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La «leyenda negra» de la Reina Isabel la Católica

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La expulsión de los judíos, cuadro de Emilio Sala
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¿Fue responsable Isabel la Católica de la expulsión de los judíos de España?

Se ha vuelto costumbre sostener que los Reyes Católicos son los culpables de la diáspora que tuvo lugar a finales del siglo XV.

Sin embargo, esta Leyenda Negra es falsa, aunque se insista en ella: hace poco se emitió un documental en TVE en el que aparecían descendientes de judíos toledanos, algunos de los cuales afirmaban tener las llaves de las viviendas que sus antepasados tuvieron que abandonar en 1492. Lo cierto es que seguramente dichos ancestros llevaban por aquellas fechas más de cien años fuera del lugar y en su huida nada tuvo que ver la Reina Isabel, nacida en 1451.

El principal conflicto que sufrieron los sefardíes y que dio inicio a una persecución incansable apoyada por la mentalidad popular fue el pogromo de 1391.

Los hechos comenzaron en Sevilla y fueron provocados por las incendiarias proclamas del Archidiácono de la Catedral de Écija Ferrán Martínez acusando al pueblo de Israel de ser “deicida”. Los seguidores de este predicador asaltaron la judería de la ciudad el 6 de junio, provocando una verdadera matanza.

Las revueltas se extendieron rápidamente a otros núcleos ya no sólo por motivos religiosos sino, principalmente, para adueñarse de las posesiones de las familias ricas que allí residían. Dos días más tarde eran asesinados prácticamente todos los hebreos cordobeses, salvo los que aceptaron bautizarse.

En Toledo, donde existía una comunidad o aljama muy importante, la multitud actuó con extrema crueldad, quemando, torturando y asesinando por doquier y tiñendo el río Tajo de sangre durante varios días. A partir de este año las juderías de Sevilla, Córdoba, Jaén, Andújar, Montoro, Úbeda, Baza, Toledo, Orihuela, Ciudad Real, Cuenca, Madrid, Burgos, Logroño, Valencia, Játiva, Lérida, Mallorca, Barcelona (el 15 % de los residentes), etc., quedaron destruidas.

La consecuencia fue una inmediata huida en dos direcciones: hacia el extranjero (Portugal, Norte de África y algo menos camino de Centroeuropa) y hacia entornos rurales donde sobre todo los conversos podían vivir con mayor tranquilidad. Los judíos perdieron su influencia política y social así como su poder económico, quedando debilitados moral y espiritualmente. Se conformaron con vivir en pueblos del interior dedicándose a labores agrícolas.

Hasta aquella fecha habían mantenido una situación privilegiada, al menos desde que Alfonso VI conquistara Toledo en el año 1085 y reconociera los derechos de la numerosa población de la judería que encontró. Aun así no faltaron discrepancias y enfrentamientos, que tal vez se incrementaron con la llegada a Al-Andalus de los fanáticos almohades en el siglo XII, que llevó a que prácticamente el Sur de Despeñaperros quedase yermo de judíos, que fueron acogidos en Castilla.

Desde este suceso sólo podemos hablar de un incremento paulatino del antisemitismo en España, que no cedió a pesar de las conversiones masivas. Entre los siglos XV y XVIII la Península Ibérica vivió sumida en un verdadero sistema de castas que distinguía socialmente a los cristianos-viejos de los cristianos-nuevos o conversos, tanto sefardís (denominados “marranos”) como moriscos.

Además de un agudo rechazo del pueblo, las leyes impedían a estos últimos desarrollar determinadas profesiones y participar en importantes actos comunitarios (muchas cofradías exigían ser cristiano-viejo, pero también era un requisito para ser un alto cargo en muchas ciudades, por ejemplo) y más que nada eran perseguidos por la Inquisición, que aceptaba denuncias anónimas sobre personas a las que se acusaba de mantener sus viejas creencias y costumbres hebraicas.

Don Américo Castro ya demostró hace cincuenta años que entre los siglos XV y XVII beber vino y comer gorrino eran los mejores salvoconductos si se quería recibir hospitalidad de los habitantes del país, ya que servía de prueba de un origen religioso puro.

Ser cristiano-viejo, importa destacarlo, no sólo se manifestaba tomando huevos con torreznos. Saber leer y escribir, hacer cuentas, estar interesado por el progreso técnico o por la filología, tener estudios… todo esto, además de otras cosas, eran signos de ser judío o pertenecer a familia de tal estirpe, por lo que el católico español probaba su hidalguía permaneciendo en una perfecta ignorancia lo que, por cierto, era criterio generalmente exigido para ocupar determinados cargos en la administración, como la Alcaldía de muchos núcleos urbanos.

No nos extrañaría que en el sistema de castas que dominó España podamos encontrar las causas seculares del atraso en el que se sumió el país, de su alejamiento de Europa o del cerrojazo a lo extranjero que presidió nuestra vida un centenar de lustros.

Los monarcas castellanos no fomentaron el rechazo ni a los judíos ni a los conversos. Intentaron evitar que se repitieran matanzas y enfrentamientos y, si de algo fueron culpables, es de no conseguir erradicar el racismo cristiano-viejo ni el fanatismo religioso que lo fomentaba.

Los mismos Reyes Católicos tomaron como uno de sus principios políticos más importantes el defender las juderías. En 1477 Isabel ya había afirmado tomarlas bajo su protección, prohibiendo que se causase daño alguno a sus habitantes. El hispanista francés Joseph Pérez, Premio Príncipe de Asturias de 2014, ha recogido testimonios de viajeros europeos que conocieron, al pasar por la Península, cómo la gente consideraba a Isabel decidida protectora de los judíos.

Sin embargo las circunstancias eran difíciles. Existía un fuerte conflicto político-religioso dentro de la sociedad entre los casticistas y los que deseaban erradicar este modelo social. Los inquisidores, algunos predicadores, así como diversos obispos y arzobispos y, especialmente –las fuentes así lo demuestran-, conversos deseosos de limpiar su nombre con las aguas turbulentas del integrismo, atacaban y perseguían a los cristianos-nuevos.

Por otro lado los diversos soberanos, los superiores de las nuevas órdenes mendicantes y de los jesuitas e incluso el Papa Nicolás V, mostraron su desacuerdo con los “Estatutos de Sangre” que se promulgaban en las ciudades y que segregaban a los nuevos hijos de la Iglesia.

Da una buena imagen de los pesos y contrapesos de la política del momento los esfuerzos infructuosos de distintos reyes castellanos en su afán por conseguir que Toledo derogara las normas que obligaban a los judíos a llevar una señal que los identificara e impedía a los conversos desarrollar determinados oficios. Todavía no se había inventado el Absolutismo, que está más bien ligado a la gestación de los estados modernos.

La situación se exacerbó cuando las investigaciones de la Inquisición crearon, desde 1480, un clima decisivo en contra de los cristianos-nuevos y, al mismo tiempo, de los judíos, a los que se acusaba de querer convencer a los “marranos” para que retornasen a su antigua fe. Sólo en Sevilla y en los primeros años fueron condenados a muerte más de setecientos conversos y algunos millares sufrieron penas de prisión. Fue el golpe definitivo a los familiares de aquellos que habían escapado de la muerte al aceptar el bautismo no hacía todavía unos decenios.

Los acontecimientos históricos han de juzgarse en el contexto en el que se producen y según la mentalidad y fuerzas sociales que los protagonizan, y no teniendo por único referente nuestro actual sentir y pensar.

Los Reyes Católicos no provocaron el odio y la persecución de los sefardíes. Heredaron un tejido social que, eso sí, no lograron dominar. Tomaron medidas para protegerlos que hoy nos parecerían inadecuadas y no supieron mantener el equilibrio entre su deseado desarrollo de la fe católica y el fanatismo de muchos de sus súbditos.

Era tal la presión popular que las mismas órdenes mendicantes que habían acogido a los conversos se decidieron a expulsarlos. Fueron los sevillanos, los cordobeses, los toledanos, los barceloneses, etc., los que asaltaron las juderías con ansia asesina y no los monarcas, a los que queremos hacer responsables de todo lo que pasó en cada población con una ceguera histórica desmedida.

El 6 de junio de 2014, el Consejo de Ministros español aprobó el proyecto de ley por el que se prevé conceder la nacionalidad a los descendientes de los judíos que tuvieron que huir de España durante los siglos XIV y XV, sin necesidad de que renuncien a la que poseen actualmente.

Nos parece de justicia que se permita a los sefardíes que abandonaron su patria huyendo de un entorno horrible y que han conservado generación tras generación su lengua -el castellano antiguo o ladino-, sus costumbres y su nostalgia, el obtener nuestra nacionalidad. Ellos son herederos de españoles expulsados por la inquina y la intolerancia de sus vecinos y compatriotas.

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