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La Virgen de la Medalla Milagrosa y la infancia espiritual vencen el miedo

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Ignasi de Bofarull - publicado el 14/11/22

El camino para vivir con seguridad y paz, sin ansiedades y dudas, con una confianza de niño. Una inspiradora reflexión del profesor Ignasi de Bofarull

«Con la confianza, osadía y sencillez de un niño»: Este título corresponde a la frase de un texto que forma parte de la oración que san Juan Pablo II pronunció ante la Virgen en la capilla de la Medalla Milagrosa, en París.

¡Bendita tú entre todas las mujeres!¡Bienaventurada tú que has creído!
¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina!
Y ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos.
Obtienes de Dios para nosotros todas esas gracias
que simbolizan los rayos de luz que irradian de tus manos abiertas.
Con la única condición de que nos atrevamos a pedírtelas,
de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño.
Y precisamente así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo.
Amén

(Plegaria de San Juan Pablo II, 31 de mayo de 1980, en la capilla de la Medalla Milagrosa)

La historia de la Virgen de la Medalla Milagrosa

El 27 de noviembre de 1830 la Virgen se apareció a santa Catalina Labouré (1806-1876), una religiosa vicentina (Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl), en la capilla de un convento, en la parisina Rue du Bac, de esta manera:

La Virgen estaba vestida de blanco. Junto a Ella había un globo reluciente sobre el cual estaba la cruz. La Virgen abrió sus manos y de sus dedos salieron rayos luminosos que significaban las bendiciones y gracias que llegan a quienes la invocan.

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o una aureola con estas palabras: «Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti». Y una Voz dijo a Catalina:

«Hay que hacer una medalla semejante a esto que estás viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen».

Y apareció una M (de María) y sobre esta M una cruz, y debajo se situaron los emblemas de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Esta composición, es lo que hoy vemos en la Medalla Milagrosa.

Y realmente es así. La Virgen de la Medalla Milagrosa concede incontables favores (la lista es interminable) desde que se inició esta devoción.

Al portar esta medalla muchos rezan varias veces al día la jaculatoria más arriba mencionada:

¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!.

Y a continuación María señalaba pedir el favor “con confianza y fervor”.

La condición es la confianza

¿Cuál podría ser una de las bases de la concesión de estas gracias que emanan de las manos de la Virgen?

San Juan Pablo II, siguiendo a la Virgen de la Medalla Milagrosa, nos señala que una condición es pedirlas con confianza:

«Con la única condición de que nos atrevamos a pedírtelas, de que nos acerquemos a ti con la confianza, osadía y sencillez de un niño».

Y esta línea tan breve se corresponde con un capítulo de la vida espiritual que todo cristiano debería cultivar (o por lo menos conocer) y que podemos denominar de varias formas: infancia espiritual, confianza filial, abandono, incluso vivir la providencia.

Este camino es tan antiguo y tan nuevo como el Evangelio: «Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

San Juan Pablo II, creo, se dirige a la Virgen de la Medalla Milagrosa también desde este camino de infancia de la mano de santa Teresita de Lisieux.

Santa Teresita y el caminito

Santa Teresita de Lisieux (1873-1897) fue una religiosa carmelita descalza francesa. Fue declarada santa en 1925 y proclamada doctora de la Iglesia en 1997 por san Juan Pablo II.

Santa Teresita hablaba con este tenor:

«Yo me tengo por una niña. Quiero amar a Dios, mi Padre del cielo, como un niño. Mi cielo consiste en estar siempre en su presencia y en decirle: quiero amarte como un niño».

Y un niño confía ciegamente en su padre, en su madre. Sus padres son la vida, y se encarama a sus brazos sabiendo que está a buen recaudo, que nada le puede faltar, que su padre o su madre le protegerán sin límites. Y que todo lo bueno lo puede esperar en las manos de su padre en el regazo de su madre.

Pues esta realidad se da con nuestro Padre del cielo, con nuestra Madre la Virgen. Regresemos a santa Teresita:

«Mi camino está hecho todo él de confianza y amor […]. Espero que un día Jesús te haga caminar por el mismo camino que yo».

Y sigue:

«Jesús me mostró que el camino es el del abandono y la confianza de un niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre».

Más que nunca es necesaria la confianza

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Hoy, en tiempos de desorientación y zozobra, de miedo y hasta de cinismo, de increencia y desapego, la confianza es fundamental para alcanzar la paz, para vivir en el sosiego, y para reposar en la esperanza de que todas las promesas que nos ha hecho el Señor se cumplirán de la mano de María.

La Virgen de la Medalla Milagrosa nos pide que creamos en sus gracias rendidamente. Con una creencia profunda, arraigada.

Este camino de infancia espiritual no es tontería, ni capricho, ni significa esconderse en la hipotética inocencia de un niño que actúa irresponsablemente. Es una espiritualidad muy seria y madura.

La clave es abandonar los miedos y dudas sabiéndose en los brazos del Señor, en el regazo de María.

Solo así se puede pedir con piedad, con recogimiento, sin ansiedades y dudas, con la seguridad de que quien lo puede todo es Él, desde la intercesión de María. Y sin perder de vista que nosotros, muy pequeños, tenemos pocas fuerzas.

La fuerza está en la gracia de Dios, y en María, omnipotencia suplicante, mediadora de todas las gracias.

Mains ouvertes
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