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¿Cómo salir fortalecido de tanto sufrimiento?

portrait man sad depressed
By Sam Wordley/Shutterstock
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El amor que recibo cuando sufro me permite seguir luchando, saber que alguien me espera al final del túnel

El sufrimiento es una escuela en la fortaleza. El dolor puede hacerme mejor persona. O puede amargarme y volverme huraño.

Puede hacerme más fuerte, más recio, más anclado en Dios, más libre. O puede atormentarme y hundirme entre cadenas que no me dejan volar.

Yo no decido sufrir, no lo quiero, no lo elegiría nunca. Buscaría mejor el atajo, el camino fácil, más llano, el día soleado, la paz del sueño, el descanso sin prisas.

Elegiría una vida sin agobios, sin presiones, sin pérdidas ni tropiezos. Elegiría siempre el éxito, el triunfo, los primeros puestos que causan alegría.

El sufrimiento está ahí

woman sleeping at office desk
Di Piti Tangchawalit/Shutterstock

Pero sé que el sufrimiento forma parte de mi camino. He sufrido en la vida. No tanto como muchos. A veces por motivos físicos, por la enfermedad, por el envejecimiento ineludible.

En ocasiones he sufrido por expectativas no cumplidas, por sueños que se han perdido con el paso del tiempo. Tal vez han sido las heridas del alma las que más me han debilitado y hecho sufrir.

He sido infeliz en tantas ocasiones… He sufrido en esos momentos en los que no he logrado poseer entre mis manos lo que amaba. Y también cuando el objeto de mis deseos se escapaba de mi alma.

He sufrido al ser herido, criticado, olvidado, difamado. Ese dolor del alma es hondo y cruel. He sufrido cuando no llegaba hasta ese punto al que deseaba llegar. He sufrido, sufro y mi alma se entristece.

Pierdo fuerzas en ocasiones con sufrimientos innecesarios. He malinterpretado a las personas con sus comentarios. O me he tomado demasiado en serio y he buscado culpables por el camino.

Me han herido, pienso en mi corazón. Pero quizás soy yo con mi sensibilidad que me hace sufrir más de la cuenta. Son dolores y sufrimientos eludibles.

Ánimos para seguir

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bluedog studio | Shutterstock

Miro mi alma que sufre, que tiene dolores y me pregunto: ¿Cómo puedo salir fortalecido de tanto sufrimiento? Me parece imposible.

El sufrimiento me rompe por dentro, seca mi alma, me vacía. ¿Cómo puede hacerme más fuerte? El amor que recibo cuando sufro me permite seguir luchando. Saber que alguien me espera al final del túnel. Alguien que sigue creyendo en mí después de haber palpado mi fragilidad.

Ese amor es el que me salva y me hace fuerte. Me da ánimos para seguir luchando, para no hundirme. La experiencia de un Dios personal que navega en mi barca, camina en mis pasos, vive en mi dolor, es lo que me salva.

Cuando descubro en Dios un seguro en la tormenta, un sostén en plena caída en el vacío y una puerta de esperanza que me abre a una nueva etapa de mi vida. Mi sufrimiento es el suyo. Nada de lo mío le es ajeno:

“El sufrimiento del hombre se convierte misteriosamente en sufrimiento de Dios. En la naturaleza divina el sufrimiento no es sinónimo de imperfección”.

Ganar al desánimo

FREEDOM
BABAROGA|Shutterstock

Miro el rostro de Jesús y Él me mira. Y entonces veo que puedo salir de la infelicidad a la que me lleva el dolor. Puedo vencer esa tristeza oscura que me aleja de los hombres y de Dios mismo.

Puedo vestir de color los trajes grises en los que me encierro. Puedo sonreír cuando brota el llanto desde lo más hondo. Puedo cambiarlo todo con la fuerza de su amor. Decía el padre José Kentenich:

“Aun cuando haya caído sobre nosotros el sufrimiento y hayamos respondido con el afecto de la tristeza, también en una u otra ocasión con una tristeza desmedida y desordenada, queremos seguir no obstante la orden del apóstol. Así, el arte de inmunización deberá ser complementado por un arte de la transformación·.

Puedo vencer mi estado de ánimo débil si confío, si creo en mí porque otros también creen en mi poder. Puedo elevarme sobre mí mismo cuando me faltan las fuerzas. Puedo seguir luchando con pasión y lograr ese equilibrio en desequilibrio que sueño.

No conozco a nadie que sea totalmente equilibrado. No me puedo imaginar realmente a nadie tan aburrido. En mí conviven el desequilibrio y el anhelado equilibrio. El orden y el desorden. La paz y la guerra. El cielo y la tierra.

En esa lucha interna me debato. Pero no quiero dejar que el desánimo se apodere de mí. El equilibrio que anhelo es la fortaleza para mantenerme a flote en un naufragio. Para ser auténtico, yo mismo en medio de las críticas. Para ser verdadero cuando lo más fácil sería seguir mintiendo.

Ser proactivo

pixabay

Por eso creo que puedo llegar a ser señor de mi historia. Puedo tomar yo las riendas y decidir que mi vida la construyo con Dios.

No soy pasivo. Por eso tengo fuerzas para levantarme después de haber caído. No quiero vivir tan solo reaccionando ante todo lo que sucede a mi alrededor. Tengo clara mis metas y sé hacia dónde va mi camino.

Cuando es así, cuando sé lo que de verdad quiero, entonces me es más fácil salir del sufrimiento con una mentalidad reforzada.

Tengo más claridad, más fuerza, más alegría para enfrentar los obstáculos del camino. No me desanimo cuando no me resultan los proyectos que emprendo.

Sé que no seré más feliz si no sufro. Sé que puedo ser feliz mientras sufro. Sé que puedo seguir amando y dando la vida desde el dolor hondo que provocan mis pasos, mis luchas.

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El dolor me hace más humano y más de Dios. Más pobre y dependiente. Más libre y necesitado de amor. 

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