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¿El desastre te parece inminente? Busca a Dios

Tom Hall CC
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Pon tu esperanza en ese sol que ilumina la oscuridad del camino y aparecerá la esperanza

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Me gusta pensar que el reino de Dios nace como la semilla pequeña y se desarrolla en lo oculto. Dice la Biblia:

«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas».

Me gusta la pobreza de los comienzos. La semilla incipiente que muere y da un brote tan pequeño que a penas puede verse.

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Parece imposible que de una semilla pueda surgir un árbol. Parece todo tan débil… Me resulta incomprensible que de lo pequeño pueda nacer lo más grande. ¿Es siempre así?

Los pequeños comienzos de las grandes obras.

El reino de Dios actúa como la levadura en la masa en manos de una mujer:

«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente».

Es así siempre en los comienzos. Puede ser así en los momentos en los que parece todo perdido en mi vida. Escribió el padre José Kentenich:

«Nunca me encuentro más a gusto que cuando la esperanza humana decae»[1].

Son momentos en los que el desastre parece inminente, el final de todo lo que había soñado. En ese momento se hace más visible la presencia de Dios.

Parece imposible que las cosas salgan bien de acuerdo con categorías humanas. Pero no es así. La semilla pequeña tiene que morir. La levadura tiene que hacer fermentar la masa y desaparecer.

HAND PUT SEEDS
Di Konstantin Tronin - Shutterstock

El Reino de Dios crece por la noche sin que nadie lo vea. Las obras de Dios, que aparentemente no son nada y parecen irrelevantes ante el poder del mundo con todo su ruido.

El poder de los poderosos parece insalvable para mi debilidad. Sólo me queda confiar en que una fuerza superior a la mía irrumpirá en medio de mi vida y hará un milagro.

Cuando no queda nada

Así me siento yo en medio de la pandemia cuando veo que mis seguridades han caído. ¿Qué me queda? Sólo confiar. O cuando veo que me cuestionan verdades de mi vida que parecían inamovibles. Y cuestionan a los que creo santos.

Entonces levanto la mirada al cielo y confío. Vuelvo a confiar mirando a María mi Aliada y espero de Ella la misericordia. ¿Cómo voy a dudar de su poder en mi vida? Decía el Padre Kentenich:

«El que con todo su ser y actuar por la alianza de amor se pone como instrumento en el campo del juego divino, ese se siente tanto mejor y más seguro en las manos de Dios cuando todos los apoyos y esperanzas humanas se rompen. El egoísta yo se rompe y le ha hecho sitio total al divino Tú (…). Dios toma el lugar que le pertenece; es el águila que con sus alas fuertes lleva a los débiles polluelos hacia el sol; es el imán que atrae toda la debilidad humana»[2].

Me dejo llevar en las alas del águila porque solo no puedo elevarme en las alturas. En las alas del águila sólo aspiro a tocar el sol.

Voy directo hacia el cielo. Me dejo llevar y dejo de temer. No pongo mi confianza en mis propias fuerzas.

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La semilla más pequeña dará como fruto un árbol inmenso. El poder del árbol nace de una semilla insignificante. Para los hombres todo parece imposible. Pero para Dios nada lo es.

En momentos en los que caen mis esperanzas humanas, mis planes mezquinos soñados en mi corazón. En esos momentos en los que me siento abandonado, miro al cielo y miro a Dios.

Mi esperanza está puesta en ese sol que ilumina la oscuridad de mi camino. Nada temo.

Mira aquí algunas frases para crecer en la fe y la esperanza:

 

[1] José Kentenich, Carta al P. Menningen en 1951

[2] José Kentenich, 1952

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