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Cómo mantener un "sí" toda la vida

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Adselwood | Flickr CC by 2.0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 23/09/19

La fuerza para ser fiel a un compromiso, a una vocación, viene de Dios, y se expresa en lo pequeño

La fidelidad es esa palabra que hoy parece ser tan débil. La palabra dada. El contrato para siempre. El sí dado para la eternidad.

Y luego el corazón cambia. No sólo cambian el pelo, el físico, las circunstancias. Cambia el alma y la forma de ver la vida. Entonces la fidelidad es cuestionada. Diez, veinte, cincuenta años. Demasiado tiempo.

La vida es muy larga. Y voy cambiando con el paso de los años. Pesa tanto la fidelidad… Como una losa sobre mi espalda. La cojo cada mañana al levantarme. Pesa.

Mis manos frágiles dudan si seguir el camino o emprender otro. Al fin y al cabo, hay tanta infidelidad a mi alrededor… ¿Qué añade una gota más al océano? El corazón tiembla.

Jesús, a través de una parábola, invita a servir bien, a ser fiel en lo poco y en lo mucho:

«El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo dará?».

Servir bien siempre. En lo poco y en lo mucho. Ser fiel con el dinero ajeno y con el propio. Con el dinero justo y el injusto.

Ser fiel a la palabra dada, a la promesa pronunciada. Una vida entera. Son palabras grandes que exceden mis fuerzas, mi voluntad débil. ¿Cómo puedo llegar a ser fiel siempre? Decía el padre José Kentenich:

«Una entrega a Dios sana y firme sólo se genera y crece en la medida en que el alma se esfuerce, con fidelidad en la oración, por comprender cada vez mejor y más profundamente a Dios, y desasirse de todo desorden. De ahí que deseche un amor no lúcido, fantasioso y sentimental. Para ella el faro y el alimento es la meditación serena y honda; y la prueba de su autenticidad, el desasimiento serio y grato a Dios«.

La fidelidad es de Dios. Y mi vida consiste en asirme a Él y desasirme de todo lo que me quita la paz. Y necesito aprender a abandonarme en sus manos para poder ser fiel.

Daniel Reche

No soy fiel en actos de voluntad cargados de esfuerzo. Me pesa la vida, el alma, el mundo. Y todo va tan rápido a mi alrededor…

Quiero ser fiel. En lo pequeño. Cada día.




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Comienzo al levantarme cuando miro el día ante mis ojos. Todo demasiado grande y pesado. Y yo con mis pocas fuerzas dispuesto a iniciar una lucha titánica. Imposible.

El corazón desiste a menudo frente a la tentación. Pensaba que podía, pero no puedo. No logro alcanzar la meta después de tanto tiempo corriendo. No consigo amar con más fuerza después de muchos días de entrega. El corazón se cansa. El cansancio del hombre fiel.

Ser fiel en lo poco. ¿Lo soy? Miro mi corazón. Si soy fiel en lo pequeño seré fiel en lo grande. Si hago lo más fácil, Dios me dará fuerzas para emprender lo más difícil. Una fidelidad a prueba de luchas, de desafíos.


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Me siento muy débil en esa fidelidad a la que Dios me llama. Santa Teresita me dice que el amor cree en lo imposible. El que ama con profundidad no cree en los límites ni piensa en lo que parece inalcanzable:

«Cuánta verdad hay en aquello de que el amor jamás encuentra pretexto de imposibilidad porque cree que todo lo puede y le conviene».

Un amor así es un lujo imposible. Un amor profundo y fiel. El amor es fiel. Sólo cabe entonces mantener encendido el amor. Echar leña al fuego de mi amor a Dios, a los hombres. Cuidar esa hoguera que ilumina mis pasos y mantiene caldeada mi vida.

Ese amor que es fuego que todo lo abrasa. Ese amor es el que quiero para la vida. Es el amor fiel de los esposos que exclaman cada mañana: «Quiero quererte». Esa voluntad que me lleva a querer amar. A querer luchar.

Y entonces comprendo que es una gracia amar a alguien, amar algo, una vocación, un camino, toda una vida. El hombre es inconstante y tiembla ante tareas imposibles. Como dice la santa:

«La prudencia humana tiembla a cada paso y, por decirlo así, no se atreve a apoyar el pie».

Mi prudencia humana tiembla. Mi deseo de carne es frágil. Y sólo una fuerza inmensa de lo alto puede hacer posible lo imposible y cambiar mi vida.

Dios es fiel. Da la vida siempre por mí. Nunca tiembla ante mi fragilidad. No se desencanta de mis fracasos. No me mira con tristeza al ver cómo caigo. Me anima, infunde en mi alma fuerzas nuevas. Da aliento a mis pasos cuando estoy cansado.




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Quiero buscar la fidelidad en Dios. No en mí mismo. Porque yo con mis fuerzas no puedo caminar. Tiemblo y caigo ante los desafíos de una vida que se hace cuesta arriba con tanta frecuencia.

Miro a Dios desde mi miseria y veo su misericordia que se abaja sobre mí y me levanta. Él me hace capaz de ser fiel. Me anima a pronunciar mi sí una vez más, cada mañana. Mi sí frágil y herido por el pecado. Mi sí confiado porque es Dios el que sostiene mis pasos. Mi sí a lo pequeño, porque en lo cotidiano se juega lo eterno. Lo he comprobado.




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