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¿Es posible cambiarle a Dios los planes?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/10/19

Dejar de temer que nada salga como espero, tener paciencia y libertad interior... eso es lo que realmente me da paz

No sé por qué me cuesta tanto que me cambien los planes. Voy en una dirección y súbitamente algo inesperado altera el rumbo.

El tiempo perdido, las ocasiones desperdiciadas,… me duele en el ama cambiar los planes. Dejar de hacer algo. Comenzar a hacer algo diferente. Así, sin haberlo previsto.

Son los imprevistos del camino. Los que aparecen y alteran el rumbo. Y yo me enfado, me frustro, me irrito. Quiero como un niño caprichoso que todo vuelva a ser como antes. Quiero aquí y ahora lo que deseo, lo que sueño.

Hay un dicho popular que me interpela: «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes». No quiero hacerle reír, pero una y otra vez le cuento mis planes. Delineo un camino. Dibujo un paisaje. Lleno mi agenda de deseos y sueños.

Escribo, para no olvidarme, todo lo que quiero hacer, cómo y cuándo. Lo exijo. Pero ¿y si Dios de repente me cambia los planes? Puede hacerlo.




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Pero yo le cuento. Una y otra vez lo hago. No quiero que Él borre y vuelva a escribir sobre mi agenda. Puede hacerlo. Yo me defiendo buscando seguridades.

Lucho contra mí mismo deseando lo que aún no poseo. Es larga la vida, lo tengo claro. Larga o corta. Y mis planes. ¿Qué importan mis planes?

Yo sólo quiero esa libertad interior para tener paz en momentos en los que las contrariedades vengan a intentar amargar mis pasos. La paz del alma en medio de la tormenta. Leía el otro día:«

«Señor, quiero ser una niña pequeña e irresponsable, despreocupada y dormilona en tus brazos fuertes de Padre. Estoy tranquila y en paz porque con tu amor y tu sonrisa lo tengo todo. Nada me inquieta porque Tú estás conmigo, me aprietas contra tu corazón y me proteges de todo mal. Eres bueno y sólo quieres mi bien, aunque no siempre lo entienda así, confío. Renuncio a controlarlo, entenderlo y llegar a todo. No estoy sola, estás siempre pendiente de mi porque soy tu hija».

Quisiera vivir siempre así cuando veo que todo se nubla a mi alrededor. Hago reír a Dios, seguramente, pero yo no sonrío cuando Él lo cambia todo. ¿Qué querrá decirme ahora? La paciencia… Dice la Biblia:

«Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe».

Paciencia para esperar sin desesperarme. Paciencia con las personas que me cuestan por su forma de ser. Paciencia con el que no entiende, con el que yerra, con el que ofende, con el que no cumple. Paciencia cuando me dicen que ahora mismo van a hacer algo y no lo hacen.

Mis planes. Mis exigencias. Siempre vivo con prisas. No aguardo pacientemente a que nazca una flor, o crezca una planta. No tengo paciencia con esa semilla que tarda tanto en morir para dar vida.




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Jesús es manso y paciente. No se altera cuando irrumpen en su vida para alterarle sus planes. No se irrita, no pierde nunca la paz.

Un corazón manso es lo que deseo. ¿Cómo pretendo tan a menudo comprender los planes de Dios? Es imposible. No quiero hacerlo.

Sus planes son incomprensibles. Simplemente vivo el momento sin prisas. No quiero vivir en el mañana. No quiero desear que el tiempo no pase. O que pase muy rápido para saber cómo termina todo.

Los plazos de Dios, sus tiempos. Vistos desde una mirada eterna. En la que el pasado y el futuro se unen. Miro a Dios confiado en medio del mar revuelto.

Confío, quiero confiar. Quiero dejar de temer que nada salga como espero. Quiero que sus planes sean los que me alegren el corazón siempre. No es tan sencillo. Me da miedo que la vida me supere y perder la paz. Santa Teresita tenía miedos. En una confesión encontró la paz:

«Mi alma era como un libro en el que el Padre leía mejor que yo. Me lanzó a velas desplegadas al mar de la confianza y el amor, que me atraía fuertemente, pero por el cual no me animaba a navegar. Me dijo, que mis faltas no desagradaban a Dios, que en nombre de Dios me decía de parte suya que Dios estaba muy contento de mí. ¡Qué feliz fui al escuchar palabras tan consoladoras! Jamás había oído decir que las faltas podían no desagradar a Dios. Tal aseveración me colmó de alegría y me hizo soportar pacientemente el exilio de esta vida».

Mis faltas no desagradan a Dios. Tampoco mi turbación y tristeza ante las contrariedades de la vida. No le molestan ni mis miedos, ni mis caídas. Me quiere como soy y me anima a adentrarme en las aguas revueltas del océano.

Los cambios de planes me alteran. Siempre será así, lo asumo. Pero una vez que acepto la realidad como es quiero vivir sin enfadarme. Abrazar con paz el nuevo día, el camino marcado. Aceptar con un corazón alegre la vida con sus límites.

No quiero tener miedo a lo que está por venir. No quiero la angustia. No deseo la impaciencia en mi alma. Es tan difícil caminar por senderos desconocidos. Tan duro empezar nuevas rutas que no conozco. Soltar amarras, remar adentro.

Y luego esperar con paciencia a que ocurra lo que espero. ¿Y si no ocurre? ¿Y si no sucede cuando quiero? No me amargo. Acepto lo que hay en mi corazón.

Le doy un sí a Dios con alegría. Él sabe mejor que yo lo que me conviene. Sabe lo que tengo que hacer. Aceptar la vida como es sin pretender cambiarla.

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