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¿Qué es y cómo surge la Lectio Divina?

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El tesoro escondido más apreciado de los monasterios, al alcance de todos

“Escuchamos la Escritura, si obramos según ella”
(Gregorio Magno)

1. El monacato como estilo de vida: descubriendo la experiencia del amor sin límites

La vida monástica cristiana tiene sus orígenes en el período patrístico, es decir, en los primeros siglos de la vida de la Iglesia.

Sin embargo, los monjes han visto siempre en la primera comunidad cristiana de Jerusalén a la primera experiencia de comunidad monástica.

Cuando los monjes antiguos querían dar explicación de su origen, recurrían a la Sagrada Escritura. En ella releían su experiencia monástica, su estilo de vida, su camino de crecimiento.

Ante la crisis que sacudió al mundo occidental luego de la caída del Imperio Romano y el crecimiento de la Iglesia, muchos monjes se retiraron al desierto.

El siglo IV dC fue testigo de un gran número de personas que optaron por irse al desierto para asumir un nuevo estilo de vida, llamado monástico. ¿Significa esto que estaban huyendo del mundo, de la realidad, para buscarse a sí mismos?

El monje no huye del mundo porque le tenga miedo o le parezca pecaminoso. Antes bien se distancia para regresar a él. Pero no desde los valores que el mundo resalta como auténticos, sino desde un talante evangélico que ha transformado toda su vida y la proyecta como donación en el amor.

El monje se retira para entrar en una relación más profunda y transparente con sus hermanos, para descubrir la presencia del amor sin límites en cada persona.

Por ello, su retiro es una excusa para lograr una vida donde quepa el encuentro auténtico y nunca el aislamiento.

El desierto es lugar de experiencia, simboliza la propia vida árida y seca en oportunidades, necesitada del agua viva que la alimente y la haga crecer. El desierto es lugar de encuentro, no de alejamiento. Es lugar de silencio, no de soledad.

El monje se propone un proyecto de vida: vivir como hermano de toda persona e hijo de Dios. En otras palabras, descubrir la vida de Dios para compartirla con toda persona.

La palabra “monje” (monachós) indica ese proyecto. El monje es aquel que quiere unificar su vida, quiere integrar las dimensiones que componen su existencia, la biológica, psicológica, afectiva, racional, etc., en un solo proyecto de crecimiento en el servicio capaz de amar sin límites.

Monje es toda persona que quiera redescubrir el camino de la vida, el camino del amor sin límites capaz de transformar nuestras existencias en donación, acción gratuita para con todo hermano. Monje es el que hace de un desconocido un amigo.

2. El camino del monacato: la lectio divina

Este proceso de crecimiento no es fácil, implica un camino por recorrer y una actitud que cultivar. El camino, la propia experiencia; la actitud, la escucha.

El monje es el hombre de la escucha, aquel que está atento porque está despierto y no vive bajo el sueño de una realidad que no existe.

San Benito de Nursia nos invita a despertarnos: “Levantémonos, pues, de una vez, que la Escritura nos devela diciendo: Ya es hora de despertarnos del sueño. Y, abiertos los ojos a la luz deífica, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz de Dios que clama: Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (RB Prólogo, 8-10).

Escuchar es la primera y más importante actitud para descubrir la vida de Dios en nosotros.

Escuchar nuestras experiencias, nuestras conductas, nuestras capacidades, las voces de nuestros hermanos, la realidad en la que vivimos, en fin, entrar en relación y fundar nuestras vidas desde esta actitud de escucha antes de aquella otra tan frecuente de querer explicarlo todo.

Es la actitud de la humildad, capaz de ayudarnos a “inclinar el oído de nuestro corazón” antes que el de nuestra razón.

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