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Bebiendo agua de lluvia y cocinando con leña

VENEZUELA
Shutterstock | Edgloris Marys
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Así está Venezuela, el octavo país con reservas de gas en el planeta, lo crea o no

Podría pensarse que se trata de una historia de la Edad de Fuego. Tampoco es la reseña culinaria de un restaurante de lujo que mantiene los hornos a leña, un sofisticado «regreso al pasado» para degustar alimentos con el sabroso sabor a casa de antepasados. Pero no es así. Es Venezuela 2020.

El agua es otro drama: “Esto es una cosa de locos, al menos pude agarrar agua del cielo para usar en el baño y lavar ropa. Sin dudas gracias a Dios, porque por si es por la empresa, seguimos secos”, expresó Deyanira González de Don Bosco de Maracaibo a un diario local.

Pipas a la intemperie

Cuando se sabe que lloverá, la gente saca sus pipas a la calle o le quitan las tapas a los tanques de las azoteas con la esperanza de acumular algo de agua para las necesidades domésticas. Ocurre en todas partes del país. El agua brilla por su ausencia debido a las prolongadas interrupciones en el suministro del servicio.

“Son tuberías muy viejas –nos explica un ingeniero hidráulico quien, por razones obvias, prefiere mantenerse en el anonimato- llevan décadas sin mantenimiento alguno, no hay inversión y lo que ocurre es la consecuencia previsible y obligada”.

El problema es que, quienes terminan más afectados son las familias de menos recursos, aquellas que no pueden pagar un camión cisterna, que deben cancelarse en dólares, para surtir sus hogares.

En Caracas y en casi todas las zonas del país, la gente debe desplazarse, muchos a pie y cargados con tobos y diversos tipos de envases, hasta las orillas de ríos o lagos, y llegar a las faldas del Ávila en la capital, a fin de acarrear agua para sus viviendas. Esa recolecta es, en muchos casos, a la boca de tuberías madre o tomas ilegales. “Cómo voy a pagar yo un camión de agua cuando está costando entre $80 y $120? ¡De dónde los saco si mi sueldo es de $2!!!”.  Ni hablar de los pensionados y jubilados cuya pensión asciende a la “astronómica”  suma de $1,48.

La gente, con tal de procurarse agua, se van a los edificios en construcción, que suelen disponer de tomas requeridas para esas labores. Allí también va la gente.

La humareda fatal

El gas es otro servicio que se reduce. En el caso de quienes no tienen gas directo, las bombonas ya no las llena nadie. Esto es un problema de vital prioridad para las grandes mayorías en apuros.  “Es una técnica rudimentaria –acepta una madre de familia residente en un barrio humilde de la capital- pero no me queda otra opción. Ya no vale ni hacer largas colas con las bombonas a cuestas, simplemente nos devuelven a casa. No hay gas”.

El recurso a la mano es la leña. Pero como no en todas partes se consigue en las selvas de cemento que son los conglomerados urbanos, ya hay quienes han visto el negocio: van, la acopian o la compran en las zonas rurales y la venden o revenden. Los manojos de leña están a punto de ser un lujo.

Maracaibo, irónicamente la zona petrolera por excelencia en el país, es el estado que ha sufrido más. Con temperaturas de 40 grados, les falta electricidad varias horas al día y es uno de los enclaves donde los humildes se han visto en la necesidad de cocinar con leña. El problema es el efecto del humo en las personas, especialmente en los niños. Una abuela maracucha se quejaba al corresponsal de un diario capitalino: “Mi nieto es un bebé de solo 45 días de nacido y tose “como un hombre”. Su madre, Sujeily Ríos, de 26 años de edad, describe así el sonido de las sacudidas bronquiales frecuentes que hace su niño durante los últimos días.

La fuerte escasez de gas doméstico –que monopoliza el Estado- y los altos precios que cobran por recargar las bombonas obligaron a volver a prácticas de siglos pasados para poder cocinar. Son muchas las familias que corren el riesgo de padecer enfermedades respiratorias irreversibles por la exposición prolongada al humo de leña y son los niños los más afectados por la humareda.

Todo esto, a pesar de ser Venezuela el octavo país del mundo en reservas de gas. Tal vez sea su falta lo que ha originado las protestas más extendidas a lo largo del territorio nacional.

“El gas es cada vez más difícil y caro. En Venezuela, los vecinos han regresado a la prehistoria, a cocinar con fuego de leña” -se queja un vecino de uno de los sectores populares de Maracaibo- llegan muy pocos tanques de gas”.

Los valencianos, a sólo un par de horas de Caracas por tierra, también han pasado a la leña. “La clase media en los últimos 20 años ha sufrido cambios drásticos en su calidad de vida, tanto así que ha llevado a pensar que este estrato social ha desaparecido debido a la deplorable situación que atraviesa Venezuela”, encabezó un reportaje el portal El Estímulo.

“Muchos vecinos se negaban a recurrir a la leña -comentan en el barrio- pero cuando no se dispone de otra cosa no queda más remedio”.

Otra ama de casa describió lo que siente: “Esto no es lo que uno debe hacer porque se supone que debe haber gas. El primer día es agradable porque es algo nuevo, pero es denigrante cuando lo haces todos los días”.

Un detalle que ofrece una idea del tipo de calamidades que soporta la gente es el reciclaje del agua recogida: «Si me baño, conservo el agua -confiesa una madre de familia- Me sirve para bajar pocetas (inodoros)».

La gente, indignada, ha llegado al extremo en el pasado reciente de quemar camiones de la empresa estatal Petróleos de Venezuela, hasta varios en un solo día y, junto con la escasez de agua, ya crónica, de gas y ahora de gasolina, aumenta el malestar político y social.

 

 

 

 

 

 

 

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