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Los ojos del alma: ¿sabes mirar con ellos?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/21

A veces no sé ver mi fuerza, los talentos que tengo, el amor que recibo, la luz que brilla con más fuerza por encima de mi pecado...

En mi vida necesito esta fe: creer en el poder de Dios, en el poder de las personas con las que me cruzo.

Es una fe como la de aquel hombre ciego, Bartimeo, sentado al borde del camino. Despreciado por los hombres. Ignorado por muchos.

Era un abandonado por culpa de esa ceguera que lo excluía del mundo. Estaba solo y no por eso se desanima.

Grita con voz potente y pide misericordia. Le grita al hijo de David. Tiene fe en su poder. No ve con los ojos pero sí con el corazón.

Jesús simplemente pasaba delante de Bartimeo. Y él cree en Él, tiene fe y grita.

No se queda pensando que no es digno. No deja que la tristeza de su carencia, de sus límites, frustren su vida.

Pedir ayuda

Parece imposible pensar que Jesús se detenga ante él. Era un gran profeta, tendría muchas cosas que hacer.

A veces no molesto a quien necesito porque pienso que no tiene tiempo para mí. Creo que no valgo lo suficiente para ocuparle. Quizás no me valoro lo suficiente. No creo realmente en su corazón bondadoso.

Creo que la primera condición para ser salvado es sentirse en peligro, sentirse enfermo, sentirse pecador.

Sin esa experiencia de necesidad es imposible dar el paso y gritar.

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Ese hombre necesita ayuda, necesita una mano que lo salve, necesita una palabra que lo reconforte. Decía el papa Francisco:

«Pero pensemos en la mirada de Jesús, tan bella, tan buena, tan misericordiosa. También nosotros cuando oramos sentimos esta mirada sobre nosotros; es la mirada del amor, la mirada de la misericordia, la mirada que nos salva. No tengan miedo».

No sé ver

Bartimeo no conoce aún esa mirada. No la ha visto. Pero tiene fe en su compasión. Por eso grita.

Tiene una necesidad y abre la boca rompiendo el silencio. Cree que Jesús puede salvarlo de su oscuridad.

Estoy ciego en mi interior. Quizás lo veo todo por fuera, pero no sé mirar dentro de la oscuridad de mi alma.

No sé ver la alegría bajo mi tristeza. No sé mirar más allá de lo que ahora me preocupa.

Y en mi ceguera no veo la bondad de los demás y no creo en su compasión, en su misericordia.

GNIEW

Me cuesta ver a Jesús. No logro ver su mirada que me salva. Esa ceguera es la que no logra ver tampoco en mi corazón su fuerza, los talentos que tengo, el amor que recibo, la luz que brilla con más fuerza por encima de mi pecado.

Los talentos que me construyen. Los logros que son más fuertes que mis fracasos. Esa mirada interior la tenía el ciego, a mí me falta.

Yo me quedo viendo lo que está mal, lo que no ha salido bien. Me fijo en la injusticia sufrida, en la mala suerte. Pongo el énfasis en lo que me ha faltado para alcanzar la meta.

Veo lo malo, no veo lo bueno. Esta ceguera mía es muy mala, me envenena, y me quita siempre la alegría y la paz.

Me fijo en lo imperfecto y no me hacen sonreír las pequeñas victorias. Todo es malo cuando no es perfecto.

Ciego para valorar lo bueno que hacen otros. Ciego para elogiar y enaltecer a los que más brillan.

Déjate iluminar

Puede que sea verdad esa frase que leía hace poco:

«Grande es aquel que para brillar no necesita apagar la luz de los demás».

Grande es aquel del que brota una luz propia. Una luz que todo lo llena de esperanza. Ser capaz de ver no implica tener luz.

Hay muchos que no ven y están llenos de claridad. No pueden ver lo exterior. Pero su intuición interior les permite ver lo que hay en el corazón. En el propio y en los ajenos.

Ser capaz de ver con mi alma. Y no pensar que sólo los ojos son los que captan la vida. Esos ojos míos son los que necesito cuidar, los ojos del alma.

No quiero estar ciego para poder ver a Dios caminando a mi lado. Me levanto del borde del camino en el que me encuentro y le grito que se detenga, que tenga compasión de mi miseria, de mi debilidad.

Soy ciego para ver las cosas importantes. Hoy busco un milagro. Que Jesús me toque los ojos del alma y les devuelva el brillo.

Sin rabia, con misericordia

Mientras tanto grito a Jesús para que me oiga. Si no grito nada pasa. A mi alrededor muchas personas gritan. Están llenas de ira o desprecio.

La rabia me hace perder la visión objetiva de las cosas. Cuando la rabia me domina me vuelvo totalmente subjetivo.

Percibo la realidad desde mi herida. Y hago daño porque estoy herido. No veo la bondad de los demás. Sólo veo su pecado, su torpeza. Y reacciono haciendo daño.

Quiero una mirada que me permita ver a mi hermano en su complejidad. Ver su vida como es y esa historia que lo marca.

Entender que detrás de su propia rabia hay razones que no veo y no entiendo. Comprender no significa aceptarlo todo. Simplemente me pongo en su lugar y miro con sus ojos.

Desde su lugar la vida puede tener otro color. Desde su ceguera el mundo se ve o no se ve de la misma manera que lo hago yo.

Pido a Dios que me sane de la ceguera a mí y a todos los que sufren por no poder ver la realidad como es y mirarla sólo desde su punto de vista.

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