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Mi desconcertante y milagrosa “infancia espiritual” con san Padre Pío

Godong/Photononstop
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Mientras más lo conocía, más empezó a hacer sentido la presencia del Padre Pío en mi vida

He de confesar que el santo Padre Pío es mi debilidad. Este santo me tiene calada hasta los huesos, y no me avergüenza confesarlo; me explico.

De haber sabido lo que este santo llegaría a significar para mí, no me habría tomado tan a la ligera nuestro primer encuentro.

Siendo niña, lo recuerdo mirándome desde una estampa de oración encima de la antigua cómoda de mi abuelo irlandés. Su aspecto desentonaba entre los marcos sonrientes de mis hermanos, hermanas, primos, tita y madre.

El santo me miraba malhumorado, casi con un poco de inquina, con una mano desgarbada cubierta de tela.

Creo que esta es la razón por la que este recuerdo ha perdurado tanto tiempo en mí, porque me parecía extraño que mi abuelo pusiera a este desconocido en primer plano de su, por lo demás, jovial selección fotográfica. Sin embargo, como terminé descubriendo, las apariencias pueden engañar.

Para ser sincera, no pensé mucho en aquel rostro durante los siguientes 25 años. Precisamente hasta que llegó aquel precioso día de otoño, con mi hermano menor tumbado en una cama de hospital.

Estaba casi irreconocible, tan quieto y sin vitalidad, con tubos entrando y saliendo de su pálido cuerpo. Llevaba semanas y semanas en coma inducido en la unidad de cuidados intensivos y todos los días mi familia esperaba ansiosa la actualización del médico sobre el pronóstico de recuperación.

“¿Algún cambio? ¿Alguna esperanza?”, preguntábamos. Y reiteradamente escuchábamos una versión diferente de “No sabemos nada”, “No pinta bien” o “No estamos seguros de qué más podemos intentar”.

Y aun así, todos los días podíamos ver a mi madre rezando junto a la cama de mi hermano, tranquila, pegada a su libro de oraciones.

Y precisamente en la portada aparecía la imagen de aquel hombre barbudo de cara sombría con el que me había encontrado tantísimos años antes.

Y luego, poco después de escuchar esas palabras que nadie querría oír nunca sobre un ser querido, mi hermano despertó. Así, tal cual. El 23 de septiembre: el día de la festividad de Padre Pío.

Desde aquel momento, aunque nunca lo seguí a propósito, san Pío siempre me ha acompañado. Tras la dolorosa y prematura muerte de mis padres, este santo misterioso se volvió más presente incluso.

Después de la necesaria restauración del hogar de mis padres, en una casa desmontada hasta las entrañas, lo encontré por todas partes: barriendo escombros, su medalla estaba en mi recogedor; ordenando las toallas, calló un libro de oración del armario.

Un día incluso apareció una reliquia suya en la puerta de mi coche. En efecto, en los lugares más inesperados, allí estaba. Y no sólo dejó constar su presencia para mí. Este mismo verano, mientras mi hermano estaba en Irlanda rebuscando en su maleta, calló de su bolsa una medalla del santo Padre Pío.

Desde que empecé a familiarizarme con este gran santo, quedé embelesada, fascinada, perpleja; descubrí que fue una persona valiente y cándida, de actitud siempre encantadora. (Si no habéis leído su biografía, os animo a hacerlo).

Padre Pío es un verdadero santo moderno. Falleció hace 50 años, en 1968. Las historias sobre su vida no son habladurías ni leyendas; son relatos de primera mano de sus palabras, sus luchas y su influencia.

Sus encuentros con el diablo y su capacidad para bilocarse, sanar y leer almas son todos hechos documentados con numerosas fuentes.

Sus estigmas milagrosos fueron examinados una y otra vez por médicos mundialmente reputados. Incluso disponemos de innumerables fotografías de él y vídeos suyos diciendo misa.

Cuanto más aprendía sobre él, más empezaba a cobrar sentido la presencia de Padre Pío en mi vida. La fotografía que encontré de niña, fruto de la devoción de mi abuelo, y las infatigables plegarias de mi madre durante la enfermedad de mi hermano me colocaron, incluso sin buscarlo, bajo su protección. Ciertamente, mi familia me ha “contagiado” la protección de este santo.

En palabras del propio Padre Pío: “En cuanto me hago con un alma, también asumo toda su familia como mis hijos espirituales. Si uno de mis hijos espirituales se descarría, abandonaré mi rebaño para encontrarle”.

Los testimonios reflejan que Padre Pío declaró en muchas ocasiones lo que se conoce a menudo como su “Gran Promesa”: “Cuando muera pediré al Señor que me permita permanecer en el umbral del Paraíso y no entraré hasta que el último de mis hijos espirituales haya entrado”.

El don de la infancia espiritual también está a vuestro alcance. Según cuenta él mismo, su amor por las almas que desean estar bajo su protección es ilimitado, abierto a todos, y, como yo misma he experimentado, sigue expandiéndose para incluir a aquellos que le buscan décadas después de su muerte.

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