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Sin derechos: El insólito inicio de la salvación

MarinelaM | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/10/21

Solo la misericordia te lleva a tocar el cielo, es imposible que nadie pueda ganárselo por sí mismo

Vivir la misericordia supone aprender a vivir la gratuidad. No tengo derecho a tantas cosas que considero que me deben. Dice el salmo:

«Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre».

La misericordia del Señor es un amor que desciende. Se abaja sobre mi vida y llega a donde me encuentro.

El amor de Dios es ese amor que nadie me debe. Es un don, una gracia que se me regala.

Cuando tus derechos te alejan del amor

Voy caminando por la vida convencido de todo lo que el mundo me debe. Me deben amor, me deben benevolencia.

Es como si los demás estuvieran en deuda conmigo. Creo tener derecho a demasiadas cosas.

Cuando me creo dueño de mi vida y señor de lo que hago, me alejo del poder de Dios y también de su misericordia.

No necesito la compasión, no la quiero. ¡Cuántas veces rehúyo a los que quieren regalarme su amor misericordioso!

Creo que lo hacen por compasión y no la acepto. No quiero que tengan piedad de mí.

Es doloroso renunciar entonces a ese único amor humano que parece abajarse hasta mi miseria. Pero no lo quiero.

No quiero el cielo por compasión. Prefiero el infierno para pagar mis deudas, mis errores y caídas.

No creo en la misericordia, opto por la justicia que le da a cada uno lo que se le debe. Ni más ni menos.

¿Existe realmente la misericordia?

La misericordia es siempre excesiva. Así pienso a veces. Así me dice el mundo que es la vida. Nadie da nada gratis sin perseguir segundas intenciones.

¿Es siempre así? ¿El hombre es incapaz de la misericordia? No lo creo.

Pero el mundo me hace pensar que sí lo es. Que todo lo que reciba tiene que ser como pago por lo realizado.

He actuado correctamente, tengo entonces derecho al premio, a la gloria. He actuado de forma depravada, todo lo malo que me pase será merecido.

La justicia tiene esas cosas, a cada uno según lo realizado. Cada uno lo que se merece.

¿Tengo que ganarme el amor?

Pero no puede ser así todo. No se rige todo por un «hazlo todo bien para merecer el amor de todos«.

Aunque debo asumir que es así cómo aprendí de niño a enfrentar la vida. Da satisfacción a todo lo que te piden.

Compórtate bien para que el mundo te acepte. Responde a todas las expectativas que tienen sobre ti.

Entonces merecerás el amor, la vida, la felicidad, la paz. Todo será entonces un pago por tu buen comportamiento.

Un radical cambio de mentalidad

¿Cuándo se quiebra ese pensamiento mágico que alguien puso dentro de mí no sé bien cuándo?

Se quiebra cuando no lo hago todo bien. O intentándolo unos quedan insatisfechos, otros se alejan de mí porque no respondo como ellos quieren.

Fracaso en esa expectativa mágica de hacer felices a todos los hombres. Y con dolor compruebo que no soy perfecto.

¡Cuánto duele el fracaso! Siento que debo purgar mi culpa, redimirme a mí mismo por el daño causado.

Experimento el dolor del orgullo. No pude solo, no pude. Y entonces paladeo los sinsabores de una vida llena de desprecios.

Y es entonces cuando puedo ser salvado. Cuando ya nadie me aprecia y soy olvidado.

Cuando acaricio la superficie llena de aristas de una vida sin derechos. Sólo cuando he tocado mi miserianecesito una mirada que no sea la del juez. Decía san Agustín:

Toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande misericordia. ¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!

Más allá de la justicia: la gratuidad

Me muestra el camino. Hay algo más aparte del deber cumplido. Algo más allá del pago por mis servicios. Lo que me merezco, mis méritos, mi dignidad.

Vivo soñando con ganarme el cielo sin saber que no hay precio que lo pague. Vivo tratando de hacer buena letra para que nadie encuentre manchas en mi expediente. Deseando que mi fama quede a resguardo y nada ni nadie puede enturbiarla.

Tengo derecho a la gloria sólo si me la merezco.

Es tan fácil caer en esa actitud y alimentarla cada día con mis esfuerzos constantes por estar a la altura y dar la talla…

Sólo cuando experimento la miseria y el abandono me doy cuenta de que lo único que puedo esperar es la gratuidad, un don, no el pago por un derecho.

Sólo me cabe aceptar la misericordia como pago por mi incapacidad. Sólo un indulto por todos mis pecados.

La salvación en la misericordia

No soy digno de nada salvo del amor de Dios. Esa misericordia es la que me salva siempre y me permite mirar a los hombres también con compasión.

Cuenta el padre José Kentenich sobre la experiencia de Dostoiewski quien habiendo sido condenado a muerte y estando ya en el cadalso, llega de pronto el indulto:

«Su biógrafo nos relata: – Esos instantes que había pasado al pie de la horca dejaron en él una determinada impresión. Vio que esos hombres eran pobres oprimidos, esclavos que andan a tientas en la oscuridad, inocentes en lo profundo de sus corazones y dignos de todo perdón. Al bajar más tarde del patíbulo, todo le pareció tan insignificante, todo menos el amor. Había comprendido que todos los hombres son seres que sufren, que todos ellos siguen siendo dignos de compasión y que nadie puede llegar a ser indigno del amor. Y esto mismo es lo que anunció a lo largo de toda su vida ulterior».

King, Herbert. King Nº 2 El Poder del Amor

Sólo cuando no tengo derecho a nada se me abre la puerta de la misericordia.

Y comprendo que nada puede salvarme, ni mis obras, ni mis palabras, ni mis gestos generosos.

Sólo la misericordia de Dios puede devolverme la dignidad perdida, el orgullo herido. Sólo el amor sin obligación de los hombres puede salvar mi vida.

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