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Marguerite Barankitse, un ángel contra el genocidio en Ruanda

Marguerite Barankitse

Edbarseghyan-CC BY-SA 4.0

Sandra Ferrer - publicado el 14/06/21

Descubrimos la heroica labor de esta mujer de origen tutsi y profunda fe católica que ha salvado a miles de niños de la sinrazón en las luchas étnicas de África

Existen lugares en el mundo que se convierten en hermosos paraísos en medio de la barbarie. Pequeños oasis de amor y paz que sobreviven rodeados de maldad y crueldad sin límites.

Nadie podría haber imaginado durante el genocidio de Ruanda que entre tanta muerte y destrucción alguien consiguiera no solo salvar a miles de niños de una muerte segura, sino sanar su alma y su corazón. 

Se llama Marguerite Barankitse y aún hoy continúa trabajando en el que desde hace años se ha convertido en su verdadero hogar y su gran familia. “

«Dignidad, compasión, armonía, humildad, integridad». Estos son los pilares que sustentan su Casa Shalom, una ONG que nació hace ya unas décadas con el objetivo de dar una luz de esperanza entre tanta oscuridad. 

A Marguerite Barankitse, una mujer de etnia tutsi y con una inquebrantable fe católica, la conocen cariñosamente como «Maggy». Nació en Ruyigi, una humilde población de Burundi.

A pesar de sufrir la pérdida de su padre cuando era una niña de apenas seis años, Maggy conoció el valor de la solidaridad de la mano de su propia madre. Viuda y con dos hijos, a sus veinticuatro años, decidió no volver a casarse y se volcó en cuidar de sus pequeños, Maggy y Apollinaire, además de otros ocho niños que decidió adoptar. 

Una vida ¿tranquila?

Marguerite estudió en un colegio de religiosas y se preparó para trabajar como profesora. Después de tres años en Lourdes, donde continuó con sus estudios de teología, regresó a Burundi para dedicarse a dar clases de francés en una escuela de secundaria.

Tenía por aquel entonces unos veintitrés años, la misma edad que su madre cuando adoptó a varios niños desamparados. Ahora era ella la que seguiría sus pasos y adoptaría también a siete niños sin importarse su etnia.

Poco tiempo después se marchó a Suiza para estudiar administración en la Universidad de Lovaina. Cuando volvió a casa, empezó a trabajar como secretaria del obispo de la diócesis de Ruyigi. 

La vida de Marguerite parecía perfecta. Había encontrado la paz y el amor entre su familia a la que transmitió los valores cristianos de respeto por el prójimo. Pronto tendría que poner ella misma a prueba sus propias creencias y la fe en el mundo.

A mediados de 1993, las tensiones raciales entre hutus y tutsis estaban creciendo y la violencia se estaba apoderando de las calles de Burundi. Consciente de la situación, Marguerite ayudó a varias decenas de personas, entre ellas niños, a esconderse en la diócesis de Ruyigi. 

Sanar el dolor

El 24 de octubre de 1993, un grupo de tutsis consiguió entrar en el edificio y se enfrentaron a Marguerite, quien no quiso desvelar el paradero de los niños. Golpeada y maniatada, fue obligada a presenciar la ejecución de setenta y dos personas.

Aquello marcó para siempre su vida. Apoyada en su fe en Dios y con la ayuda del obispo, se hizo cargo de los veinticinco niños que había salvado y que a partir de entonces se convertirían en parte de su familia. Ellos fueron el inicio de un nuevo despertar en la vida de Marguerite. 

Hacerse cargo de aquellos huérfanos no significaba solamente darles un lugar donde vivir y alimentarlos. Debía sanar también el dolor vertido en sus almas y enseñarles lo que significaba el amor al prójimo y el perdón. Solo así se podría empezar de nuevo. Solo así se podrían escapar de la espiral de violencia que parecía no cesar nunca. 

Así nació Casa Shalom, un lugar en el que, en palabras de la misma organización, se «lucha contra el odio y la indiferencia». Para Marguerite y quienes siguen sus pasos, nada es más importante que el ser humano, sea cual sea su raza, etnia o religión. En Casa Shalom, se respeta «la vida de todo ser humano y su dignidad». 

Ayudada por muchas personas a las que había conocido en sus distintas estancias en Europa y gracias a las aportaciones económicas que le reportaron los muchos premios que recibió, Marguerite Barankitse empezó a construir aquel paraíso en la tierra.

No era un orfanato, era el hogar de miles de niños, jóvenes y refugiados que poco a poco se unieron a la gran familia de Casa Shalom. 

Testigo de que el perdón es más fuerte

En 2015, Marguerite se vio obligada a dejar el país y huir a Ruanda. Su postura contraria al presidente Nkurunziza, la situaron en el punto de mira y su vida corría peligro. En Ruanda, Marguerite volvió a empezar ayudando a los miles de refugiados que, como ella, habían tenido que huir de Burundi. Nada iba a pararla. 

La fe y el amor por los demás han sido los motores en la vida de Marguerite Barankitse, una mujer que a sus más de sesenta años sigue luchando para hacer de este un mundo mejor en el que el amor triunfe por encima del odio.

El perdón, uno de los principales pilares del cristianismo, es para ella, la mejor arma contra la sinrazón. 

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genocidioinfanciamujerperdonruanda
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