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¿A quién hay que amar más, al cónyuge o a los hijos?

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Rido - Shutterstock

El amor al cónyuge no hará que amemos menos a nuestros hijos: nos dará un amor más perfecto hacia ellos.

Mar Dorrio - publicado el 08/08/22

Si eres consciente de que el amor de tu vida es y debe ser tu marido o mujer, amarás de una manera más sana y profunda a tus hijos

Desde hace un tiempo, he comprobado, tanto en redes sociales como en mi vida particular, que el orden de prioridades en el amor es motivo de escándalo. Me refiero a que, en el escalafón del corazón, se encuentre más alto el amor a tu marido o mujer que el amor a tus hijos. No hace ni un par de días que he presenciado cómo muchas buenas personas se llevan las manos a la cabeza (literalmente) al escuchar esta afirmación.

Quiero dar a esas personas una explicación calmada de por qué este orden es bueno y, para ello, necesito recordar una frase de don Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, de la que os hablé hace muy poco:

“En una maleta ordenada caben más cosas…”.

Pues, de la misma forma, en un corazón con los sentimientos ordenados cabe más amor, y caben más personas.

Orden en los sentimientos

Si eres consciente de que el amor de tu vida es y debe ser tu marido o mujer, amarás de una manera más sana y profunda a tus hijos (es bueno recordar que el corazón es un músculo capaz de dilatarse para que quepan todos). Ese orden en los sentimientos hará que desees lo mejor para tus hijos aunque no sea lo mejor para ti, aunque te duela echarlos de menos. Te preparará para la soledad que supone su partida. Te hará consciente de que, en algún momento, tendrás que aprender a vivir con el agujero que dejarán en tu alma.

Así, educaremos hijos libres que decidirán sin miedo su futuro, hijos que serán conscientes de que no hacen daño a nadie por cerrar la puerta del nido y volar.

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Es el camino para que los hijos no sientan el amor paterno como unas esposas que les impide seguir su vocación. Que crezcan viendo que el centro de tu vida es hacer feliz a tu cónyuge por encima de todo y de todos, es educarlos para que ésa sea también su prioridad desde el momento en que se casen: “Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne…”.

El ejemplo de tu vidaes la manera de que entiendan que, desde el momento en que se respondan “sí, quiero”, tienen una nueva prioridad que debe estar por encima de todo y de todos, incluidos padres, hijos, hermanos, etc. Pasamos a un segundo plano, y así debe ser. Y, si tu hijo o tu hija no actúan así, tómate un café con él o con ella, porque necesitas recordárselo.

Perder la «pole position» nos hace ganar

Si entienden bien esto, los padres no querrán competir con el amor de sus hijos políticos a sus propios hijos. Sabrán que, para ganar, para que las cosas vayan bien, deberán perder la pole position con sus hijos, verse relegados a un segundo lugar. Y también sabrán de sobra que ello no implica que sus hijos los quieran menos. Además, el orden en estos sentimientos nos servirá para recordar que los hijos, que tanto duelen, que tanto se quieren, no son nuestros: sólo se nos confía su cuidado durante un tiempo, que a veces resulta extremadamente corto. Pero tu marido, tu mujer, a quien has prometido hacer feliz durante el resto de tu vida, sí que te pertenece, y sí que te acompañará hasta que la muerte os separe.

Quererlos de una manera más perfecta

Si, como en la maleta, ordenamos los sentimientos, caben más y mejor. Ese orden no significa que queramos menos a nuestros hijos, pero sí que los vamos a querer de una manera más perfecta, más correcta, que también nos hará querer y valorar más a nuestros yernos y nueras, al convento donde haya ingresado nuestra hija, o al seminario donde se encuentre nuestro hijo. Y sin dispararles con el sentimiento de culpa por dejarnos.

Que el orden en los sentimientos lo mejora todo, nos lo quiere enseñar el Señor desde el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Un mandamiento que a todos nos cuesta entender: querer más a Dios que a a tu marido o mujer, que a tus hijos, que a tus padres, que a tus hermanos, parece indicar que has de relegar a los tuyos a un segundo plano… Pero no.

Cuando el Señor nos manda querer a Dios por encima de todas las personas y de todas las cosas, es porque sabe que ese orden nos ayudará a querer de la forma más intensa y más perfecta a los nuestros, sin desviaciones, sin toxicidades: aprenderemos a amarlos de la mejor manera posible. ¿Ordenamos el corazón a lo Marie Kondo? Why not?

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