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Recibir el año nuevo, ¿qué hacer a media noche?

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Kamil Macniak | Shutterstock

Majo Frias - publicado el 30/12/23

Llega el año nuevo, y con ello, las resoluciones, metas y deseos. Además de los festejos y los propósitos de año, la noche del 31 de diciembre suele estar llena de supersticiones o rituales con los que se busca tener más dinero, una nueva pareja o un año lleno de viajes…

Cada cultura tiene sus tradiciones para evitar la mala suerte en el año que comienza o para atraer aquello que anhelamos. Escuchamos que la ropa interior debe ser de un color para tener pareja, que las 12 uvas nos alcanzan éxitos y que comer lentejas nos asegura tener dinero.

Más allá de la superstición -que por supuesto va en contra de la fe- estas tradiciones de año nuevo pueden decirnos mucho sobre nosotros mismos y nuestra sociedad. ¿Qué es lo que verdaderamente anhelamos? ¿Qué motiva esos deseos? ¿Aquello que buscamos nos llevará al fin último que es la vida eterna?

Amar y ser amado, gozar de salud, vivir felices y tener prosperidad son deseos completamente lícitos. No tiene nada de malo desear una pareja, descansar tranquilos sabiendo que nuestra familia tiene el sustento asegurado o aspirar a una mejor calidad de vida; sin embargo, cuando esos deseos se vuelven desmedidos, o se mal encaminan, nos conducen a la avaricia, la vanidad y el egoísmo. Dejan de causarnos un bien y nos impiden contemplar lo que tenemos.

Entonces, ¿qué podemos hacer este año al escuchar las campanadas? Te presentamos tres alternativas católicas que, si bien, no te aseguran aquello que deseas, seguro te conducirán a una verdadera felicidad y un aumento de tus virtudes.

1
Prosperidad económica

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Atraer dinero y tener bienes en abundancia es quizá el deseo más popular, y en consecuencia, es lo que más supersticiones tiene. En algunos países, como Italia, se comen lentejas justo a la medianoche, mientras que en Latinoamérica las personas se arrojan lentejas a ellas mismas; eso sin mencionar los borregos de peluche, la ropa interior amarilla o los anillos en la copa con la que se hace el brindis.

La seducción del tener es muy fuerte en esta sociedad; sin embargo, las riquezas no son una fuente de alegría, muchas veces -incluso- son todo lo contrario. 

Centrarnos en lo que nos falta, en tener más o poseer en abundancia, puede distraernos de  contemplar la Providencia de Dios.

La Madre Teresa de Calcuta decía que la Providencia «continuamente nos hace saber con qué amor Jesús nos acompaña y nos ayuda», y aseguraba que ésta siempre llegaba a ella y sus hermanas a través de «industrias, entidades, compañías, gobiernos, pero principalmente a través de pequeñas ofertas de personas que viven con recursos económicos modestos».

Medita: haz una lista en donde identifiques, mes por mes, todos los momentos de necesidad en los que viste la mano providente de Dios; o aquellos en los que incluso te permitió gozar de un poco más de lo necesario. ¿Te resulta complicado recordar qué paso cada mes del año? Pues tu teléfono no. Puedes revisar tus redes o galería de imágenes para ayudarte a recordar.

Actúa: hay más alegría en dar que en recibir, dice la Palabra de Dios en los Hechos de los apóstoles. Revisa tu entorno y plantéate cómo puedes ser tú un instrumento de la Providencia en la vida de los otros.

2
Amor de pareja

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Repartir besos, ponerse debajo de la mesa, ropa color rojo, usar margaritas…

El amor es una necesidad humana; lo requerimos para vivir. Nuestra autoestima, regulación del estrés, seguridad y desarrollo emocional y cognitivo dependen del cariño que recibimos. 

Sin embargo, estar en pareja no es la única manera de experimentar y expresar amor. Encontramos y sembramos amor en la familia y amistades, pero también en obras de caridad y con desconocidos.

Santa Teresita del Niño Jesús, en Historia de un alma, escribió:

«Comprendí lo imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como las ama Dios. Sí, ahora comprendo que la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades, en edificarse de los más pequeños actos de virtud que les veamos practicar. Pero, sobre todo, comprendí que la caridad no debe quedarse encerrada en el fondo del corazón: Nadie, dijo Jesús, enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Yo pienso que esa lámpara representa a la caridad, que debe alumbrar y alegrar, no sólo a los que me son más queridos, sino a todos los que están en la casa, sin exceptuar a nadie».

Manuscrito C, 12r

Medita: comenzando por casa, ¿en qué pequeñas cotidianidades me hace falta soportar con paciencia los defectos del otro? ¿Qué virtudes hacen falta en mi trato con el prójimo? ¿Qué puedo aprenderle a esa persona que tanto me hace enfurecer?

Actúa: elige una de estas virtudes y determina cómo y en qué momentos podrás ejercitarla. No elijas demasiadas, pues por querer abarcar mucho podrías descuidarlas todas. Para esto puede ser especialmente útil consultar las obras de misericordia.

3
Buena fortuna

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Desde la ropa de lunares en Filipinas, hasta la tradición de regar azúcar por toda la casa o cruzar una puerta con el pie derecho, la buena fortuna es uno de los conceptos más populares de estas fechas.

Por supuesto, nadie desea pasar por malos momentos, pero dejando de lado el pensamiento mágico y la confianza en el azar o el destino, a la luz de la fe sabemos que los momentos de prueba edifican y purifican.

Dios permitió que Job enfrentara diferentes pruebas antes de restaurarle lo que perdió y multiplicárselo: familia, felicidad y riquezas. En el proceso, Job permaneció fiel a Dios y dijo: «Si me prueba en mi crisol, saldré puro como el oro» (Job 23,10).

Medita: ¿qué me ha quitado la paz? ¿puedo resolverlo con mis propias fuerzas?

Actúa: aquello que esté en tus manos, hazlo, y no olvides pedir ayuda si es necesario. Por el contrario, todo lo que te sobrepase, entrégalo a Dios con un acto de fe. Para ayudarte puedes dirigirle esta oración.

Acción de gracias

Ahora que ves claramente la providencia, amor, protección y resguardo de Dios durante los 365 días del año que culmina, agradécele en la intimidad de la oración y no olvides encomendar el año que comienza.

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