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¿Y si lo que consideras un problema fuera tu salvación?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/03/20

La carencia me pone en camino...

A menudo yo tiento a Dios como los judíos en el desierto:

«Habían tentado al Señor diciendo: – ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».

Lo tiento cuando en mi dolor y en mi incomprensión no acepto que mi sed siga haciéndome daño. Endurezco mi corazón cuando no encuentro la felicidad ni la paz en el alma. Pero Dios me pide:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

El corazón endurecido, hecho roca, no permite que el agua permee y entre en mi alma. No me dejo tocar ni salvar.

Quiero un agua que calme la sed más profunda de mi corazón. La necesito para vivir. ¿De qué fuente bebo para calmar mi sed?

En esta Cuaresma he comenzado yendo al desierto. Allí he comprobado mi sed, mi hambre, y he sufrido la tentación. Fui presa del cansancio y del hastío.

Luego subí al monte. Para ver el cielo, ese infinito del que tengo nostalgia.

Y Jesús me llevó a su fuente, a su pozo. Y me pregunto si quiero pedirle a Él de beber.

Les pido a otros. Exijo que me amen para saciar la sed de un amor infinito que no palpo. Mi alma está hecha para un amor más grande. Y el amor humano, limitado, herido por el pecado, no logra saciar esa sed tan profunda.

Me duele muy dentro y no logran esos amores humanos calmar el dolor. Jesús me lo dice desde el pozo:

«Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad».

Podré calmar mi sed, podré saciar mi necesidad infinita, podré mirar a los ojos de los hombres con el corazón en paz. Será posible.

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Mark Nazh | Shutterstock

¿De qué fuentes bebo para saciar mi sed? A menudo busco el agua en charcos. Me adentro en lugares donde el agua está estancada y no logra saciar la sed.

Me ato a las redes sociales, a las voces de sirena del mundo y creo que así seré más feliz, más pleno. Y luego sólo queda el vacío en el corazón.

Pretendo caer bien, gustar, agradar, pero no lo consigo y mi alma enferma sufre el desprecio y la soledad.

Mi sed es honda. ¿Cómo se sacia esa sed como para que de mí salte un surtidor hasta la vida eterna? No lo tengo claro.

La sed no es algo malo, es precisamente mi salvación, porque me pone en camino hacia la fuente verdadera. Sor Verónica, fundadora de Iesu Communio comenta:

«Eso que me da rabia puede ser mi salvación. Si no me sintiera desorientado o sufriendo me quedaría conmigo mismo. Dios hace que mi corazón tenga sed de manantial. La pérdida de algo nos lanza a buscar a Dios. Esta enfermedad me ha hecho saber que no me puedo salvar a mí misma».

La carencia me pone en camino.

A veces toco a Dios en mi vida y noto su presencia que me acaricia. Y se acaban los miedos y las ansias. Los problemas se vuelven muy pequeños. Y la sed de golpe desaparece. Se calma el hambre más profunda y mi anhelo de eternidad.

Y siento un consuelo que es de Dios, fruto del Espíritu, que calma mi ser.




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Sí. Hay fuentes para el alma. Fuentes de vida eterna que necesito cuidar para no vivir exigiendo amores caducos, para no vivir buscando saciar la sed en lugares equivocados.

No es justo. Soy consciente de mi herida. Y de la grieta por la que el agua se escapa de mi alma. Sé de mi pecado y mis límites y alzo las manos a Dios buscando el agua viva que calme mis miedos.

Necesito cuidar las fuentes, para que la fuente de mi alma esté limpia y pueda brotar de ella un agua pura. No vale el agua turbia para calmar la sed. Me ensucia por dentro. No basta el agua que huele mal para calmar mis ansias.

Necesito cuidar mis fuentes interiores, cuidar la fuente del amor de Dios.

¿Cuál es la fuente de la que bebo para que no se apague el amor de mi alma? Busco esa fuente en la que calmar la sed. Necesito mirar a Jesús y que Él sepa todo lo que he hecho. Y sentir su amor por mí en el fondo de mi alma.




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