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¿Por qué tengo tanto miedo a decir lo que pienso?

Ipatov
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¡Cuántas veces dejo de decir o de hacer algo, aunque no esté de acuerdo, por no llamar la atención!

Creo que a veces la opinión de los demás me pesa demasiado. Decía el sicólogo Solomon Asch: La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría. 

En 1951 Asch realizó unos experimentos de conformidad con el grupo con alumnos de varias clases. En ellos demostraba el poder que tiene el grupo para condicionar las respuestas de los alumnos. Ante una verdad evidente los alumnos al final optaban por lo que decía la mayoría del grupo. Aunque fuera mentira.

La presión de la sociedad parece un obstáculo insalvable. Yo padezco el síndrome de Solomon cuando tomo decisiones o adopto comportamientos sólo para evitar sobresalir, destacar o brillar dentro de un grupo. Y cuando me niego a salir del camino trillado por el que transita la mayoría.

No quiero llamar la atención, no quiero destacar. De forma inconsciente temo sobresalir en exceso, por miedo a que mis virtudes y logros ofendan a los demás. O por miedo a ser criticado si fracaso, si lo hago mal.

Esta actitud pone de manifiesto el lado oscuro de mi condición humana. Revela mi falta de autoestima y de confianza en mí mismo. Acabo pensando que mi valor como persona depende de lo mucho o de lo poco que la gente me valore.

Al leer sobre este síndrome pensaba en las veces en que dejo de hacer algo por miedo a llamar la atención. Callo mi opinión, me abruma la fuerza con la que otros se expresan y asiento a los que imponen su juicio. Al final me adapto y digo que pienso lo que otros piensan, aunque no sea verdad lo que ellos dicen.

Yo veo que la realidad no es como otros la señalan, pero acabo asumiendo como verdadero lo que me parece falso. El miedo a quedar fuera de un grupo, de un entorno que me protege, de mis amigos que me cuidan. El miedo a exponerme en público y que puedan criticarme, golpearme, acusarme e incluso difamarme. Me importa mucho la opinión que los demás tengan de mí y me protejo. Y por eso no quiero llamar en exceso la atención. Me escondo en lo más profundo, en la masa.

Decía el P. Kentenich: Una mirada a la vida actual muestra cuán difícil es encontrar hombres verdaderamente libres en los diversos sectores de la población. La mayoría son viles esclavos y cobardes, aduladores y masificados, personas para quienes la verdad ya no es más la adecuación del entendimiento con el objeto, sino la adaptación del entendimiento con el apetito sensitivo [1].

Asumo como verdad lo que sé que no es verdad. Y la proclamo como mi bandera. Para que no me excluyan del grupo que me protege. Dejo de dar entonces por miedo todo lo que tengo. Dejo de decir lo que pienso para no desentonar. Dejo de hacer lo que yo quiero hacer para hacer lo que otros esperan. Dejo de hablar y callo. Mi silencio me acusa. Dejo de mirar y me escondo. Dejo de caminar y me detengo.

Tengo miedo a los que me observan y juzgan. No quiero el rechazo. No quiero que me dejen solo. No quiero la crítica ni el juicio. Es fácil criticar y condenar al que no piensa como yo. Es fácil acabar con su fama y denigrarlo. Eso es lo que me da miedo.

Decía el Papa Francisco: La necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima, es decir: yo me siento tan abajo que en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano.

La crítica surge de un corazón inmaduro, insatisfecho, sin paz, que se siente inferior. Nace de un corazón herido. Y hay muchos corazones así. Lo veo y veo que también me pasa a mí mismo cuando critico, cuando juzgo y condeno para quedar yo por encima.

Quiero que otros se adapten a lo que yo pienso. Actúen como yo actúo. Estén donde yo estoy y sigan con docilidad mis pasos. Y pretendo exigirles a los demás que lo hagan, por supuesto, con plena libertad. Que digan que son libres, aunque sé que no es cierto. No me he detenido a preguntarme qué quieren hacer de verdad, o qué opinan, o qué creen.

Corro yo mismo el peligro de callar mis opiniones y pasar por uno de tantos. Oculto en la masa paso desapercibido. No me miran. No me tengo que mostrar. No soy libre. Vivo en una sociedad tan dura en sus juicios que temo que mi vida no les guste a los demás.

Tal vez es mi baja autoestima la que manda en mis decisiones. No quiero que sepan y conozcan mi corazón tan frágil. No quiero que vean mi debilidad. Tal vez es ese miedo al ridículo el que me paraliza. El miedo a seguir caminos en solitario.

¿Y si tengo que ser valiente y audaz diciendo lo que pienso? No lo sé. Me da miedo ese valor exagerado que puede tener consecuencias desagradables para mí. No quiero tener miedo a decir lo que pienso y siento. Pero lo tengo. Quiero hablar de la verdad en la que creo. De la fe que mueve mi vida. Si el miedo me atenaza nunca seré enteramente libre, plenamente hombre.

 

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