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«El Papa va a Lesbos para recordarnos quién es nuestro prójimo»

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«Estamos demostrando el rostro de una Europa con el corazón duro». El cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena comenta de esta manera las noticias que llegan desde Brennero y la decisión de crear una correa vigilancia para evitar el flujo incontrolado de los migrantes de Italia hacia Austria.

¿Qué siente al ver lo que está sucediendo en la frontera entre Italia y Austria, y, en general, en algunos países europeos?

Una sensación de tristeza. Lo opuesto de la misericordia, a la que nos llama constantemente Papa Francisco, es el endurecimiento de los corazones. En Europa estamos viviendo una situación de este tipo. En lugar de acoger pensamos en levantar nuevas barreras.

¿Qué le parece esta actitud?

Debemos tratar de construir, todos juntos y sin abandonar a los países de frontera o a los países más pequeños, una Europa que no solo gire en torno a la economía, sino también a la sacralidad de la persona humana. ¿Dónde quedaron los valores que nos unieron? ¿Los hemos olvidado? Corremos el peligro de convertirnos en una Europa con el corazón endurecido. Detrás de esta perdida de sensibilidad hacia el prójimo está la incapacidad de conmoverse, de compartir, es decir de sufrir junto a estos hermanos. Es una pérdida de la humanidad, una nueva forma de paganismo. El antiguo paganismo, como repitió en varias ocasiones Joseph Ratzinger, se caracterizaba justamente por la insensibilidad.

¿Qué significado tiene la visita del Papa a Lesbos, del próximo sábado?

La pregunta que plantea Francisco es simple: ¿dónde está tu hermano? El Papa, primero con su viaje a Lampedusa y ahora a Lesbos, nos recuerda que estamos frente a personas humanas. Antes de ver el problema o la emergencia, hay personas como yo, como tú, y estas son nuestro prójimo.

Hay quienes objetan que no es posible acoger a todos indiscriminadamente…

Acoger y recordar los valores que con los que se fundó Europa no significa no plantearse el problema de cómo gobernar el fenómeno migratorio y las emergencias. Estoy pensando en el peso que soportan algunos países que están al borde del colapso, en donde están viviendo amontonados en los campos millones de refugiados: hablo de Líbano, Jordania, Turquía, por ejemplo. Estoy pensando en las fronteras de nuestra Europa, en islas como la que visitará el Papa. Siempre hay que poner al centro la dignidad humana de los migrantes, que no son números para nuestras estadísticas. Son mujeres, niños, jóvenes, hombres, ancianos. Personas de carne y hueso que huyen de la desesperación, que han dejado todo, que normalmente ya no tienen una casa. Hasta que no nos acostumbremos a ver los rostros de carne y hueso de las personas que hay tras los números, no podremos encontrar el corazón que Europa, la Europa cristiana, parece haber perdido. No podemos darnos el lujo de perder los valores y los principios de humanidad, de respeto por la dignidad de cada persona, de subsidiaridad y solidaridad reciproca, aunque en ciertos momentos de la historia, como ha recordado Papa Francisco, puedan ser un peso difícil de soportar.

¿Qué es lo que hay que hacer, en su opinión?

Están las emergencias que hay que afrontar con sentido común, razonablemente y acogiendo, involucrando a todos los países de la Unión Europea. No debemos olvidar nunca, además, las responsabilidades que tenemos como Occidente en relación con ciertos países cuyos ciudadanos pagan las consecuencias de nuestras guerras. Pero, más allá de la emergencia, se requieren políticas concretas que ayuden a los países de origen de los migrantes a superar los conflictos internos y a desarrollarse garantizando la paz. Nosotros deberíamos trabajar para superar los conflictos, no para alimentarlos.
 

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