graves problemas que el régimen comunista traía a la Iglesia en Checoslovaquia (prohibición de actividades pastorales, dificultades para el nombramiento de obispos, encarcelamiento de sacerdotes y laicos…), antes de la caída del Muro de Berlín, en 1989, el periodista le preguntó: “Eminencia, ¿no está cansado de combatir una batalla sin éxito?”.

El cardenal respondió: “Tengo siempre esperanza. Digo siempre una cosa: quien trabaja por el Reino de Dios, hace mucho, quien reza, hace más, quien sufre, lo hace todo. Este todo es exactamente lo poco que hacemos entre nosotros, en Checoslovaquia”.

Algunos años después el comunismo desahoga a Chescoslovaquia…

El mundo necesita mucho de almas reparadoras. Dios llama a muchas personas dispuestas a sacrificarse por la salvación de los demás.

En el último párrafo de la Carta Apostólica sobre el sufrimiento, el papa Juan Pablo II, escribió un llamamiento caluroso a los que sufren:

“Y os pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo” (Salvifici dolores, nº 31).

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