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¿Cómo dialogar con los que piensan distinto?

DISCUSSION

Kurt Bauschardt | (CC BY-SA 2.0)

Miguel Pastorino - publicado el 09/01/20

A muchos les es imposible distinguir ideas de personas, como si al criticar una idea se estuviera atacando a las personas que la defienden.

Esta es una pregunta que despierta interés en medio de sociedades polarizadas y llenas de tendencias fanáticas y fundamentalistas, ya sea en política, en educación o en religión.

Algo que hace décadas nos parecía indiscutible hoy se ha vuelto una preocupación generalizada y en todos los ámbitos de la sociedad.

Es un problema para los líderes políticos que quieren debatir seriamente en los parlamentos, como es un problema para los profesores que quieren discutir algún tema polémico en clase y generar pensamiento crítico, como lo es también para cualquier familia o grupo de amigos donde haya miedo de hablar de ciertos temas que puedan herir la sensibilidad de alguien.

Parecería que a muchos les es imposible distinguir ideas de personas, como si al criticar una idea se estuviera atacando a las personas que la defienden.

Y es que vivimos tiempos donde el diálogo se hace cada vez más difícil por las fiebres igualitaristas que no dejan lugar al conflicto de ideas distintas, amplificadas por los algoritmos de las redes sociales que nos hacen ver solo a los que piensan como nosotros y tienen nuestras mismas preferencias o gustos.




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Uno de los primeros pasos para avanzar en la posibilidad de un diálogo real, es conocer las raíces de esta incapacidad contemporánea. Conocer algunas de sus causas nos permitirá liberarnos de los principales obstáculos y pensar estrategias para revertirlo.

PRZYJACIELE
SG SHOT | Shutterstock

El silencio sobre el egoísmo

Hoy se escucha poco hablar en contra del egoísmo, que es lo contrario al amor. Se naturaliza el egoísmo como el derecho a amarse a uno mismo y a ser feliz, aunque eso implique perjudicar a otros.


EGO

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A su vez, se amplifica a través de los medios de comunicación la admiración de las personas, no por sus virtudes, sino por ser exitosos, aunque sean egoístas crónicos y narcisistas letales para quienes se vinculan con ellos.

Culturalmente no enseñamos tanto a admirar a las buenas personas, a los que respetan a los otros y son justos, a los que trabajan dignamente y no “hacen trampa”, sino a los que logran sus objetivos sin importar el medio que usen para alcanzarlo.

A su vez, el amor se mira desde una perspectiva utilitarista, como autosatisfacción. Amo porque me hace bien a mí, porque satisface mis necesidades. Así, el amor se confunde con su contrario, con un egoísmo utilitarista que “usa y tira” lo que no le agrada, lo que no le satisface, haciendo de los demás objetos de consumo y descarte.




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No tengas miedo de amar

La inmadurez crónica de nuestro tiempo tiene mucha relación con la incapacidad para descentrarse y amar a otro. El amor implica antes que nada el respeto al otro, la búsqueda de su bien, lo cual nos lleva a descentrarnos de nuestro ego y a pensar en el otro y su necesidad, antes que en nuestro interés egoísta.

La presunción actual de que todo gira en torno a uno mismo, de que yo soy el centro del universo y que la realidad es mi realidad, va creando una incapacidad progresiva de entender que hay otros modos de pensar y de ver el mundo.

Y esto tiene consecuencias sociales y políticas devastadoras: Si lo único que importa es mi interés y las cosas son solamente como yo las veo, ¿qué sentido tiene hablar de bien común? ¿Cómo es posible que alguien entienda que tiene que aceptar límites a su egoísmo para dar lugar al bien ajeno?

Cada uno, en su mundo

Se escucha a personas que sostienen que no existe nada fuera de sí mismos. Y como van creando un mundo propio sin los otros, se vuelve innecesario comunicar a los demás el propio mundo, y cada uno vive en el suyo, en su verdad, en su realidad.

Es como si lo real fueran solamente mis experiencias subjetivas y afuera todo es interpretable hasta el infinito por la propia subjetividad.

Vivir así nos puede hacer inhumanos, amorales y alienados. Si cada uno vive en su mundo, no es posible un mundo común y la política no tiene ningún sentido.

De este modo no puede haber verdad ni medida para decir qué es lo bueno o qué es lo malo, porque cada uno lo decidirá según su parecer, cayendo en un relativismo absoluto.

La tendencia sociocultural al narcisismo, a la autorreferencialidad, colabora con la incapacidad de salir al encuentro del otro,de conocerle realmente y, por lo tanto, de amarle de verdad, de buscar su bien.

Se busca que los demás sean una extensión de uno mismo, una repetición de la propia subjetividad. Y si los demás confrontan mi modo de ver las cosas, simplemente dejan de interesarme. Los puedo “bloquear” y simplemente “desaparecen”, como por arte de magia.

Crece en nuestros tiempos una gran incapacidad para vivir el conflicto, para aceptar lo distinto, para vivir en la diferencia, para ver al otro realmente como es en realidad. 

Una persona autorreferencial se siente atacada cuando alguien piensa distinto, porque no puede separar su identidad de sus opiniones subjetivas. Por eso incluso calificará de “intolerante” a alguien por el solo hecho de no pensar igual.

La falta de lectura reflexiva, de pensamiento crítico, de interés por un pensamiento distinto que no confirme las propias ideas, crea un ambiente propicio para toda forma de fundamentalismos e intolerancia.

El verdadero diálogo es hablar con quienes no piensan igual. Lo igual no necesita dialogar ni encontrarse con lo diferente.

No pocas veces las banderas de la igualdad pueden promover la exclusión y la expulsión de lo distinto. Pero el interés por escuchar realmente al otro y sus razones, nos enriquece y nos ayuda a pensar con mayor profundidad y apertura.

No es solo oír lo que el otro dice, sino comprender los principios, los fundamentos y evidencias en los que se apoya para decir lo que dice. Escuchar exige pensar lo que el otro dice, no solo esperar mi turno para hablar sin haber entendido nada.

¿Qué podemos hacer?

No confundir personas con ideas

Todas las personas merecen respeto, pero no todas las ideas. Las ideas pueden ser atacadas, pero no las personas.

Puedo criticar la idea de una persona, pero eso no significa que estoy criticando a la persona que la piensa.

Que cuestionen mis ideas no significa que me cuestionen a mí como persona.

No confundir sano pluralismo con relativismo

Es sano que existan diversidad de perspectivas que enriquecen la comprensión de la realidad.

No es lo mismo que afirmar que todas las opiniones son igualmente válidas.

Distinguir lo que siento de la realidad

Enseñar a distinguir que lo que “yo siento” no es lo mismo que la verdad de las cosas que me rodean.

No es lo mismo apariencia que realidad. Puedo sentir y creer infinidad de cosas que no sean verdad y vivirlas como auténticas.

Defender la libertad de opinión

La célebre frase atribuida a Voltaire por su biógrafa Evelyn B. Hall: “Desapruebo lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”, expresa claramente este principio de respeto a la libertad de expresión. 

Enseñar las virtudes cívicas para una mejor convivencia

Tanto el sistema educativo, los medios de comunicación y los referentes políticos, si promueven las virtudes, lo que nos hace buenas personas, harían un gran bien a las nuevas generaciones y a su felicidad. 

Aprender a escuchar

Escuchar es una manera de descentrarse de uno mismo, de olvidarse de sí, de desinflar el ego, de silenciar las propias voces interiores y pensamientos para dar lugar al otro.

Escuchar es un acto de atención hacia el otro, de cederle espacio en mi vida, de respeto a su persona, de apertura a su propia vida, sus ideas, su mundo.

Por eso querer escuchar a otro es querer entrar en su mundo y dejarnos transformar por él. Quien está demasiado ocupado consigo mismo no puede escuchar en profundidad.

 “En un mundo centrado en el ego productivo y olvidado del otro, la escucha ha de ser un acto que quiebre el encierro subjetivo del individuo” (B.C. Han).

Aprender a amar

Amar decía Fromm “es un arte que se aprende”. La capacidad de cultivar relaciones de amor verdadero requiere salir del egoísmo, entregarse, priorizar al otro y darle un lugar en la propia vida.

Amar en serio es para muchos hoy nadar contra la corriente. 

Sobran los cursos para aprender a hablar en público, para convencer a otros, para expresarnos correctamente. Pero faltan cursos y talleres para aprender a escuchar, a pensar con otros, a dialogar en profundidad.

Tags:
comunicaciondialogorelaciones amorosas
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