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Coherencia, constancia,… Aprender a ser fiel

© Bence Fördős / Flickr / CC
Anillo
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La fidelidad a una persona, a un amor, a una vocación, es un camino en el que se alternan momentos de felicidad con periodos de oscuridad y duda

La Virgen medita los sucesos que pasan a su alrededor; busca en ellos la voluntad de Dios, profundiza en las inquietudes que Yahvé pone en su alma y no cae en la pasividad ante lo que le rodea. Ése es el camino, como señalaba Juan Pablo II, para poder ser leales con el Señor:

"María fue fiel ante todo cuando, con amor, se puso a buscar el sentido profundo del designio de Dios en Ella y para el mundo (…). No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta" [6].
 
Esa búsqueda de la voluntad divina lleva a María a la acogida, a la aceptación de lo que descubre. María encontrará a lo largo de sus días numerosas oportunidades en las que puede decir "que se haga, estoy pronta, acepto" [7].

Momentos cruciales para la fidelidad, en los cuales probablemente advertiría que no era capaz de comprender la profundidad del designio de Dios, ni cómo se llevaría a término; y sin embargo, observándolos atentamente aparecerá claro su deseo de que se cumpla el querer divino.

Son acontecimientos en los que María acepta el misterio, dándole un lugar en su alma "no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo –¡por Alguien!– más grande que el propio corazón" [8].
 
Bajo la mirada atenta de la Virgen, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres [9]; cuando llegaron los años de la vida pública del Señor, advertiría cómo se iba realizando la profecía de Simeón: éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción [10].

Fueron años en los que la fidelidad de María se expresó en el "vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree".

Años de manifestar de uno y mil modos su amor y lealtad a Jesús; años, en definitiva, de coherencia: "el núcleo más íntimo de la fidelidad". 

Pero toda fidelidad –como le es propio– "debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración", es decir, la de la constancia. 

"Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida" [11].
 
Así lo hizo la Virgen: leal siempre, y más en la hora de la tribulación. En el trance supremo de la Cruz se encuentra allí, acompañada de un reducido grupo de mujeres y del Apóstol Juan.

La tierra se ha cubierto de tinieblas. Jesús, clavado en el madero, con un inmenso dolor físico y moral, lanza al cielo una oración que aúna sufrimiento personal y radical seguridad en el Padre: "Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní?" –que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? [12]. Así empieza el Salmo 22, que culmina en un acto de confianza: se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra [13].
 
¿Cuáles serían los pensamientos de Nuestra Madre al escuchar el grito de su Hijo? Durante años había meditado qué esperaba el Señor de Ella; ahora, viendo a su Hijo sobre la Cruz, abandonado por casi todos, la Virgen tendría presentes las palabras de Simeón: una espada traspasaba sus entrañas.

Sufriría de modo singular la injusticia que se estaba consumando; y sin embargo,

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