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Lo que ocurre cuando escuchas a quien no piensa como tú

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/04/19

Amar a las personas... no sus ideas sino su verdad, que refleja la verdad de Dios

El otro día hicieron una entrevista al papa Francisco:


SALVADOS

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¿Qué espero oír cuando escucho sus palabras?

Muchas veces espero que confirme mis posturas. O que diga algo polémico para poder difamarlo. O que deje claras ciertas cosas para poder estar yo tranquilo. Más o menos lo mismo que buscaban en Jesús los fariseos.

Pero también había otros que venían a aprender. Creo que en ocasiones no escucho para aprender. No pretendo irme con otra opinión de un encuentro.




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El Papa habló de la palabra persuasión. Estamos acostumbrados a gritar nuestra opinión sin dejarnos convencer por lo que el otro grita. Tengo clara mi postura y no quiero llegar a un criterio común.

¡Qué difícil aceptar la verdad que el otro me propone! Me cierro en mi postura y sólo busco a los que piensan como yo y rehúyo de los disidentes.

Critico a los que defienden posturas contrarias. Ya no quiero llegar a una verdad común. Mi postura es la válida y me niego a aceptar otras verdades posibles.




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Jesús quiere enseñar. Se detiene y se da el tiempo para contar las verdades de su alma. No todos quieren conocer la verdad. No todos están dispuestos a cambiar sus posturas. ¿Dónde me encuentro yo?

Me aferro a mis opiniones como pilares seguros. Y me cuesta cuando alguien los cuestiona. Se tambalean y temo perder la vida y la seguridad.

Persuadir tiene que ver con dar mis ideas sin querer imponerlas. Y juntos llegar a un punto común.

La palabra consenso parece hoy imposible. ¿Cómo se llega al consenso? Uno de los dos tendrá que ceder en su postura. O descubrir la verdad de lo que el otro dice.

¡Qué importante es esta actitud humilde en el matrimonio donde sólo son dos para ponerse de acuerdo! Cuesta tener que ceder. Cuesta descubrir la verdad en las palabras de aquel a quien amo. Cuesta escuchar con humildad.




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Y si esto es difícil donde hay amor profundo, cuánto más difícil es rodeado de personas a las que no amo tanto. Construir con ellas un mundo común pasa por una actitud de humildad que me falta.

Es necesario que yo tenga posturas propias. Que rece como Jesús en el silencio del monte buscando la verdad de mi vida. En oración quiero aprender a descubrir mi verdad y dejarme así interpelar por Dios.

Decía el padre José Kentenich:

«Si quieren aplicar la más popular forma de meditación, saben las tres preguntas que hay que plantearse:

1. ¿Qué me quiere decir el buen Dios con esto que he visto ahora con más claridad? Esto lo quiero trabajar una vez más en mi interior.
2. ¿Qué debo decirme a mí mismo? Es una forma de examen de conciencia: ¿cómo he comprendido esta verdad hasta ahora en mi vida? ¿Cómo la he aplicado?
3. ¿Qué le digo ahora al buen Dios? Y de esto se trata en especial, que aprendamos a hablar con Dios, que cultivemos una vida interior profunda, una biunidad con Dios»
[1].

Medito buscando el querer de Dios. Todo lo que sucede en mi vida me ayuda a buscar la verdad en mi camino. ¿Dónde está la verdad?

Ahora se habla más de posverdad. Es un neologismo​ que describe la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales.

Los hechos objetivos tienen menos influencia. Se apela a las emociones y a las creencias personales. ​Decido sin importarme lo que es verdadero y lo que es falso de forma objetiva. ¿Qué es la verdad?, me pregunto con Pilatos.




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Necesito ahondar en mi corazón. Buscar la verdad de las cosas, de lo que me sucede. Interpretar las palabras de Dios.

¿Qué espero oír cuando pregunto? Si tuviera un corazón de niño estaría siempre dispuesto a aprender algo nuevo. Dispuesto a cambiar mis posturas rígidas. Dispuesto a renunciar a mis ideas. ¿Estoy abierto a dejarme persuadir?

No es tan sencillo. Me pasa como a los fariseos. Busco a Jesús para que confirme mis puntos de vista. Escucho al Papa para que me diga lo que quiero oír. Rehúyo a los que dicen cosas contrarias a las que pienso. No entro en diálogo.

Me cuesta escuchar sin rebelarme. Sin molestarme. Sin sentirme herido. Me alejo de los que no piensan como yo. No quiero que me confundan con ellos. Y piensen que soy de los suyos.




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Identifico estar de acuerdo en una idea con aceptar a toda la persona en su verdad. No estar de acuerdo en ciertos puntos de vista no me aleja de mi hermano. No quiero dejar de hablar al que no piensa como yo. No quiero dejar de amarlo.

No quiero clasificar a las personas por sus ideas. En un grupo cerrado del que me alejo. Quiero dejarme sorprender por la verdad del otro. Sin tener un prejuicio que me aleja.

Quiero amar su verdad, no sus ideas. Su verdad más honda. Su verdad refleja la verdad de Dios. Quiero un corazón abierto y respetuoso. ¡Qué difícil mirar así al hombre!


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¿Cómo puedo acoger a una persona con mi mirada?

El papa Francisco, en la entrevista que le hicieron esta semana, fue interrogado sobre muchos temas. Querían que tomara postura.

En relación con el aborto fue el Papa el que acabó preguntando al entrevistador: «¿Es justo eliminar una vida humana para resolver un problema?».

Una pregunta como respuesta. ¿Realmente es justo? No lo es, no se justifica. Pero la pregunta queda en el campo del entrevistador. Suspendida en el aire.

Queda en mi propio campo cuando espero que sea el Papa el que dé la respuesta correcta. ¿Y yo? ¿Qué respuesta doy? ¿Es justo hacerlo?

Es más fácil dejar que otros opinen y yo así los juzgo y condeno. Cuando soy yo el que se examina, todo cambia.

En esa entrevista el Papa decía también  que hoy te recuerdan los errores cometidos, aunque ya hayas pagado por ellos. Los sacan a la luz en cualquier momento para ensuciar tu presente, tu fama.

Tengo mi pasado. No lo oculto. No lo tapo. No me olvido de él. Pienso como el filósofo Santayana: «Quienes no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo».

No pretendo sacar a la luz el pasado de los otros. No los trato de acuerdo con sus pecados ya pasados. Tampoco pretendo lanzar la primera piedra contra el que ha pecado.

Sé de dónde vengo. Sé quién soy. Veo mi pecado escrito sobre la arena y me conmuevo. Me arrepiento. No me siento inmaculado.

Cuando reconozco mi pequeñez dejo de juzgar a los demás con tanta ligereza. Mi propia experiencia de pecado, de fracaso, de humillación, me vuelve más misericordioso, más humilde, más sano.

¿Quién soy yo para juzgar a otros? Estoy hecho a partir del mismo barro. No puedo dejar de ser pecador. Quiero hacer el bien y no lo hago. Peco, hiero, hablo mal de otros, juzgo. No quiero ser así. Necesito un corazón nuevo.

[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

[2] J. Kentenich, Madison Terziat, 1952

[3]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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