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3 certezas para atravesar la oscuridad con confianza

FamVeld| Shutterstock

Luisa Restrepo - publicado el 30/11/21

En los momentos en los que se nos hace difícil comprender, es posible acudir a estos regalos que Dios nos hace siempre

¿Cuántas veces la vida nos hace pasar por momentos oscuros, momentos de oscuridad? Incluso desde el punto de vista meteorológico, la tierra atraviesa un tiempo en el que la oscuridad se profundiza, la noche se alarga.

Son esos momentos de la vida en los que nos cuesta más esperar. Momentos en los que la desconfianza y la resignación se apoderan de nosotros.

A veces sucede que nuestros puntos de referencia fallan, como si el cielo ya no fuera legible, como si las letras de la página de un libro se mezclaran de repente, como si la obra de la creación querida por Dios se pusiera repentinamente en desorden.

Esto es lo que hace el mal en nuestra historia: deshacer, crear confusión, enredar las letras para impedirnos leer la bondad del Creador.

En estos momentos en los que se nos hace difícil comprender, es importante recordar 3 certezas que Dios nos da par poder atravesar la oscuridad y, que el tiempo que esta se prolongue, lo podamos vivir en esperanza.

1La promesa

El tiempo de Adviento comienza con una promesa renovada: la liturgia nos recuerda que, en los tiempos oscuros, en los tiempos de confusión y agitación, el Señor sigue entrando en nuestra historia.

El Adviento nos recuerda que el Señor ya ha venido (ventum) hacia (ad) nosotros y sigue viniendo a nuestro encuentro hasta el fin de los tiempos.

Por eso oímos, aunque de noche, la promesa de Jesús (Mt 28,20):

Yo estaré con vosotros siempre hasta el fin del mundo

No es casualidad que el texto de Jeremías que leemos el domingo nos hable precisamente de una promesa de bien que Dios quiere cumplir:

«He aquí, vendrán días oráculo del Señor- en que cumpliré las promesas del bien que he hecho a la casa de Israel y la casa de Judá».

Jer 33,14

2La oración

Sin embargo, entre la promesa y su cumplimiento, está la noche. Este es el desafío de nuestra vida.

La forma en que pasamos la noche nos revela a nosotros mismos, nos dice quiénes somos y qué relación tenemos con el que esperamos.

La forma en que nos mantenemos despiertos en la oscuridad revela cuánto confiamos en el que nos prometió regresar. El amante espera en la noche porque sabe en su corazón que el amado regresará.

Velar no es fácil, porque nuestro corazón se cansa y se entristece: «no se entristezca vuestro corazón» (Lc 21,34).

El corazón se vuelve pesado cuando nos desanimamos, cuando perdemos la paciencia para esperar y tratamos de buscar posibles soluciones por nuestra cuenta.

El corazón se entristece cuando nos resignamos y comenzamos a albergar pensamientos desoladores que nos quitan la energía y nos impiden avanzar.

Por eso Jesús nos invita a vivir en oración. La oración es, de hecho, el lugar de la relación con Dios.

Como a Pedro, Santiago y Juan en Getsemaní, Él nos invita a orar para no caer en la tentación (Mt 26, 41).

De hecho, como estos tres apóstoles, nos dormimos cuando nuestro corazón está apesadumbrado (Lc 22, 46).

La experiencia de la noche es, de alguna manera, siempre la de Getsemaní. En esa noche Jesús permaneció en relación con el Padre. Por eso, cuando llego la tentación de la desesperación, no tuvo espacio en el corazón de Jesús.

3La esperanza

Sabemos que la espera en la noche tiene una dimensión de pasividad. Esperamos al que nos liberará de las tinieblas y dará paso a la luz.

Sin embargo, la espera es también fuertemente activa, porque se trata de alimentar la relación con Dios y luchar contra los pensamientos que nos arrojan a la desesperación y a la resignación.

Si nos mantenemos en la esperanza, el Señor pondrá de nuevo en orden las letras que el mal ha trastornado y entonces también podremos releer y comprender lo que hemos vivido.

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