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La experiencia que hace que todo lo demás sea perfecto

Anton Petrus | Shutterstock
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¿La has vivido? Se quita el miedo y la angustia, algunos la llaman Tabor

En la cumbre del monte Jesús mostró el cielo abierto. En medio de la noche hizo ver las estrellas. En mitad de sus angustias hizo apreciar la plenitud a la que el ser humano está llamado:

«Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: – Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: – Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Se transfiguró ante sus ojos y les mostró la trascendencia dentro de la inmanencia. Un Dios presente en sus vidas, un Dios de carne, que era a la vez el Dios eterno todopoderoso. Comenta el padre José Kentenich:

«El hombre de hoy necesita ambas cosas, tanto la trascendencia como la inmanencia de Dios, pero en gran medida tenemos que entregarnos a la inmanencia de Dios. ¿Qué significa esto? Contemplar a Dios en las cosas».

Un Dios inmanente, hecho carne, que se transfigura dejando ver el otro lado del cielo, el otro lado de la vida, del tapiz.

Dicen que los tapices por un lado muestran los nudos inconexos y por otro lado un paisaje perfecto y precioso. Los nudos me hablan de la incomprensión en mi vida.

Hay tantos sucesos que no tienen explicación… Faltan los por qué a tantas preguntas. Pretendo buscar explicaciones teóricas para tranquilizar el alma.

Pero es imposible. Los nudos siguen siendo indescifrables. No los entiendo, no los acepto y me rebelo contra ellos. Quiere Dios que aprenda a vivir con ellos con el corazón en calma.

Quiere que viva tranquilo con mis miedos y angustias, con mis incomprensiones. Quiere que aprenda a vivir en el valle entre árboles que no me dejan ver el bosque.

Quiere que bese lo que no entiendo, esas enfermedades y desgracias que me superan, esos dolores que no logro aceptar con alegría.

El valle es eso, caminar cada día para cada día sin dejarme hundir por las angustias y tristezas.

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Los momentos de Tabor son la ocasión para ver el otro lado del tapiz, de mi vida. Me detendré maravillado en el monte ante la belleza que Dios ha creado y me muestra.

Esa tarde en el Tabor los apóstoles vieron el paisaje perfecto, la vida sin mancha, el cielo abierto. Vieron la perfección a la que estaban llamados. La paz eterna que un día poseerían.

¡Cuántas veces, tiempo más tarde, volverían a ese momento de cielo para coger fuerzas antes de la cruz! Ver el cielo los hizo fuertes, los hizo confiados.

Allí, en lo alto del monte, se les mostró el camino hacia el que se dirigían. Y entonces dejó de importar tanto ese anuncio de la cruz escuchado horas antes. Ahora el Tabor hacía que todo fuera perfecto. Sin llanto, sin dolor.

¡Qué bien estaban ahí! ¡Qué bien estoy en ciertos momentos de mi vida cuando se me hace evidente el amor de Dios en personas, en sucesos, en encuentros!

¿No tengo acaso muchos momentos de Tabor en mi vida en los que he visto el cielo abierto? ¿No guardo como un tesoro momentos de cielo en la tierra, momentos de alegría que quise que fueran eternos?

Claro que sí. Los atesoro con cuidado para no olvidarme de ellos. En esos momentos escuché del cielo esa voz llena de amor. Soy el hijo amado del Padre, soy su predilecto.

A mí me alegra ser escogido. Vuelvo a esos momentos en los que me he sentido especialmente amado, elegido, querido por Dios, por personas.

Son momentos de Tabor que me alegran y dan fuerza. Cambian mi mirada en lo alto del monte. Desaparecen las angustias y el cielo se abre ante mis ojos. Venzo el miedo.

«Levantaos, no temáis». Guardo la petición de Jesús como un tesoro en mi alma.

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