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Acotar mi misión: la paz de no tener que llegar a todo

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 26/01/22

Dios no me pide que haga lo que no sé hacer, simplemente que sea fiel a mi tarea, a lo que Él me ha encomendado desde el principio

Me gusta comprender que en la vida cada uno tiene su don, su carisma. San Pablo lo explica:

«Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?».

Cada uno es diferente. Somos miembros de un solo cuerpo en Cristo. Cada uno tiene una tarea, una misión única y particular.

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¿Cuál es mi tarea?

Esa mirada me gusta. No tengo los talentos que otros tienen. No hago lo que ellos hacen. Algunas cosas las hago peor.

A veces tendré que hacerlas aunque no sean perfectas. Pero otras veces dejaré que otros las hagan.

No tendré siempre la palabra correcta. No seré el mejor en todo lo que intento. Saber cuál es mi talento y mi tarea me da tanta paz…

Reconocer mis límites me calma. Descubro mi originalidad, aquello para lo que Dios me quiere en medio de los hombres.

Dar desde mi verdad

Me ama por lo que soy y me envía a dar la vida desde mi verdad. Saber que soy amado por Dios haga lo que haga me da tranquilidad. A Dios no le sorprende mi debilidad. Comentaba el papa Francisco:

«No se asusta de nuestros pecados, de nuestros errores, de nuestras caídas, sino que se asusta por el cierre de nuestro corazón. Esto sí, le hace sufrir, se asusta de nuestra falta de fe en su amor. Hay una gran ternura en la experiencia del amor de Dios».

Dios quiere que lleve su amor a mis hermanos desde mi forma de ver la vida, desde mis palabras torpes, desde mis gestos desafortunados.

Conoce los límites de mi carne y ha tocado la debilidad de mi alma. Y aun así vuelve a creer en mí con ternura.

«Dios no confía solo en nuestros talentos, sino también en nuestra debilidad redimida«.

Ser lo que soy

Me levanta del barro, me lleva hasta tu rostro para que no tenga miedo. Me sujeta entre sus brazos para que no me pierda.

Y me pide que sea lo que tengo que ser. Mano, pie, cabeza, voz, maestro, discípulo, pastor, oveja, peregrino, sabio, ignorante, pobre, justo, niño.

Me pide que no quiera ser diferente. Que no persiga otras formas de vivir y dar la vida. Que acepte mi camino como una vocación sagrada.

No vale menos que otras, no es menos santa mi forma de vivir. Yo no quiero ser lo que no soy. No vivo tratando de imitar las formas del mundo cuando no son las mías.

Un solo cuerpo

Acepto los límites de mi corazón y me entierro en la tierra para dar el fruto que Dios quiera, no el que yo deseo.

Soy miembro de Cristo junto a toda la Iglesia. Un solo Cuerpo. Me siento hermano de todos los que creen en la misma misericordia que me salva.

Por eso me siento unido a todos los que sufren, a todos los que se alegran, a todos los que dan la vida por el mismo Cristo:

«Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan. Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro».

Esa comunión con los míos, diferentes a mí, es un don que pido, una gracia que se me da como regalo.

No lo merezco. No quiero ser nunca motivo de desunión entre los míos. Quiero aceptar las diferencias y ser capaz de convivir con formas diferentes de hacer las cosas.

La misericordia salva

No importa, cada uno tiene su estilo, su camino. Esa mirada de Dios sobre mí es la que me salva. Su misericordia.

No se escandaliza nunca al ver mi pecado y mi pequeñez. Sonríe porque entiende que no puedo, que no soy capaz de llegar muy lejos.

Y se alegra al ver mi fe, mi amor, mi deseo de dar la vida.

Cuando ve que no me guardo egoístamente, cuando escucha mi voz que quiere dar esperanza, cuando siente mi sí hondo y verdadero.

Cuando comprueba que mis manos están puestas a disposición de su amor para cavar la tierra y trabajar con fidelidad.

No me pide que haga lo que no sé hacer. Simplemente que sea fiel a mi tarea, a lo que sí se hacer, a lo que Él me ha encomendado desde el principio.

Siento que puedo dar esperanza a muchos y llevar sonrisas a los que están tristes, es mi tarea, mi misión.

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