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¿Qué nos enseña el testamento de Isabel la Católica?

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ISABEL LA CATOLICA

Biblioteca de la Univ.de Sevilla

Isabel La Católica

Sandra Ferrer - publicado el 20/11/22

El 26 de noviembre de 1504 fallecía en Medina del Campo la reina Isabel I de Castilla. Atrás dejaba uno de los reinados más ricos en la historia de España, años en los que demostró que una mujer era capaz de gestionar con audacia y determinación un reino y todos sus cada vez más extensos dominios

La reina dictó su testamento pocas semanas antes de morir, «estando enferma de mi cuerpo de la enfermedad que Dios me quiso dar y sana y libre de mi entendimiento». En él, no solo puso orden en las cuestiones más prosaicas y materiales de sus reinos y sus enseres personales. En el texto se resume la personalidad de una reina sabia y poderosa como fue la reina Isabel la Católica, reina de Castilla.

Una reina defensora de la fe

A finales de 1496, el Papa Alejandro VI firmaba la bula Si convenit por la que concedía el título de Reyes Católicos a Isabel y su esposo Fernando. Isabel fue una reina devota, que no solo vivió en privado su fe católica, sino que mostró públicamente sus creencias y las defendió. La reina afirmó haber vivido siguiendo los dictados de la Iglesia y esperaba morir «en esta santa fe católica».

La reina mostró en su testamento la devoción que le tenía a muchos santos, en concreto, San Juan Evangelista, al que «yo tengo por mi abogado especial en esta presente vida y así lo espero tener en la hora de mi muerte». También la «bienaventurada santa María Magdalena, a quien así mismo yo tengo por mi abogada».

Tras haber vivido como una mujer devota, ahora que estaba cerca la muerte, ella, «indigna y pecadora», encomendaba su «espíritu en las manos de Nuestro Señor Jesucristo. […] Y puesto por mí en la cruz, el suyo encomiendo en manos de su eterno Padre al cual confieso y reconozco que me debo toda».

Isabel la Católica había vivido como una mujer cristiana y, en ese momento, en el final de su vida y su reinado, deseaba que su gobierno continuara estando apuntalado en la fe de la Iglesia. Por eso explicitó un mensaje claro en su testamento dirigido a sus herederos, su hija Juana y el marido de ésta, Felipe de Habsburgo: «Y ruego y mando a la dicha princesa mi hija y al dicho príncipe su marido, que como católicos príncipes, tengan mucho cuidado de las cosas de la honra de Dios y de su santa fe, celando y procurando la guarda y defensa y ensalzamiento de ella, […] y que sean muy obedientes a los mandamientos de la santa madre Iglesia y protectores y defensores de ella como están obligados».

Impulsora de la evangelización

En tiempos de su reinado, el mundo conocido amplió sus horizontes. Después de que muchos soberanos europeos cerraran la puerta al proyecto colombino, Isabel financió el viaje que cambiaría la historia para siempre.

Cuando las tierras americanas pasaron a formar parte de la corona española, Isabel puso mucho celo en que en ellas se transmitiera la fe católica impulsando un ingente proyecto de evangelización.

«Al tiempo que nos fueron concedidas por la santa fe apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al papa Alejando VI, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar de inducir y traer los pueblos de ellas y convertirlos a nuestra santa fe católica, y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir a los vecinos y moradores de ellas en la fe católica».

Una reina humilde y generosa

Isabel la Católica fue una reina rígida y sobria, que no dio importancia al lujo y mucho menos a la ostentación. Ahora que preparaba su funeral, puso empeño en dejar claro que no quería grandes fastos. Pidió explícitamente que «lo que se había de gastar en luto para las exequias, se convierta en vestuario para pobres y la cera que en ellas se había de gastar, sea para que arda en el Sacramento en algunas iglesias pobres».

Junto al dinero que se debía invertir en sus funerales, la reina mandó que «además de los pobres que se habían de vestir con lo que se había de gastar en las exequias, sean vestidos doscientos pobres porque sean especiales rogadores a Dios».

Gestionar todas las posesiones de las que Isabel fue reina no fue tarea fácil y su reinado terminó con una larga lista de deudas por pagar. Consciente de ello, dedicó muchos párrafos de su testamento para dejar claro su deseo de zanjarlas todas ellas. Y una vez se hubieran saldado, pedía que «se distribuya un cuento de maravedíes para casar doncellas menesterosas. Y otro cuento de maravedíes para que puedan entrar en religión algunas doncellas pobres que en aquel santo estado, quieran servir a Dios».

También mandó «que se de en limosna para la iglesia catedral de Toledo y para Nuestra Señora de Guadalupe y para las otras mandas pías acostumbradas».

Respecto a sus bienes muebles, dejó orden que «se dé al monasterio de San Antonio de la ciudad de Segovia la reliquia que yo tengo de la saya de Nuestro Señor. Y que todas las otras reliquias mías se den a la Iglesia Catedral de la Ciudad de Granada. […] Todos los otros mis bienes muebles que quedaren, se den a iglesias y monasterios, para las cosas necesarias al culto divino del Santo Sacramento. […] Se den a hospitales y a pobres de mis reinos, y criados míos, si alguno hubiere pobre, como a mis testamentario pareciese».

No se olvidó de sus leales servidores

La corte de los Reyes Católicos fue durante mucho tiempo una corte itinerante. Viajando por toda la geografía española, los soberanos llevaban consigo una extensa corte de fieles servidores. A todos ellos quiso honrar en sus últimas horas, dejando dicho en su testamento que «suplico muy afectuosamente al rey mi señor y mando a la dicha princesa, mi hija y al dicho príncipe su marido, que hayan por muy encomendados para se servir de ellos y para honrarlos y acrecentar y hacer mercedes, a todos nuestros criados y criadas, familiares y servidores, […] los cuales nos sirvieron mucho y muy lealmente».

Pensó en el bienestar de sus súbditos

No solo en sus servidores pensó en aquellos últimos momentos de su vida. Isabel reinó sobre miles de súbditos, de los que se preocupó, dirigiendo estas palabras a Juana y Felipe: «Ruego y encargo a los dichos príncipe y princesa mis hijos, que así como el rey mi señor y yo siempre estuvimos en tanto amor, unión y concordia, así ellos tengan aquel amor y unión y conformidad como yo de ellos espero. […] Y sean muy benignos y humanos con sus súbditos y los traten bien y hagan poner mucha diligencia en la administración de la justicia a los vecinos y moradores y personas de ellos, haciéndola administrar a todos igualmente, así a los chicos como a los grandes. […] Sin que mis súbditos y naturales sean fatigados ni reciban vejaciones ni molestias».

Respecto a sus súbditos de ultramar, Isabel fue muy consciente de la importancia de plasmar en su testamento la protección que deseaba y exigía que se les diera: «Y no consientan ni den lugar que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean por manera que no se exceda en cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión nos es mandado».

Isabel la Católica falleció dejando huérfanos a sus reinos, demostrando que, bien o mal, había dedicado su vida a ellos. Así lo plasmó en sus últimas voluntades, en las que la soberana intentó dejar todo en orden. Gracias a este texto, Isabel nos permitió conocer sus ideas en primera persona y descubrir su verdadera personalidad.

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