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Isabel I de Castilla: Por qué la llaman la reina católica

Jose Luis Cernadas Iglesias
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La causa de una mujer excepcional

No faltan quienes consideran anacrónica una posible beatificación de Isabel la Católica. Sin embargo, al menos hay dos valores de la reina que deben destacarse por su plena actualidad.

El primero es su condición de mujer, madre y esposa ejemplar, al tiempo que gobernante.

Además, la avanzada concepción de la idea de dignidad humana que promovió se ha considerado como el primer precedente del reconocimiento de los derechos humanos.

Es posible que otras naciones hayan necesitado sustentar su origen sobre mitos. A España, en cambio, le basta hacerlo sobre su historia, que tiene en los Reyes Católicos a dos personajes de talla universal.

Ambos monarcas fueron integradores de España, constructores del Estado moderno y su Administración, reformadores de la Iglesia y descubridores del Nuevo Mundo.

Su monarquía fue la primera potencia militar, lo que les convirtió en guardianes de la seguridad de Occidente frente al Islam y en árbitros de las relaciones internacionales.

De tal forma que no creo que haya muchos historiadores que duden sobre la excepcional trascendencia histórica del reinado de Isabel y Fernando, que con su obra política trazaron una línea indeleble entre el mundo medieval y el moderno.

Recientemente, una serie de televisión ha devuelto al gran público el recuerdo de Isabel (1451-1504), que comenzaba a desdibujarse en nuestra memoria colectiva.

Me refiero desde luego a la imagen de la reina, pero también a la de la mujer: apenas niña, huérfana de padre a los tres años, con una madre demente y al cuidando de su hermano menor, Alfonso; viviendo una infancia en condiciones de austeridad nada principesca y asumiendo el papel de moneda de cambio en las maniobras políticas de los grandes señores de Castilla.

Pese a sus 17 años, fue Isabel la que adoptó la firme decisión de unirse en matrimonio al príncipe aragonés, algo más joven que ella, decisión de cuya trascendencia política era consciente.

No debemos hacernos una idea romántica de aquel matrimonio, no era el uso de la época, pero sin duda hubo amor y dolor en aquella unión y en aquella familia.

Causa de canonización abierta desde 1957

La característica más acusada de la personalidad de Isabel era, desde luego, su religiosidad. Nada de su vida y obra puede entenderse al margen de ella.

De hecho, en 1957 se inició una causa para su beatificación en la archidiócesis de Valladolid, que hoy se encuentra en su fase romana. Fue iniciada entonces por el arzobispo José García Goldáraz, y cuenta con importantes apoyos.

Sin embargo, es evidente que al iniciarse la causa habían transcurrido cuatro siglos y medio desde su fallecimiento, algo inusual en este tipo de procesos, aunque la fama de santidad de la reina pervive desde su muerte.

Son numerosos los testimonios históricos que en dicho sentido recogió su postulador, Vicente Rodríguez Valencia, canónigo archivero de la catedral de Valladolid.

Sin embargo, no fue hasta comienzos del siglo XX cuando se extendió el interés por la tramitación oficial de dicha causa entre importantes clérigos, historiadores e intelectuales.

A este ambiente se sumó el diario El Debate, con un editorial atribuido a Ángel Herrera Oria, publicado el domingo 16 de junio de 1929, quien, con ocasión del Congreso Mariano celebrado por aquellos días en Sevilla, escribió: “…surgió en los corazones y en la mente de muchos congresistas, tanto españoles como hispanoamericanos, el pensamiento y el deseo de que se estudie, desde el punto de vista teológico, la santidad de la augusta reina, que supo dar en el trono y en tan grandes acontecimientos las pruebas más heroicas de las más difíciles virtudes cristianas. […] Nos parece que la idea de incoar un proceso de canonización será muy grata a todos los católicos de España y América, y hasta del mundo. Ella sería la santa patrona de la raza”.

Un personaje de plena actualidad

No faltan hoy quienes consideran anacrónica una posible beatificación de la reina Isabel I en el siglo XXI.

Ciertamente, son varios los reyes y príncipes cristianos que figuran en el santoral de la Iglesia católica, pero se trata de príncipes del medievo, que dieron testimonio de su fe en otras épocas y en otros contextos.

Además, en el caso de Isabel la Católica han transcurrido quinientos años desde su muerte, por lo que es posible que muchos de sus indudables testimonios de virtudes cristianas, que no implican necesariamente la ausencia de errores, no tengan el mismo valor ejemplar que hace cinco siglos.

Sin embargo, al menos hay dos valores de la reina que deben destacarse por su plena vigencia y actualidad. El primero es su condición de mujer, madre y esposa ejemplar, al tiempo que gobernante, lo que constituye una de las mayores pruebas históricas de la capacidad de las mujeres.

Además, la avanzada concepción de la idea de dignidad humana, que tanto arraigó en ella, condujo a la reina a reconocer derechos consubstanciales a las personas como no se había hecho hasta entonces.

Algo que se ha considerado como el primer precedente del reconocimiento de los derechos humanos.

Me refiero, por ejemplo, a la Pragmática de Medina del Campo de 28 de octubre de 1480, en la que, junto con su esposo, estableció la libertad de movimiento dentro de sus dominios, para eliminar el fundamento más perverso del régimen señorial, consistente en la falta de libertad de residencia y movimiento de los vasallos de señores.

Con todo, el principio jurídico más digno de mención reconocido por la reina Isabel, fue el sostenido en diversas disposiciones destinadas a declarar la dignidad de los indígenas canarios y americanos. Así, entre otras disposiciones, las instrucciones expedidas el 16 de septiembre de 1501 a Nicolás de Ovando, para el gobierno de La Española, le ordenaban:

“Otrosí procuraréis como los indios sean bien tratados, […] como nuestros buenos súbditos y vasallos, y que ninguno sea osado de hacerles mal ni daño”.

Posteriormente, otra real provisión dictada en Medina del Campo el 20 de diciembre de 1503, reiteró las rígidas normas en favor de los indios para asegurar su conversión, amistosa convivencia con los españoles en régimen de libertad e igualdad, adecuada instrucción y eficaz administración de justicia.

En efecto, los indios debían trabajar, pero según esta disposición, habrían de hacerlo como: “…personas libres, como lo son, y no como siervos. Y haced que sean bien tratados los dichos indios”.

La evangelización de los indios

Y, finalmente, en el excepcional Testamento que otorgó la reina en 1504, pide a su esposo Fernando, a su hija Juana y a su yerno Felipe, que su principal deber como reyes de Castilla sea la evangelización de los indios de aquellas tierras descubiertas y por descubrir: “y que no consientan ni den lugar que los indios… reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados; y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean […]”.

No deseo contribuir con estos argumentos a fomentar estereotipos propios de una leyenda rosa. Por ello, debo advertir que, con estas y otras disposiciones legales del mismo signo, los Reyes Católicos no pudieron transformar radicalmente toda la sociedad de su tiempo.

Tampoco estuvieron exentas tales disposiciones de incumplimientos, matizaciones y contradicciones. Con todo, no cabe duda de que marcaron una línea política verdaderamente admirable para su tiempo.


Por Juan Carlos Domínguez Nafría, r
ector de la Universidad CEU San Pablo
Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

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