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¡Confía!

Carlos Padilla Esteban - publicado el 27/03/15

Aprender a ver lo positivo y lo valioso es un arte; la confianza, un don

¡Cuánto nos cuesta dejarnos hacer! Preferimos dominar nosotros nuestra vida, sin confiar demasiado en Dios, ni en los hombres. Nos falta confianza en esta vida en la que el futuro siempre es tan incierto. La confianza tiene que ver con la seguridad que tenemos en nosotros mismos, en nuestras propias capacidades.

Pero esa confianza o la perdemos o la afianzamos ya en nuestra infancia y juventud. Aunque de nada nos sirve averiguar quién fue el culpable, el que causó nuestra actual desconfianza. No es tan necesario bucear en el pasado buscando responsables. Lo importante es reconstruir nuestra vida, cimentar a partir de lo que somos.

Dios nos ama y nos lo muestra, aunque no lo percibamos. Pronunciamos entonces el Fiat y dejamos actuar a Dios. Queremos recuperar esa confianza perdida. Cuando estamos anclados en Dios, entonces recibimos la certeza de conseguir lo que anhela el corazón, aunque el desafío supere siempre nuestras capacidades.

Cuando esperamos en Dios, en su poder, todo es posible, porque Dios es capaz de lo imposible. Esperar en el poder de Dios le da sentido a nuestra vida, ya que nuestras fuerzas son limitadas. Nosotros lo damos todo y confiamos en que Dios logrará lo que nosotros no podemos.

Eso sí, Dios nos pide siempre que lo demos todo como hizo María. Porque, cuando nos guardamos y somos egoístas mirando con miedo y agobio el futuro, nos encogemos y no logramos nada.

Aunque es cierto que amar con toda el alma asusta. Es abrir las puertas del corazón, renunciar, dar, recibir, entregar. Es un riesgo. El mismo riesgo que asumió María sobre sus débiles hombros. Se dejó hacer y confió.

Por eso, cuando, siguiendo su ejemplo, anclamos el corazón, el camino es más sencillo. Aunque es verdad que vivir a fondo implica siempre un riesgo. Vivir es arriesgado. Lo damos todo y tal vez podemos perderlo todo.

Hoy nos preguntamos: ¿Cómo es nuestra forma de vivir? Si alguien mira nuestra vida, nuestra forma de relacionarnos, de divertirnos, de trabajar, de saludar, de escuchar. ¿Qué ve? ¿Nos ve arraigados en lo más profundo, seguros, tranquilos, confiados como María?

Si alguien mira nuestra forma de tomarnos las contrariedades, de convivir, de disfrutar la vida, de sufrir, ¿verá algo distinto a lo que ve en todas partes?

Quisiéramos vivir como vivió María, de forma intensa y generosa, confiados, llenos de esperanza. Porque María vivió segura, anclada en el Padre con el que conversaba en el silencio. Segura de ese amor incondicional que la sostenía. Tranquila en la confianza que su Padre había puesto en su corazón.

La confianza en Dios y en los hombres es un don, una gracia que tenemos que pedir todos los días. Porque corremos el riesgo de volvernos desconfiados con el paso de los años. Perdemos la ingenuidad y la inocencia ante la vida. Las personas dejan de parecernos naturalmente buenas y pasan a ser sospechosas, imprevisibles, impuras. Hemos sufrido el engaño y la decepción.

Suele ser así con la vida. Amamos y no siempre recibimos amor. Confiamos y no siempre nos responden con confianza. Con el paso de los años, cuando teóricamente nos volvemos más maduros, a lo mejor simplemente nos volvemos viejos, más duros, más secos y ya nada nos da confianza.

¡Qué importante es aprender a confiar en las personas! Aunque nos fallen y no lo hagan todo tal como nosotros lo haríamos. Sin perder la juventud del alma cuando sus errores nos desesperen. Decía el Padre José Kentenich: « ¿Qué significa comprender? Significa creer en la misión del otro y creer en lo bueno del otro»[1].

No queremos ser desconfiados, porque poder confiar es una gracia que anhelamos. Es creer que el otro tiene un don

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