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Hablemos sobre nuestro racismo, dejemos de ser cómplices

RACISM
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No es sólo odiar a la gente negra o de otro color, o pensar que valen menos que tú. Se trata de nacer y socializar en una cultura donde el trabajo, las voces y las vidas de las personas de color se tratan, constantemente, como algo que vale menos que el trabajo blanco, las voces y las vidas de los blancos

“Queridos amigos blancos, familia y familia de la Iglesia: tenemos que hablar de algo incómodo, algo que nuestros hermanos y hermanas de color han estado soportando durante demasiado tiempo”, escribió en su blog y en la revista U.S. Catholic, Sarah Margaret Babbs.

“Necesitamos hablar sobre Charlottesville y lo que pasó allí”, agrega esta blogera estadounidense. “Necesitamos hablar de raza, y tenemos que hablar del pecado: el pecado del racismo”.

Pero primero, ¿puedo contarte una historia?

La historia de Sarah Margaret Babbs es la de muchos católicos blancos en Estados Unidos. Nació y creció en la pequeña ciudad de Scranton, Pensilvania, en una comunidad de trabajo y clase media.

“La televisión me hizo vagamente consciente de que había personas que no eran blancas, pero que seguían siendo como yo, pero casi todo el mundo sabía que era blanco. Todo el mundo era blanco en la Iglesia. Todo el mundo era blanco en la escuela”, dice en su reflexión.

En sexto año de primaria, recuerda Babbs, le hizo el comentario al único chico negro de su clase que debería salir con la única chica negra de su clase. Y éste, mirándole directamente a los ojos le preguntó: “¿Por qué? ¿Porque ambos somos negros?”.

Sarah sabía que había hecho algo mal, pero no podía reconocerlo. Creció en un lugar donde la enseñaron a “tolerar” y a “ser amable” con personas de otras razas pero no ciertamente a “salir con ellos” y, mucho menos, a hacerse su amigo o amiga.

El hecho la hizo pensar entonces que “tal vez lo que me habían enseñado, implícitamente, sobre la raza no era correcto”.

Para Sarah, quien vive en Carmel, Indiana, y escribe sobre la paz y la justicia, la pérdida de los padres, y la esperanza en el sufrimiento en su blog Fumbling Toward Grace, ese tipo de historias que mucha gente blanca tiene en Estados Unidos es motivo para desprenderse de algunas “ideas perjudiciales sobre la raza y el privilegio que experimentamos porque somos blancos”.

Diez años más tarde Babbs se mudó de una ciudad universitaria “con más vacas que gente”, a Chicago, para ser maestra de escuela media predominantemente negra en el lado sur de la ciudad. Se involucró en el activismo contra la pena de muerte.

Fue entonces cuando se levantó el velo de sus ojos y pudo ver “la verdadera fealdad del racismo, desnudo, con sus dientes podridos”. En Chicago, dice, “lo sabía todo de la historia, pero no sabía nada de la vida” de los negros de esa comunidad.

Ahí, dando cursos a chicos negros, aprendió “lo que significa ser una persona de color en Estados Unidos”. Y ahora dice: “Si tuviera que hacerlo de nuevo, entraría en esas clases de estudios sociales y les daría a cada uno un cuaderno y una pluma. Y les diría: No vamos a abrir un libro de texto este año. En su lugar vamos a leer el libro de su vida, y vamos a explorar juntos lo que Estados Unidos significa”.

¿Qué tiene que ver con Charlottesville?

Nada y todo, escribe Babbs en su blog y en la revista U.S. Catholic de agosto de 2017. Para la autora, como, por ejemplo, para el arzobispo de Filadelfia, Charles Chaput, “el racismo es el pecado original de Estados Unidos”.

Según ella, si no se habla del racismo, nunca se pondrán “limpiar” los blancos de esta inmundicia. “Los blancos tenemos que hablar de ello. Nuestros hermanos y hermanas de color están literalmente muriendo por nosotros, por hablar de la raza en América de una manera abierta, no defensiva”.

Y más adelante agrega: “Somos cristianos, pero también americanos, y la sangre del racismo circula a través de todas las venas en el pasado y presente de este país”.

Babbs confiesa que ha estado trabajando activamente durante años para erradicar el racismo de su alma y todavía le sigue costando trabajo.

Requiere –afirma– la profunda humildad de Cristo para cerrar nuestras bocas, abrir nuestros oídos y escuchar las historias que la gente de color está contando. Cuando los escuchamos necesitamos creerles. Incluso si el suelo se sacude bajo nuestros pies, como todo lo que creemos acerca de Estados Unidos”.

Después de escuchar las historias y creerlas, hay que tomar, subraya la autora, lo que hemos aprendido y llevarlo a casa.

“Primero, en la quietud y el silencio de la oración, donde Cristo nos muestra las semillas del racismo en nuestros propios corazones. Nuestro trabajo es arraigar estas semillas con arrepentimiento y conversión, recibiendo el sacramento de la reconciliación, si es necesario”.

El racismo es un doble pecado

Para Babbs, el racismo es pecar doblemente. En primer lugar, porque es un pecado personal; “cada vez que tenemos una creencia consciente de que otros seres humanos son deficientes de alguna manera debido a la raza, hemos pecado contra la caridad y contra la dignidad de la persona humana”.

Además, el racismo es también un pecado social, “ya que muchas de las estructuras e instituciones de la vida americana se construyen y se benefician del trabajo robado o del trato inferior de las personas de color”.

Babbs sostiene que “nosotros como personas blancas nos beneficiamos de estas estructuras e instituciones y así debemos arrepentirnos del pecado social del racismo y trabajar para desmantelar aquellas estructuras que mantienen el racismo firmemente enraizado en su lugar”.

El racismo –dice aludiendo al Kukuxklán— “no es sólo para hombres odiosos con antorchas. El racismo y sus raíces viven dentro de todos nosotros”.

Finalmente declara: “el racismo no es sólo odiar a la gente negra o de otro color, o pensar que valen menos que tú. Se trata de nacer y socializar en una cultura donde el trabajo, las voces y las vidas de las personas de color se tratan, constantemente, como algo que vale menos que el trabajo blanco, las voces y las vidas de los blancos”.

Y remata: “no nos hace mal admitir y hablar abiertamente de eso; nos hace cómplices del malo si no lo admitimos y lo hablamos”.

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