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Cómo hacer para que las cosas te afecten pero no te hundan

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myboys.me | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/03/20

Se trata de ser capaz de elevar las propias pasiones e inclinaciones y ganar en control y autodominio

No sé por qué siempre reacciono ante lo que sucede a mi alrededor. Soy reactor y no actor de mi propia vida. Cuando me insultan, insulto. Si me presionan, me indigno. Si me buscan, me encuentran. Si me tratan mal, yo respondo con rudeza.

No sé por qué no tengo el dominio sobre mi estado de ánimo. Una crítica me entristece, un grito me altera, una broma sobre mi persona me hace sentir incómodo.

No sé controlar mis emociones y no logro poner orden en mi desorden afectivo. No tolero actitudes de los demás, como la desidia, la dejadez, o la indiferencia. No soporto la arrogancia, la imposición de opiniones, o la discriminación.

Me indigno con los que tienen un carácter muy fuerte. Soy intolerante ante ciertas actitudes porque no logro controlar esas emociones del alma que me sacan de mi orden. Vivo en el desorden.

¿Qué hago con todas esas emociones que alteran mi vida y mi toma de decisiones? Comenta el padre José Kentenich:

«El orden querido por Dios no se restablece, ni mantiene y ni se asegura mediante la extirpación y la aniquilación, sino sólo mediante el ennoblecimiento, transfiguración y elevación de las inclinaciones, pasiones e instintos. Lo primero, tal como lo demuestra la comparación con el animal, es la capacidad de decisión. Por eso, según el deseo y voluntad del Creador».




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Quiero ser dueño de mí mismo para decidir lo correcto en cada momento. Quiero optar por lo que me eleva por encima del suelo, por aquello que me mantiene en posesión de mi paz interior sin llegar a alterarme.

Conozco a muchas personas mansas y tranquilas que se confiesan con frecuencia de perder el control de sus vidas y estallar con ira y violencia. Me cuesta creerlo. No me lo puedo imaginar. Pero seguro que es así.

Confiesan cómo no controlan sus emociones tapadas y enterradas frecuentemente. Se altera su ánimo y su capacidad de decidir.

Tengo claro que ser capaz de elevar mis pasiones e inclinaciones es un paso para ganar en control y autodominio. ¿Es posible?

No quiero vivir reaccionando. No quiero dar el poder a los demás sobre mi vida, sobre mis actitudes y estados de ánimo. No quiero que sus comportamientos determinen cómo tengo que comportarme y actuar. No lo quiero.

Quiero ser yo el dueño de mi alma y decidir siempre cómo deseo vivir y reaccionar.

Al mismo tiempo quiero que la realidad me impacte. Quiero tener la suficiente empatía para responder ante los estímulos que me rodean.

No quiero volverme rígido y cerrarme en mi forma de ver las cosas. Me gustaría dejarme permear, sin condicionar mi comportamiento. Sin volverme reactor.

Una crítica no puede entristecerme. Un suceso dramático y difícil sí puede despertar mi compasión y dolor. Si no lo hace me estaré volviendo inmune a los estímulos. Eso no es bueno.


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Lo dramático es cuando no reacciono en absoluto ante las peticiones y súplicas de los que me rodean. La insistencia de una persona puede cambiar mi decisión primera. Me vuelvo flexible. Esa actitud ante la vida es la que deseo.

Quiero ser sensible sin llegar a extremos. Que me afecten las cosas sin hundirme.No vivir dejándome llevar por mis estados de ánimo cambiantes y tampoco permanecer impasible ante el que procura mi ayuda.

La sensibilidad es un don, aunque me haga sufrir. Me conmueve el dolor ajeno y me pone en camino. El director de la película Campeones, Javier Fresser, decía:

«Es una suerte ser sensible, que las cosas te afecten, que la empatía funcione. Es un privilegio. La actitud lo es todo. El contacto físico es necesario. Es contagioso. Me gusta abrazar y besar».

Esta forma de reaccionar ante la vida es fundamental. La capacidad de llorar con el que llora y sufrir con su dolor. La capacidad de reír con las alegrías de las personas que me rodean. Sentir lo que mi prójimo siente. Y dejarme influir por la realidad.

Esa sensibilidad ante la vida despierta mi sensibilidad para percibir a Dios en todo lo que veo. Aprendo a percibir su voz en todo lo que me sucede. Un encuentro con una persona puede cambiar mi vida. Lo que me dice, lo que me pide, lo que me cuenta.

Todo importa. No me cierro. Me abro para buscar a Dios ahí. 

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