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Camboya; el obispo de periferia que vive con los discapacitados

Vatican Insider - publicado el 27/02/17

Su episcopado, un simple edificio en la capital camboyana de Phnom Penh, como sea es una residencia que sobresale entre las casas de los fieles, que viven principalmente en cabañas o casitas de madera. Por este motivo Oliver Schmitthaeusler, religioso francés que guía a los católicos de Phnom Pen, pensó en optimizar el espacio que tiene a su disposición. Y así, la casa del obispo se ha convertido en una casa y laboratorio para ocho jóvenes discapacitados que durante el día hacen trabajos artesanales, produciendo caramelos de coco. «Es una actividad que les permite sentirse útiles y que los integra a la sociedad, contribuyendo también en cierta medida a sus familias», explicó el obispo a Vatican Insider. 

Esta es una experiencia simbólica de todos los frutos que ha dado el Año jubilar de la misericordia, tiempo que marcó profundamente a la pequeña comunidad de los bautizados en Camboya (que hoy son 25 mil personas en un país de 15 millones de habitantes), reconstruida con paciencia a partir de 1990, «año cero» en el que la fe volvió a florecer después del periodo de represión del régimen de los khmer rojos. 

A partir de 1975, efectivamente, durante la era de la Kampuchea Democrática de Pol Pot, se trató de eliminar cualquier huella de la religión, y cultos como el budismo, el cristianismo y el islam fueron prohibidos. Todos los sacerdotes camboyanos y muchos miembros de órdenes religiosas fueron asesinados, otros huyeron al extranjero, las iglesias fueron destruidas y las propiedades eclesiásticas fueron secuestradas. En 1976 la catedral de Nuestra Señora de Phnom Penh, que podía contener hasta 10 mil personas, fue dinamitada como símbolo de la victoria sobre el imperialismo vietnamita y francés, al que se imputaba la construcción de aquel edificio. Una comunidad de bautizados que tenía más de 60 mil fieles fue dispersada y pulverizada. Durante 15 años, pocos valientes se encontraban en secreto para rezar en las casas y mantener viva la memoria de la fe. 

Esos tiempos ya son cosa del pasado y la Iglesia camboyana en la actualidad florece. En el vicariato apostólico de Phnom Penh, el obispo (que pertenece a la congregación de las Misiones extranjeras de París, misma que ha contribuido enormemente en la edificación de la Iglesia en Siam) vive y promueve las obras de misericordia «como fruto de la fe y de la oración», impulsando el cuidado de discapacitados y de huérfanos, la atención hacia los pobres, la custodia de las familias divididas por la migración y el diálogo interreligioso. 

Hechos y no solo palabras. Schmitthaeusler da el ejemplo. «No necesitamos ir a las periferias —explicó el obispo refiriéndose a las palabras de Papa Francisco—, porque las tenemos aquí en casa». En su pequeña curia obispal, en la que trabajan tres personas (un secretario, un administrador y un factótum) el espacio a disposición era grande y la compañía de los jóvenes discapacitados ahora llena y alegra un ambiente que tiene las puertas abiertas de par en par. Y así el «olor a oveja» invade locales que de lo contrario habrían solamente perfumado de incienso. 

El vicario de 46 años, que desde 2010 guía a la comunidad, recuerda con entusiasmo su compromiso pastoral: comenzó en 2001 como párroco en una iglesia con un solo fiel. Aquí comenzó a acompañar a los jóvenes, a bautizar, a reunir a los fieles y a las familias, a crear asilos y escuelas, y la comunidad creció poco a poco. Esa iglesita, a 60 kilómetros de la capital, fue dedicada, después de una encuesta entre la nueva comunidad, a Santa María de la sonrisa, nombre elegido para recordar el episodio de Santa Teresita de Lisieux, que dijo haber sido curada por la «Virgen de la sonrisa». 

La sonrisa ha vuelto entre los fieles camboyanos, que sobrevivieron a la triste época de los khmer rojos. Y volvió justamente gracias a pastores como Yves Ramousse y Emile Destombes, predecesores del vicario de Phnom Penh. El primero, obligado a abandonar el país cuando Pol Pot tomó el poder, volvió a Camboya en 1983 y trabajó en el renacimiento de la Iglesia local. Destombes prosiguió con la obra de consolidación, con el compromiso de la educación, con la llegada de nuevas congregaciones religiosas, con la compra de terrenos, con el nacimiento de nuevas comunidades y con la construcción de varias capillas. 

Y antes que ellos, Schmitthaeusler recuerda a Joseph Chhmar Salas, el obispo camboyano que decidió permanecer en su país y a quien el régimen dejó morir de inanición en 1977. Ahora Salas está en camino de llegar a los altares y su nombre figura entre los 35 religiosos, laicos y misioneros cuya causa canónica para el reconocimiento del martirio ya ha comenzado. 

En la actualidad, el vicario francés guía una región eclesiástica con 45 comunidades, algunas de las cuales son muy pequeñas, con solamente 5 bautizados. En los últimos años la comunidad católica ha dado grandes pasos, fundando escuelas, iglesias, universidades, estructuras pastorales y comprometiéndose en las obras sociales, en el campo del desarrollo y de la solidaridad de la salubridad gracias a 27 ong católicas. La Iglesia, de hecho, todavía no cuenta con una personalidad jurídica y la forma de la ong sigue siendo necesaria, siempre y cuando se reconozca como «animada por el espíritu del Evangelio de Cristo», especificó el obispo. «Cristo nos llama a construir una cultura de la misericordia, a promover en la sociedad camboyana la revolución de la misericordia», subrayó Schmitthaeusler. A partir del Evangelio. A partir de las cuatro paredes de una curia episcopal. 

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