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Un sacerdote, dos religiosas y un trabajador de hospital salvan a 16 niños en Guerrero (México)

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Realizan @SSPGro recorridos de seguridad en localidades de la Sierra

Jaime Septién - publicado el 18/12/18

Cuando comenzó la balacera recibían sus lecciones de catecismo

La violencia entre grupos criminales, narcotraficantes y policías comunitarias (es decir, grupos paramilitares) no tiene fin. Pero ha propiciado verdaderas gestas heroicas de algunos sacerdotes para defender a los niños del fuego cruzado.

El 11 de noviembre pasado policías comunitarios de Heliodoro Castillo (de Tlacotepec, en la Sierra de Guerrero) quemaron viviendas, arrasaron con cuanto pudieron y provocaron caos y muerte en el pequeño poblado de Filo de Caballos (Chichihualco), luego de tomar la población “para controlar” el corredor Tlacotepec-Xochipala.

La pobreza, la corrupción, el control de siembra de amapola, el tráfico de drogas y la inseguridad para las familias, son el pan de cada día de esta región del sur occidente de México en donde ser sacerdote es jugarse la vida y donde no hay un lugar a salvo de las constantes incursiones de grupos paramilitares y al servicio del narco.

Balacera en el Catecismo

En este contexto, toma importancia el testimonio de un trabajador del Hospital Básico Comunitario de Filo de Caballos y un sacerdote, quienes salvaron la vida a 16 niños menores de 12 años el día de la balacera: el 11 de noviembre, fecha que jamás olvidarán los protagonistas de este drama.

Los niños menores estuvieron encerrados 19 horas, -de la una de la tarde del 11 de noviembre a las 8 de la mañana del día siguiente- en una cisterna de agua de la iglesia del pueblo. Cuando comenzó la balacera recibían sus lecciones de catecismo.

El trabajador del hospital y el sacerdote impidieron que salieran corriendo del templo para evitar que una bala les pegara en medio del nutrido tiroteo. Un mes después el empleado de salud recuerda que los niños, aterrorizados, gritaban: “nos van a matar, nos van a matar”, según relató al periódico El Sur de Guerrero el trabajador que, por evidentes cuestiones de seguridad, evitó dar tanto su nombre como el del sacerdote.

Un sacerdote anónimo

Los 16 niños forman parte de un grupo de familias desplazadas por la violencia que aún se encuentran en el auditorio municipal de Chichihualco y asistían a la doctrina con dos religiosas, un sacerdote y el trabajador del hospital de Filo de Caballos.

El empleado del hospital le dijo al rotativo guerrerense que no había relatado la historia “porque el sacerdote todavía estaba en Filo de Caballos y lo pondría en riesgo, pero la semana pasada supo que ya salió del pueblo”.

Contó que el 11 de noviembre vivió una “tristeza muy grande” porque los niños lloraban y pedían a gritos que los sacaran de la iglesia, “nos van a matar aquí”, decían. Explicó que entonces el sacerdote y él decidieron meterlos en una cisterna vacía que se encuentra atrás de la iglesia, “allí les salvamos la vida a esos niños”, dijo al periódico El Sur.

Gracias a Dios no pasó nada

El empleado del hospital dijo a El Sur que los policías comunitarios (de Heliodoro Castillo) no respetaban nada porque hasta las torres de la iglesia recibieron disparos, y que eso les dio más miedo a los pequeños. “Estaban todos entumidos, unos decían que tenían hambre pero qué les dábamos de comer, otros pedían ir al baño y se hacían ahí mismo, fue de verdad triste”.

Al día siguiente de la toma de Filo de Caballos, cuando los sacaron, él ya no regresó a su casa, “me traje a los niños caminando por el cerro pero gracias a Dios no nos pasó nada, imagínese eran muchísimas balas las que estaban disparando, si los hubiéramos dejado salir los matan”.

Tanto el sacerdote como las religiosas compartieron el mismo escondite, las mismas inclemencias del frío de la noche y el hambre. Pero estuvieron ahí, con los pequeños aterrorizados, hasta que pudieron ver señales que podían abandonar el templo con relativo peligro, pues el pueblo ha permanecido “tomado” desde entonces.

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