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Ambrosio de Milán, el santo que encontró la respuesta a todo

AMBROSE
Anthonis van Dyck
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“¡Cristo es todo para nosotros!” era su lema de vida

Si estás oprimido por la iniquidad, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz“.

Son palabras de san Ambrosio, cuyo lema de vida era “¡Cristo es todo para nosotros!”. Con sus numerosos discursos, cartas e himnos, este obispo de Milán del siglo IV (Doctor de la Iglesia y uno de los cuatro Padres de Occidente) cambió la vida de muchísimas personas.

Su fuerza y sabiduría fueron sin duda determinantes para que san Agustín de Hipona se hiciera cristiano. Él mismo le bautizó y, aunque sólo es una leyenda, se cuenta que ese día de Pascua del año 387 ellos dos compusieron improvisadamente el célebre himno Te Deum.

San Ambrosio adoptó y generalizó el canto alternado de dos coros y compuso también música. Todavía hay un rito litúrgico latino que lleva su nombre.

Además de pasión, tenía una sólida formación y una realista pedagogía con la que profundizó y difundió la fe católica.

Fue él quien introdujo en Occidente la lectura meditada de las Escrituras, para hacer que penetre en el corazón, algo que hoy se conoce con el nombre de lectio divina, según dijo el papa Benedicto XVI en la audiencia general del 24 de octubre de 2007.

Pero esto no siempre fue así.

De hecho Ambrosio iba para político. Su padre era prefecto de las Galias. Cuando murió, Ambrosio se trasladó de Tréveris a Roma, donde realizó estudios humanísticos y jurídicos. En torno al año 370 fue nombrado gobernador de Liguria y Emilia, y se instaló en la capital, Milán.

Como responsable del orden público, le tocó mediar en un conflicto entre católicos y arrianos que surgió en Milán al morir su obispo, Auxencio, un arriano que ocupaba la sede ilegítimamente (el obispo legítimo Dionisio había muerto en el destierro).

Y lo hizo tan bien, que de una manera sorprendente e inesperada, el gobernador acabó siendo nombrado obispo. Por aclamación popular. ¡En aquel momento Ambrosio ni siquiera estaba bautizado!

En unos pocos días, fue bautizado, confirmado, ordenado sacerdote y consagrado obispo. Pronto dio lo que tenía a los pobres.

El sacerdote Simpliciano le ayudó en su formación doctrinal. Y mientras aprendía, predicaba y dirigía la diócesis, de una manera muy fecunda, por cierto, en un camino que le llevó a encontrar a Dios.

Combatió el paganismo y el arrianismo, e hizo que se reconociera el poder moral de la Iglesia por encima del Estado. Sobre todo fue un gran pastor.

Murió en el año 397 y sus restos pueden visitarse en la basílica de San Ambrosio de Milán.

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