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El Te Deum, cantado por los monjes de la Gran Cartuja

Daniel R. Esparza - publicado el 12/06/16

Este singular video recoge imágenes y sonidos del gran monasterio cartujo del norte de Grenoble, en Francia

El Te Deum es uno de los primeros himnos cristianos. Tradicionalmente, se le ha atribuido a san Ambrosio, por lo cual también se le llama “himno ambrosiano”, aunque también se dice que fue compuesto en conjunto por Ambrosio y Agustín: en el año 387, cuando San Agustín fue bautizado por san Ambrosio, este último, inspirado por el Espíritu Santo, improvisó el himno, mientras Agustín iba respondiendo a sus versos.

Sin embargo, investigaciones posteriores revelaron que la autoría corresponde a Aniceto (también conocido como “Nicetas”) de Remesiana, en el siglo IV.

El Te Deum es, en sentido estricto, un himno de acción de gracias; las primeras palabras del himno, “Te Deum laudamus” (que traducen “a Ti, Dios, te alabamos”) dan cuenta de ello.

Este himno  suele cantarse en momentos de celebración (una canonización, ordenaciones sacerdotales, la elección de un Papa), pero también es cantado regularmente en la Liturgia de las Horas.

En el video, escenas de la vida en la Gran Cartuja de Grenoble son acompañadas por el audio de los monjes cartujos, cantando el himno, en el latín original:

Te Deum laudámus: te Dominum confitémur. Te ætérnum Patrem omnis terra venerátur. Tibi omnes Angeli; tibi cæli et univérsae potestátes. Tibi Chérubim et Séraphim incessábili voce proclámant: Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dóminus Deus Sábaoth. Pleni sunt cæli et terra majestátis glóriæ tuæ. Te gloriósus Apostolórum chorus; Te Prophetárum laudábilis númerus; Te Mártyrum candidátus laudat exércitus. Te per orbem terrárum sancta confitétur Ecclésia: Patrem imménsæ majestátis; Venerándum tuum verum et únicum Fílium; Sanctum quoque Paráclitum Spíritum. Tu Rex glóriæ, Christe. Tu Patris sempitérnus es Fílius. Tu ad liberándum susceptúrus hóminem, non horruísti Vírginis úterum. Tu, devícto mortis acúleo,     aperuísti credéntibus regna cælórum. Tu ad déxteram Dei sedes, in glória Patris. Judex créderis esse ventúrus. Te ergo quǽsumus, tuis fámulis súbveni,     quos pretióso sánguine redemísti. Ætérna fac cum sanctis tuis in glória numerári. Salvum fac pópulum tuum, Dómine, et bénedic hæreditáti tuæ. Et rege eos, et extólle illos usque in ætérnum. Per síngulos dies benedícimus te. Et laudámus nomen tuum in sǽculum, et in sǽculum sǽculi. Dignáre, Dómine, die isto sine peccáto nos custodíre. Miserére nostri, Dómine, miserére nostri. Fiat misericórdia tua, Dómine, super nos, quemádmodum sperávimus in te. In te, Dómine, sperávi: non confúndar in ætérnum.

A ti, oh Dios, te alabamos, a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre, te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de tu gloria.
A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas, el blanco ejército de los mártires.
A ti la Iglesia santa, extendida por toda la tierra, te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo. Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios en la gloria del Padre.
Creemos que un día has de venir como juez.
Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad.
Sé su pastor y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor, ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié, no me veré defraudado para siempre.

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