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¿Tiene sentido el sufrimiento de los inocentes?

Patricia Navas - publicado el 17/10/13

Ver a los inocentes sufrir y morir desgarra el corazón. ¿Por qué tienen que sufrir precisamente ellos? ¿Qué sentido tiene su dolor? Si Dios existe, si nos ama, ¿por qué no impide estas injusticias?

1. El sufrimiento de los niños, y en general de los inocentes, suscita un especial dolor e incomprensión que lleva a algunas personas a negar que Dios existe, mientras a otras, en cambio, les convence precisamente de que tiene que haber una vida eterna en la que se hará justicia y triunfará definitivamente el Amor.

La manera como las enfermedades, el hambre, las guerras, los abusos, el abandono, la miseria y la muerte afectan a los inocentes interroga y turba profundamente al hombre y pone a prueba su fe.

“¿Cómo puedo creer en Dios, cuando permite la muerte de un niño inocente?”, pregunta Iván en Los hermanos Karamazov de Dostoievski. Como él, muchos rechazan a Dios o le culpan al no encontrar respuesta al grito de esas víctimas.

El sufrimiento de los inocentes plantea muchas preguntas, también a los que tienen fe, como por ejemplo ¿por qué tienen que sufrir así unas personas y no otras?

El sufrimiento de los inocentes -niños, mártires, cabezas de turco, Job, la Virgen María, y en definitiva, Cristo- sigue siendo un misterio. Adentrarse en él significa profundizar en el misterio del mal.

Para el beato Carlo Gnochi, capellán italiano que atendió a muchos niños heridos durante la Segunda Guerra Mundial, “cuando se llega a comprender el significado del dolor de los niños, se tiene en la mano la llave para comprender todo dolor humano, y quien logra sublimar el sufrimiento de los inocentes está en condiciones de consolar la pena de todo hombre golpeado y humillado por el dolor”.

Sólo en la perspectiva de la vida eterna puede vislumbrarse el sentido de los sufrimientos de los inocentes: de esas injusticias, derivadas de la libertad humana mal utilizada, Dios saca un bien mayor; a través de ellas, conduce a la humanidad a su felicidad definitiva, a cada persona a resucitar y participar en su misma vida divina.

Efectivamente, en el más allá, Dios pondrá cada cosa en su sitio, sin dejar lugar al absurdo ni a la casualidad, sino sólo al más pleno amor, para el que es necesaria la libertad.

Esta esperanza da fuerzas para confiar en Dios, que permite lo que a ojos humanos parece un sinsentido y le da un gran valor, sobre todo a través de Cristo crucificado y glorificado.

Referencias:

Catecismo de la Iglesia Católica (307 a 314)
Encuentro JPII con jóvenes 25 de marzo de 1999
Pedagogía del dolor inocente, Carlo Gnocchi
Discurso de Benedicto XVI en Auschwitz

2. Cada persona está llamada a respetar y estimar profundamente a los inocentes que sufren, a compartir su dolor y ayudar a aceptarlo y a unirlo al de Cristo, así como a hacer todo lo posible para aliviar ese sufrimiento e impedir la injusticia que lo causa.

Cristo enseña tanto a hacer bien con el sufrimiento como a hacer bien a quien sufre. La Iglesia ve a las víctimas inocentes como dignas de ser honradas, y las ama y ayuda en sus necesidades, materiales y espirituales.

Tanto las asiste, cobija y defiende, como comparte y sobrelleva su sufrimiento, y, si tienen uso de razón, les ayuda a descubrir y vivir su gran valor y les recuerda su esperanza de liberación final.

Así, los inocentes que sufren despiertan la entrega (el amor) de otras personas a ellos, pero también su propia unión a Cristo y la entrega de su valioso dolor para luchar contra el mal.

Respecto a la lucha concreta contra los males físicos que azotan a los inocentes -la pobreza, el hambre, la enfermedad,…-, Benedicto XVI recuerda que no es sólo filantropía que beneficia al género humano, sino que forma parte de la redención “total” de Cristo.

A la vez, constata que sólo Dios puede eliminar el sufrimiento del mundo completamente y que en Él está la esperanza.

Referencias:

Pedagogía del dolor inocente, Carlo Gnocchi
Salvifici doloris. Juan Pablo II
Discurso de Benedicto XVI a la Curia en diciembre de 2005
Spe salvi

3. Los inocentes pueden sufrir males físicos y males morales provenientes de la maldad de otros, pero no el peor sufrimiento de todos, el eterno, del que salva Cristo.

Diferenciar el sufrimiento en su sentido fundamental y definitivo -permanecer apartado del Amor por toda la eternidad- de su múltiple dimensión temporal ayuda a aproximarse al misterio del sufrimiento de los inocentes.

Según el profesor de teodicea José Antonio Galindo, se dan males físicos, que hacen sufrir y/o causan la muerte al ser humano: provenientes de la naturaleza del mundo (terremotos, tsunamis, incendios,…) o de la naturaleza humana (toda clase de enfermedades corporales y psíquicas).

Y también hay males morales causados por la conducta moral negativa: procedentes del pecado de uno mismo (muchos pecados o vicios derivan en enfermedades, además de privar de la gracia de Dios, que puede producir males a la persona e incluso su condena eterna) o de la maldad de otros (guerras, genocidios, persecuciones, odios, venganzas,…).

Pero más allá del sufrimiento temporal, existe el sufrimiento definitivo, la pérdida de la vida eterna. Cristo protege al hombre de ese gran mal, tocándolo en sus raíces: el pecado y la muerte, que vence con su obediencia y con su resurrección; gracias a sus méritos y a la misericordia divina, incluso los niños que mueren sin bautizar se pueden salvar de ese sufrimiento eterno.

Referencias:

Dios y el sufrimiento humano, José Antonio Galindo. Ediciones Encuentro
Salvifici doloris. Juan Pablo II
Reconciliatio el paenitentia. Juan Pablo II
Homilía del padre Cantalamessa el Viernes Santo de 2009 

4. El niño sufre por su condición de ser humano: aunque no haya pecado personalmente, está implicado en la expiación del pecado, el primero y todos los cometidos a través de la historia. Además, también participa del sufrimiento salvador de Cristo.

¿Por qué tiene que sufrir un inocente, que no ha hecho nada malo?, se pregunta sin encontrar respuesta quien ve el dolor sólo como pena por la propia culpa.

Pero, según la concepción cristiana, la humanidad forma una comunidad cuyos miembros participan tanto de su bien como de su mal. Por eso, las personas están sometida a las consecuencias del pecado, entre ellas el sufrimiento y la muerte.

Por eso, cuando un niño sufre, actúa la comunión con Adán (que rechazó vivir según las enseñanzas de Dios, introduciendo la vulnerabilidad en la existencia humana) y su solidaridad con todos sus semejantes; una solidaridad «negativa» por la que tiene que sufrir, por ejemplo, las consecuencias de decisiones egoístas o la crisis, pero también una comunión del bien, por la que el niño se beneficia de muchos sacrificios ajenos y del progreso de la humanidad.

El sufrimiento de los inocentes tiene, además, una tercera fuente: la solidaridad con el sacrificio inocente de Cristo conseguida por el Bautismo.

La gracia ilumina y ensalza entonces ese sufrimiento, que se convierte en un camino de liberación, en un acontecimiento de purificación y redención.

Cristo cambia radicalmente el sentido del sufrimiento, que deja de ser puro castigo, prueba o corrección, para convertirse en  la potencia que salva por amor.

Referencias:

Reconciliatio et paenitentia.  Juan Pablo II
Homilía del padre Cantalamessa el Viernes Santo de 2009

5. Las personas que sufren sin el peso de sus propias culpas no lo hacen en vano, sino que pueden perfeccionar la especie humana y, unidos íntimamente a Cristo, contribuir de una manera excepcional a la salvación de los hombres.

La ley “la muerte de uno es la vida del otro”, referida a los seres materiales, afecta también al hombre. El dolor tiene un carácter purificador y puede ser un camino de crecimiento y madurez, no sólo personal, sino también de toda la familia humana.

En él, la persona se encuentra a sí misma, su propia humanidad, dignidad y misión, y se actualiza el sentimiento de la compasión.

Y cuando el sufrimiento se funde con el amor redentor, se transforma en una fuerza contra el mal en el mundo. Fue a través de un martirio inocente como Jesús asumió todos los dolores y sufrimientos de la humanidad y la redimió.

Desde entonces, todas las personas pueden cooperar en la redención participando en la vida y el dolor de Cristo. Pero algunas están llamadas a sufrir no por sus culpas, sino por las de todos.

Y cuanto más limpia está su alma de culpas personales, más se parece su sacrificio al del Cordero de Dios. Él se hace presente con su fuerza transformadora en cualquier persona que sufre, pero en el inocente, de manera más clara, más inmediata.

Cuando la Virgen se apareció por primera vez a los pastorcitos de Fátima, les preguntó: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él deseara enviaros como reparación por los pecados con que Él es ofendido y por la conversión de los pecadores?”. Y a su respuesta afirmativa, les aseguró: “Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza”.

Hoy, miles de personas de todo el mundo se encomiendan a aquellos tres niños. Dos han sido declarados beatos y la tercera, fallecida en 2005, ha visto aprobada la anticipación de su causa de canonización.

En efecto, además de redimir con Cristo, los inocentes que sufren son también intercesores y pueden conseguir favores de Dios más fácilmente que otras personas.

Referencias:

Catecismo de la Iglesia Católica (307 a 314)
Discurso de Benedicto XVI a la Curia con motivo de la Navidad de 2005
Memorias de Lucía

Tags:
pobrezasufrimiento
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