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Es posible vivir sin miedo, mira cómo mantener la paz

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C_Atta|Shutterstock
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Plántate en el otro mundo, el de Dios. ¿Quieres? ¡Pide!

¿Cuáles son mis metas en este nuevo año? ¿Qué desafíos me planteo? Es importante despertar el corazón. Soñar con cosas grandes, no pequeñas. Desear lo imposible para llegar muy lejos. Imaginar, crear, despertar. No quedarme dormido ya a principios de año.

Deseo enamorarme más de la vida. Arriesgar, entregar, sufrir, sacrificarme. Merece la pena sentir que lo doy todo. Sin escatimar esfuerzos.

Me propongo ser yo mismo siempre y en todo. No vivir acomplejado pensando que los demás son mejores que yo. Quiero creer que puedo cambiar algo en este mundo difícil. En el que todo parece en continua evolución y cambio.

No pretendo ser mejor de lo que soy. Porque lo he comprobado, voy a seguir siempre siendo yo mismo. Y eso me gusta. Por eso me gustan las palabras que leía en un texto de Mirta Medici:

«No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno. Ése es un pensamiento mágico, infantil, utópico. Te deseo que te animes a mirarte, y que te ames como eres. Que tengas el suficiente amor propio para pelear muchas batallas, y la humildad para saber que hay batallas imposibles de ganar por las que no vale la pena luchar. Te deseo que puedas aceptar que hay realidades que son inmodificables y que hay otras, que si corres del lugar de la queja, podrás cambiar. Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir».

Me gusta enfocar así este nuevo año. ¿Cuáles son mis sueños? ¿Y las batallas que tengo que librar? No le tengo miedo a la derrota. Porque ese miedo paraliza mis pasos y no me deja creer.

Quiero confiar más en ese Dios que camina conmigo. En María que me abraza al inicio del año. Descorro las cortinas que no dejan que entre la luz a mi alma.

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Puedo ser feliz con muy poco, lo he visto tantas veces. Pero se me olvida. Aprendo lentamente. Creo de repente que seré más feliz cuando más posea y cuando mis sueños se hagan realidad.

Me da miedo pedirle al año que me conserve lo que hoy me alegra. Se lo pido. Sin querer que sea mágica mi forma de pedir.

Pero ya me lo dijo Jesús, que lo pidiera todo. Y luego tuviera la libertad interior para seguir corriendo, luchando y creyendo en todo lo que puedo seguir amando.

No le tengo miedo a Dios en medio de mi vida. Pues Él me ha dicho de muchas maneras que me ama hasta el extremo y dio su vida por mí.

Nunca me va a pedir lo imposible. Y siempre va a cuidar mis pasos para que no me desanime cuando caiga. Sigo soñando con grandes ideales.

¿Acaso no puedo cambiar yo y conmigo todo lo que me rodea? Puedo sembrar yo mi semilla. Aportar mi amor, mi lucha y mi entrega. Me detengo de nuevo ante mis ideales. Decía el padre José Kentenich:

«El proceso de vida que está ante nosotros como ideal es una y otra vez el mismo. Estar arraigado en el otro mundo. Punto de Arquímedes desde el cual hemos cambiado radicalmente el mundo, también el mundo actual».

Si me creyera que puedo vivir anclado en el mundo de Dios… Anclado en el corazón de Jesús. Cobijado en Él cada momento de mi vida.

Si lograra vivir así tantas cosas dejarían de preocuparme. Viviría con paz, seguro en Dios, tranquilo, sin nada que defender, sin nada de lo que defenderme.

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Estoy tan lejos, tan apegado a mis deseos del mundo. A mis aficiones y gustos. Vivo con miedo y no es lo que deseo. El ideal vuelve a brillar hoy ante mis ojos.

Pobre, libre y alegre

¿Cómo quiero vivir este nuevo año que se me regala? Con un corazón libre y sencillo. Con un corazón humilde que sepa sobreponerse a las decepciones y volver a nadar en mares de alegría.

Es lo que deseo. Vivir de tal forma que el presente me sea fácil. Y viva sin temer el futuro que ignoro. La vida es tan corta… No tengo asegurado ni el futuro más inmediato.

Sé sonreír en medio de las lágrimas y después de una derrota, no me quedo saboreando su sabor amargo. Vuelvo al trabajo, a la lucha.

No importa el tiempo invertido. La vida es para darla, para perderla en medio de las dificultades. Sonrío. Soy feliz haciendo mi camino, su camino.

Al fin y al cabo, fue Él el que se empeñó en seguir mis huellas. Me buscó para imprimir su rostro en mi pecho. Me amó para que yo aprendiera a amar sus caminos.

Me eligió sabiendo la pobreza de mi vida, mi impureza y poca capacidad de amar. Me sigue llamando, conociendo mis pecados, mis debilidades, mis egoísmos y miedos.

Y sigue detenido a la puerta de mi vida golpeando para que abra y lo deje entrar en medio de mis miserias. Yo que he pensado con frecuencia que lo que le gustan de mí son mis logros y triunfos.

Mi pobreza, esa que resalta con tanta nitidez, es lo que despierta día tras día su ternura. Me conmueve su mirada alegre sobre mi vida. No se escandaliza, no se asombra. Simplemente me mira con una sonrisa y me anima a volver a decir que sí, aunque no sepa, aunque no quiera.

Vuelven los ideales que Dios ha sembrado en mí a brillar en mi camino. El ideal de vivir consagrado. El ideal de ser un hombre pobre, libre y alegre. El ideal de ser fiel a las promesas sembradas en mi alma. Y a los sueños con los que sueña Dios dentro de mí. El ideal de ser peregrino por mares revueltos.

Y la confianza de que en mi barca Él hace su morada.

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