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Orgullo y prejuicio en la maternidad

mother and son reading book

LightField Studios | Shutterstock

Feliciana Merino Escalera - publicado el 30/03/23

Hablar de maternidad significa la necesidad de repensar las relaciones en principios como el cuidado, la apertura al otro y lo otro con todos los matices que comporta la apertura a la pluralidad, desde la revalorización de lo concreto

Hace no mucho escuchaba en una entrevista a la periodista Samanta Villar, decir que la maternidad está muy idealizada, que con ella tu vida se destruye y luego haces una reconstrucción.

La periodista, que ha rodado un programa televisivo en el que muestra sus nueve meses de embarazo hasta el nacimiento de sus mellizos (“Nueve meses con Samanta”), explicaba que no es tan bonito como lo pintan y que “el problema de que la maternidad esté tan idealizada es que si tú te quejas, acabas estigmatizada, está mal visto que una mujer se queje de ser madre o del embarazo.”

Esta descripción de los estigmas de la maternidad, aparece así como el corolario moderno de una continua relegación de la maternidad al ámbito privado, secundario, en el que el hecho de ser madre – con todo lo que lleva aparejado- es una especie de “prejuicio” para muchas mujeres que prefieren seguir en la onda de la independencia económica, profesional y sexual.

Ser madre es un sacrificio demasiado costoso si se quiere pensar en términos de mujer “empoderada”. 

Recuerdo a una amiga mía que cuando fue madre dejó de trabajar para cuidar a su bebé. Durante mucho tiempo sintió vergüenza de confesar que era  ama de casa, porque todas las mujeres trabajaban y no quedaba bien decir que era una madre recluida que se dedicaba “a sus labores”. 

La liberación de la mujer, fruto de la revolución sexual de mayo del 68, trajo consigo discursos en los que la “erradicación de la maternidad” a través del derecho al aborto y del uso de anticonceptivos (Simone de Beauvoir), constituían todo un principio a seguir por parte del feminismo más radical en aras de conseguir la verdadera igualdad.

La huida de la realidad, el vaciamiento de la identidad, la ausencia de vínculos y la incapacidad para comprometerse en una vida que siempre supone un grado de concreción, han sido algunas de las consecuencias de una revolución que ha surtido efectos en la visión de la maternidad como una pieza que no encaja  en el ideal de emancipación femenina.

Si a eso le añadimos la esclavitud y servilismo de la mujer al mundo del trabajo, es fácil constatar que el deseo de ser madres se haya debilitado, pues hemos perdido la capacidad de decidir sobre nosotras mismas al sobreestimar la productividad laboral mucho más que la dedicación familiar, que queda en segundo plano.

Esto principió la búsqueda de una felicidad que ha intensificado una infelicidad creciente -no es irrelevante que se haya triplicado el consumo de ansiolíticos y antidepresivos-, el sentimiento de vacío y de soledad en el que la sociedad del espectáculo nos empuja a sobrevivir a través de personajes en los que nos reinventamos.

Ya lo dijo Hanna Arendt: “La demanda universal de felicidad y la infelicidad creciente en nuestra sociedad (dos caras de la misma moneda) son las señales más persuasivas de que hemos empezado a vivir en una sociedad del trabajo a la que le falta el suficiente para mantenerla satisfecha, porque sólo el animal laborans,y no el artista o el hombre de acción, ha pedido alguna vez ser feliz o pensó que los hombres mortales pudieran ser felices”. Mayo del 68 no resolvió el problema de la felicidad, solo nos hizo mirar hacia otro lado, o hacia ninguno. 

La sociedad del “bienestar” ha hecho crecer nuestro “malestar”. El culto al dinero, al trabajo productivo sin descanso, al éxito profesional, al hiperconsumismo, sin dolernos prendas en renegar de la maternidad, a la que cada vez se ponen más trabas, son los signos de una sociedad que envejece, “la sociedad del cansancio” como apunta el filósofo Byung Chul Han. De ahí que ser madre hoy tenga más de sacrificio que de alegría, más de heroicidad que de humilde entrega. 

Sin embargo, ser madre, hoy y siempre, es más propio de la tarea de un héroe sin capa, o de los santos de la puerta de al lado, aquellos que contemplan lo pequeño, lo vulnerable y más necesitado, como requerido de todo nuestro cuidado, capaces de percibir el milagro de lo extraordinario en lo ordinario, de ver que lo grande reside en lo pequeño, en lo más pequeño.

Ser madre tiene más que ver con la labor del santo que del artista. Victoria Ocampo, escritora, ensayista, traductora y mecenas argentina, lo sabía muy bien: “Lo que diferencia principalmente a los grandes artistas de los grandes santos (aparte de otras diferencias) es que los artistas se esfuerzan en poner la perfección en una obra que les es exterior, por consiguiente fuera de sus vidas, mientras que los santos se esfuerzan en ponerla en una obra que les es interior y que no puede, por tanto, apartarse de sus vidas. El artista trata de crear la perfección fuera de sí mismo, el santo en sí mismo […]Quizá el niño haya hecho a menudo de la mujer un artista tentado por la santidad. Porque para esforzarse en poner perfección en esa obra que es la suya, el niño, necesita empezar por esforzarse en poner perfección en sí misma y no fuera de sí misma. Necesita tomar el camino de los santos y no el de los artistas. El niño no tolera que traten de poner en él las perfecciones que no ve en nosotros.” (La mujer y su expresión).

Necesitamos recuperar el profundo sentido de la maternidad, lo que ella aporta de esperanza, de novedad radical. Hablar de maternidad significa la necesidad de repensar las relaciones en principios como el cuidado, la apertura al otro y lo otro con todos los matices que comporta la apertura a la pluralidad, desde la revalorización de lo concreto.

La maternidad implica ser conscientes del emerger del mundo de la vida y de su trama de solidaridades y de humanidad. Solo podremos tener capacidad de proyecto futuro si no perdemos de vista esta valiosísima vocación de entrega que es la mayor de las fecundidades, y no el éxito o el dinero, que solo son sucedáneos que tapan la conexión del ser humano con su origen -el origen de la vida- y su destino. 

La maternidad por tanto no es solo cosa de mujeres, aunque “la mujer es, pues, quien deja su marca indeleble y decisiva sobre esta cera blanda” (de nuevo, Ocampo). Entenderla y comprenderla, sin idealizaciones, pero tampoco sin absolutismos que encierren a la mujer en el estrecho círculo de la familia, es tarea de toda la humanidad. Porque la humanidad futura depende de la nuestra.

“Lo que cada una de nosotras realiza en su pequeña vida tiene inmensa importancia, inmensa fuerza cuando las vidas se suman. No hay que olvidarlo”, dice Victoria Ocampo, y renegar, postergar o relegar la maternidad a un valor secundario es seguir dando poder a una visión machista que construye el futuro a costa del fruto de nuestras entrañas, en el que como perros fieles servimos a los intereses del mercado y del Estado, cuyos principios siguen siendo androcéntricos, competitivos y  depredadores de la mujer y su expresión. Necesitamos mayor conciliación entre vida familiar y laboral, necesitamos políticas que eliminen las trabas que constantemente se ponen a la maternidad, solo sustituidas por el fácil acceso al aborto y a los anticonceptivos, o consolidadas a través de mayor número de guarderías. 

“¡Qué valiente!” -me dicen mis amigas cuando les digo que tengo cuatro hijos-. “¿Cómo lo haces?”. Pues apostando por la vida, apostando cada día, no solo cuando decides tener hijos, que después te exigirán una obediencia y atención completa a una realidad siempre distinta.

Porque los hijos cambian y nos cambian. No solo a las mujeres, también a los hombres. Dar la vida, educar a nuestros hijos -con todas nuestras limitaciones- es cambiar el mundo, empezando por nosotros mismos, y eso, es motivo de orgullo. ¿Orgullo de ser madre? Sí, orgullo, y no prejuicio. La maternidad es un valor en alza. No solo para las que tienen hijos, también para las que no los tienen, en realidad para todos los hombres y mujeres, porque nuestro mundo, desde la entrega y el cuidado a todo lo vivo y personal, es más verdadero y bello, merece más la pena, dándonos una felicidad que ninguno de los agentes económicos, políticos o laborales nos puede arrebatar.

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