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La fama es frágil, ¿estás preparado para perder tu honor?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/11/18

¿Por qué trato de reunir méritos incluso ante Dios?

Algunos fariseos y escribas de la ley se buscan a sí mismos. No dan. Necesitan sentarse en los puestos de honor. Quieren la fama. Quieren sólo recibir.

Hoy me lo recuerda Jesús: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia mas rigurosa”.

Los fariseos y escribas no están tan lejos de mi vida. Yo soy como ellos. No tengo que mirar tan lejos. Me gustan los mejores puestos. Pienso siempre en el honor y en la fama. En las reverencias y en los aplausos. La fama, el elogio, la admiración.

Miro en mi corazón herido buscando la causa de ese deseo que me hace tanto daño. Me duele el alma. Tal vez el desamor, los rechazos, las desilusiones han dejado huella en mí. Me han convertido en un mendigo de aplausos.

Pero sé que la fama puede hacerme daño. Voy por la vida presentando mis títulos, mis logros para ser aceptado y querido. Y por eso si alguien mancha mi fama, mi nombre, me vuelvo loco y me hundo.

El otro día veía a un diácono postrado en el suelo antes de ser ordenado sacerdote. Está conmovido, humillado, frágil, desprovisto de méritos. Llora sobre el suelo, sin levantar la cabeza.

Aparentemente no parece alguien importante. Sólo él, un hombre entre sollozos, esperando a que Jesús lo abrace.

Y mientras él aguarda, resuenan las letanías como un canto de alabanza llenándolo todo de ángeles y santos. En ese momento sólo es posible dar gracias.

¡Qué bien me hace postrarme siempre de nuevo, una y otra vez! Para no olvidar quién soy. Para no olvidar que soy pequeño, que no soy nada, que no soy digno.

Sé muy bien que ahí postrado no tengo ni fama ni honor. Me confundo con la tierra, con el barro, con el polvo. No ven mi rostro. No me ven. Me pueden llegar a pisar si no se fijan.

Jesús también tuvo fama. Muchos escuchaban con agrado sus palabras y lo seguían por mar y por tierra. Masas que lo aclamaban. Buscaban un milagro, o escuchar palabras de vida eterna. Querían ser bendecidos por Él y tocar su manto.

La fama de Jesús llegó a su culmen en su entrada en Jerusalén. Parecía que todo iba a cambiar ese día.

Y cambió, pero no como los hombres esperaban. Jesús se postró humillado. Perdió la fama mientras era herido con latigazos.

¡Cuánto miedo tengo a perder la fama y postrarme! Ojalá no me defendiera siempre ante cualquier crítica. Protejo mi fama, mi honor, mi nombre.

Ojalá como Él “aprendiese sufriendo a obedecer”. Me admira muchísimo Jesús en esta actitud de postración, de abandono, de renuncia total a tomar las riendas de su vida en sus manos.

Me parece que es más Dios que nunca, cuanto más se deja hacer. Entonces lo veo al mismo tiempo impotente y poderoso. Más humilde y más hijo.

Él calla, recibe y ama. Se entrega y perdona. Lo ha entregado todo, no se ha guardado nada. Se ha dado por entero.

Pero yo no aprendo y miro con sed los primeros puestos. Me fijo en los que triunfan, en los que más ganan, en aquellos a los que todos admiran. Y deseo lo mismo.

¿Cuántos «likes» necesito en Facebook, o en Instagram, para ser feliz, para sentirme famoso y orgulloso de mí mismo, para sentir que me quieren?

¿Por qué me atrae tanto la fama como a los fariseos y escribas? El eco de mi vida me importa más que mi propia vida. Cuido la fama y lo que los demás piensan y dicen de mí, me preocupa.

Recuerdo una publicidad que decía: “Todos hablan bien de mí. Tendré que empezar a preocuparme”. La fama sube y baja. Un acierto y subo. Un error y bajo.

Hoy en día por internet lo puedo llegar a saber casi todo de todos. Lo bueno y también lo malo. ¿Cuánto me importa mi fama? ¿Cuánto miedo tengo a caer?

Sé que la felicidad no está en los primeros puestos. Pero creo que a veces vivo como si así fuera. ¡Qué frágil es la fama! ¿Estoy preparado para el momento de cruz en el que la pierda? ¿Estoy preparado para perder mi honor?

Quiero triunfar siempre y en todo lo que hago. Quiero destacar y no pasar desapercibido. No puedo fallar nunca, pienso. No puedo defraudar a nadie.

Y luego fallo de repente y defraudo y me hundo. Me defraudo a mí mismo porque tenía muchas expectativas. Defraudo al mundo que me sigue y adula. Defraudo a los que creyeron en mí y esperaban tanto de mis talentos. La terrible exigencia del éxito.

Quiero ser capaz de no buscar los primeros puestos. Quiero aprender a ser humilde. No es tan sencillo.

Es verdad que las humillaciones me ayudan tanto. Comenta Enrique Rojas: “La derrota enseña lo que el éxito oculta”.

Las críticas me allanan el camino. Las correcciones me ayudan. También me ayuda que me lleven la contraria y no piensen como yo. Que resalten lo que hago mal, que me lo digan. Que se rían de mí y yo sonría.

Todo me hace tomar conciencia de mi fragilidad. Soy pequeño. Dios me salva en mi pequeñez. Miro a esos escribas que se alegran de sus vestidos y buscan los primeros puestos. Pienso en la imagen de Dios que tengo. Tanta gente cree en un Dios exigente y rígido que no acepta errores.

Decía el padre José Kentenich: “Nuestra honda convicción, consciente o inconsciente es: la ley fundamental del mundo es, desde el punto de vista de Dios, la justicia; y, desde el punto de vista del ser humano, el temor ante Dios. Y así ya no lograremos salir más a la superficie, nos quedaremos hundidos. Quien se entrega por tanto tiempo a ese temor servil ante Dios, buscará de alguna manera reafirmarse mediante el activismo y los éxitos[1].

Si miro así a Dios, como juez inflexible, temeré presentarme ante Él sin méritos, sólo con derrotas. Buscaré el éxito, para tener algo que presentar en defensa de mi pobreza.

Creo que esta mirada me hace daño. Hoy pienso en los puestos que anhelo. Y en esos puestos en segunda línea, al final de la fila, que son los que de verdad me hacen bien.

[1]Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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