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¿Por qué Jesús se comparaba con una puerta?

abrir una puerta

Seksun Guntanid - Shutterstock

Luisa Restrepo - publicado el 29/08/22

Un símbolo que habla también de nuestro propio interior y de cuál es su orden saludable

No siempre estamos dispuestos a atravesar las puertas que se abren ante nosotros. Más bien preferimos quejarnos de que todas las puertas están cerradas; pero a veces somos nosotros los que tratamos de no verlas: entrar nos puede asustar.

Quién sabe si esta imagen no vale también para esa puerta que nos permite acceder al corazón del otro. En las relaciones sanas, siempre hay una puerta a la que llamar.

Algunas personas prefieren quitar la puerta de entrada de sus bisagras, por temor a que otros no noten lo que hay en el interior. Sin embargo, el desenlace suele ser catastrófico, porque otros entran sin permiso, arrasando las habitaciones y llegando en los momentos menos oportunos. Por el contrario, también hay quienes prefieren cerrar con llave sus entradas, a veces incluso utilizando combinaciones que, con el tiempo, ellos mismos olvidan. Son casas destinadas a ser habitadas por fantasmas.

Muchas veces la puerta del otro pasa frente a nosotros, pero preferimos vivir nuestros encuentros en la plaza para evitar subir las escaleras y pedir permiso. Estas son las puertas que luego desaparecen y que lamentamos no haber tocado.

La puerta es Jesús

En el Evangelio, Jesús habla a menudo de la puerta como fundamental para vivir nuestras relaciones: la puerta es la del amigo al que no se debe dejar de llamar para obtener el pan; la puerta es la de la casa del Padre que permanece siempre abierta; la puerta es la del redil, la puerta por la que se puede entrar y salir porque en la relación con Él siempre permanecemos libres.

Esta puerta, que permanece siempre abierta, no es solo la imagen de quien acoge, sino también la imagen de quien no pretende hacer prisioneros.

Decidirnos a entrar

Jesús habla de sí mismo como puerta: es el acceso al jardín que aparece en nuestra vida, a veces en momentos que nos parecen inadecuados. 

Es cierto que la puerta siempre está abierta, pero también hay que decidirse a entrar. Es cierto que la misericordia no tiene fronteras, pero hay que buscarla.

Además, si Él nos dice que la puerta es estrecha, es necesario bajar, como la entrada a las celdas de los monjes, a quienes se les pide todos los días que no olviden que solo la humildad permite entrar en relación con Dios.

Es inevitable que haya condiciones para entrar en la casa del otro, porque entramos en un espacio que no nos pertenece, un espacio que nos es dado, pero que no conocemos.

Una cuestión de espacio

En la relación con el otro, como en la relación con Jesús, no puedo hacer lo que quiero: nunca soy el único dueño de la relación. Esta puerta estrecha me recuerda que mi ego debe hacerse un poco más pequeño para entrar en la casa del otro. 

Si nuestro ego es demasiado voluminoso, si en el centro siempre estoy solo yo, mis intereses y mis tiempos, siempre seré demasiado grande para entrar por la puerta que me permite acceder a la vida del otro. Al final, todo lo que puedo hacer es quedarme fuera.

Si los primeros no llegan a ser los últimos, no podrán entrar por la puerta estrecha, porque llevan consigo toda su presunción. 

Para entrar en una relación con Jesús hay que despojarse de las propias convicciones. 

«Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto».

(Juan 10, 9)
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