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¿Qué hago por mis padres tras lo que ha pasado en las residencias?

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La lista de muertos en residencias por culpa del coronavirus nos pone frente a una cuestión muy grave: ¿qué debo hacer con los mayores de mi familia?

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Estos son los datos, según fuentes del Ministerio de Sanidad a partir de las cifras facilitadas por las comunidades autónomas: en España han fallecido 19.445 ancianos en residencias a causa de la COVID-19 o síntomas compatibles con la enfermedad.

7 de cada 10 muertos eran ancianos en residencias

El número total de fallecidos en España es de 27.136 por lo que el grupo de ancianos en residencias alcanza el 71,4 por ciento del total. Son 7 de cada 10 muertos en esta pandemia los que llevan asociada la palabra «residencia» y eso es un dato aterrador.

Además, en esta terrible etapa también han perdido la vida abuelos que estaban en residencias y que, sin haber contraído el coronavirus, fueron víctimas de la situación: por falta de recursos, por desatención, por el colapso de algunos hospitales… Todo jugó en contra. No cuentan en esos gráficos pero son igualmente muertos en residencias y por culpa del coronavirus, aunque sea indirectamente.

Más que «daños colaterales»

Los tribunales deberán juzgar también esos «daños colaterales» de abuelos con Alzheimer y otras dependencias que en situación normal habrían seguido sus días, pero se vieron aislados en sus habitaciones, sin apenas contacto con las familias y poco -o nada- atendidos en cuanto a alimentación y medicación.

Quien lea esto y no viva en España podría pensar que se trata de una escena exagerada o apocalíptica o partidista. No. Por desgracia, ocurrió. Con nombres y apellidos. Tal vez usted que lee esto conozca algún caso.

Lo mejor que podemos hacer es extraer una lección de todo esto. Es lo que se plantean las familias y muchas personas ahora: ¿qué puedo hacer con mis padres -mayores- después de lo que ha ocurrido en las residencias de España? ¿Es ético que los lleve a una residencia y que no vivan en casa? ¿No es una forma de abandonarlos, de cerrar los ojos y mirar para otro lado?

De nuevo se presenta el debate: ¿no es mejor que los abuelos se queden en casa?

No hay una sola respuesta para ello.

La toma de decisiones corresponde a cada persona y a cada familia en particular. Es momento de que cada cual se pare a reflexionar:

  1. ¿Cuáles son las prioridades en mi vida y en la de mi familia?
  2. ¿Están los ancianos en esas prioridades o los considero más bien un estorbo, un lastre?
  3. ¿Qué amor tengo (y practico) hacia mis padres o abuelos, los mayores de la familia, ahora que son ancianos?
  4. ¿Pesan más las razones económicas o la comodidad o el utilitarismo a la hora de decidir qué hacemos con nuestros abuelos?
  5. ¿Estoy dispuesto o dispuesta a hacer sacrificios por cuidar a mis mayores?

Si piensas que los ancianos son una carga, haz por un momento el ejercicio de pensar quién te sostuvo en brazos cuando eras un bebé. Tú también eras una «carga» y te cuidaron.

El cuidado es lo que ennoblece a las personas. Es una prueba práctica del amor.

Retos para demostrar el amor

En la familia, eso que llamamos «cargas» son los retos que la vida nos pone para demostrar el amor. Son oportunidades de agradecer y de compensar (nunca compensaremos suficientemente a quienes nos han dado la vida).

Acompañar a nuestros mayores en la ancianidad no es una carga, es un deber de amor.

Dar con el mejor plan

Después de plantearnos cómo es nuestro amor a los mayores de la familia, estaremos en condiciones de ver cuál es el modo de vida que más nos encaja para el cuidado de ellos.

Tal vez para una familia lo mejor sea que los abuelos estén en casa con los hijos y nietos, mientras que para otros es preferible que vivan en una residencia que disponga de los recursos para atenderle.

La opción de la residencia, no implica en ningún caso olvidarse de ellos: hay que pensar y organizar las visitas a los abuelos, las salidas, el seguimiento, las llamadas, la calidez familiar en la distancia…

Entre vivir en casa y la residencia también hay fórmulas intermedias. Por ejemplo:

  • estar en un centro de día, que permite seguir viviendo en casa y hacer actividades con profesionales.
  • contratar a una cuidadora en casa.
  • distribuir tareas de atención a los mayores entre familiares.

La opinión de los abuelos debe contar

Hay que tener en cuenta muchos factores: la salud de los mayores, las atenciones que necesitan, el trabajo de los adultos en la familia, los hijos, los nietos, la situación económica… Y algo muy importante, que a veces se olvida: ¿qué piensa el propio anciano de la situación?

Una persona mayor también tiene derecho a expresar cuál sería su deseo: la familia debe contar con su opinión y hacerle participar activamente (siempre que se pueda) en las decisiones que se van tomando.

Cambiar el «descarte» por el cuidado

El Papa Francisco no deja de hablar de la discriminación que sufren los ancianos empleando términos muy duros: la denomina la «cultura del descarte». No se les puede «aparcar» ni olvidar.

El filósofo Francesc Torralba habla del cuidado de la personas como «un arte»: «Cuidar éticamente -dice- significa, en primer lugar, respetar en todo momento los derechos inherentes de la persona vulnerable, atender a sus necesidades y acompañarla en su proyecto de vida. Eso exige, necesariamente, sensibilidad, tacto, competencia científica y técnica y, especialmente, un trato personalizado que solo es posible si uno empatiza con la situación real de su destinatario».

La pandemia nos ha dado un toque muy serio y exige una reflexión valiente. Una parte de ella la deberán hacer los gobernantes para juzgar el pasado y redibujar el presente, pero a eso se sumarán las decisiones que cada familia tome a partir de ahora con respecto a los mayores.

Es una oportunidad para no volver a caer en los mismos errores.

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