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¿Qué hacer cuando no encuentro sentido a nada, ni a rezar?

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Solo Dios tiene la capacidad de restituirnos la vida que en algún momento sentimos perdida

¿Será que realmente creo en un Dios poderoso que puede sanar todo? ¿Tú crees que Dios todopoderoso puede todo en ti, incluso llevarse ese cansancio emocional, esa fatiga espiritual y física que por tanto tiempo has venido arrastrando?

Comenzaba a escribir una y otra vez. Una palabra tras otra, pero no alcanzaba a completar ni un párrafo, nada me hacía sentido. Sentía que Dios me hablaba y me ponía frente a la computadora, pero yo no lograba ni entender ni trasmitir su mensaje por medio de mis letras. La realidad es que me sentía sumamente cansada, emocionalmente exhausta.

Deseaba con todo mi corazón hacer lo que más amo, que es hablar de Él por medio de mi corazón impreso en letras, pero ni siquiera sabía de qué escribir. Mil ideas se me venían a la cabeza, pero ninguna lograba aterrizar. ¿De qué puedo hacerlo si no siento deseos de nada y solo me siento desalentada y débil?

En oración entendí que justo de eso debía escribir, de seguir creyendo en un Dios todopoderoso, aun en los momentos en que el cuerpo, las emociones y el espíritu se encuentran débiles por la fatiga. Creer en Él y en su poder sanador. Tener la certeza que aun en esos momentos de agobio Él sigue esperando y creyendo en nosotros.

¿Qué hacer cuando sentimos deseos de no hacer absolutamente nada? Amanece y una pierna le pide permiso a la otra para andar. A nada le encontramos sentido, ni a rezar. El fuego que antes sentíamos en nuestro espíritu se ha apagado.

La sensación es necesitar una vida nueva, vida que ya mismo tenemos dentro y se llama esperanza, pero no caemos en la cuenta de eso.

Con un simple cambio de pensamiento y mucha fuerza de voluntad tomemos a la esperanza de la mano y unámosla a la de la fe para redirigir ese desaliento a la fuente inagotable de vigor: el amor de Dios. Hay que creer firmemente en un Dios que es capaz de sacar frutos hasta de este desaliento.

Todos hemos sentido, y no una, muchas veces un cansancio tal que ha logrado borrar la sonrisa de nuestra cara y que hayamos dejado de sentir alegría por la vida. Lo que antes nos emocionaba y nos daba un sentido hoy parece no estar más.

De corazón deseamos sentir “algo”, buscar y encontrar razones que nos motiven. Volteamos a todos lados para ver de qué nos cogemos, y nada, no encontramos nada que nos devuelva la fuerza ni el ímpetu que antes teníamos. Hasta que caemos en la cuenta de algo tan básico: si estamos cansados hay que descansar. ¡Qué cosa más lógica!

Seguramente este cansancio no es algo nuevo y ya hemos hecho lo pertinente para renovar nuestras energías, pero el desasosiego sigue, la fatiga emocional continúa, el desaliento no se aparta de nuestro camino. La buena noticia es que sí hay solución, el antídoto tan al alcance…

De un cansancio de esta magnitud, donde las 3 áreas de nuestra persona están afectadas -emocional, física, espiritual, sobre todo esta última- no nos recuperaremos hasta que de corazón descansemos en el Señor.

Cuando salgamos de este descanso lo haremos con una fuerza y una vida nueva. Solo Él tiene la capacidad de restituirnos la vida que en algún momento sentimos perdida, sin sentido. Por lo mismo, hay que soltarnos en sus brazos y reposar en Él.

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré». ¿Tú cómo respondes cuando Dios te llama? ¿Qué haces cuando sientes ese cansancio, ese agobio que te tiene desalentado y sin ganas de seguir adelante?

“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Esta es una promesa de su amor y Él nunca falla a su Palabra. Entonces, por qué la necesidad de encontrar el descanso fuera de Él.

En nuestro noble afán de querer encontrar alivio rápido acudimos a medios alternos muchos de los cuales empeoran nuestro estado de ánimo y terminamos con el espíritu aún más frío.

Dios sabe que pasamos por este desierto espiritual, por este cansancio y hoy quiere traer una vida nueva en ti y en mí. Lo primero que hay que hacer es soltar esa pereza espiritual que nos tiene sumergidos en este letargo, esa sensación que nos tiene el alma como muerta en vida y nos hace sentir que no podemos seguir adelante.

Cuesta trabajo el comenzar de nuevo. Se siente como si los motores de la vida espiritual o de la lucha ascética se encontraran ahogados. Le damos al botón de arranque y nada más no. Está como oxidado.

No importa como esté, el chiste es volver a empezar siempre creyendo que la llave para echar a andar nuestro motor interior es nuestra voluntad arraigada en el poder y en el amor de Dios.

¡Solos no podremos! Él quiere despertarnos de esa apatía, devolvernos el aliento con su poder. Solo necesita que le desatemos las manos para que obre en cada uno de nuestros corazones.

Hay que dejar actuar a Dios. Parte de desatarle las manos es que obre en cada uno de nosotros conforme a su voluntad, mirando siempre hacia un mejor futuro y no pidiéndole que nos devuelva al pasado, a como estábamos antes pensando que así éramos más felices o estábamos mejor, sino con la certeza de que siempre lo perfecto es lo que justo en este momento estamos viviendo y con la esperanza de que lo mejor aún está por venir.

Todos pasamos por esta tentación, la de pedirle a Dios que nos devuelva aquello que ya no tenemos porque creemos que si lo hace volveremos a estar en paz, sin fatiga y tranquilos.

Pero esta es la única condición que Él nos pide, que no pongamos nuestra esperanza en lo que ya quedó atrás, sino que miremos hacia adelante esperanzados y confiados en que nos va a dirigir hacia una experiencia de vida nueva que será mucho mejor.

Para que el poder de la gracia de Dios obre en nosotros hay que rendirse a su voluntad con la única condición de no ponerle condiciones. Sencillito, ¿verdad?

Hoy imagínate como un niño pequeño que corre confiado a los brazos de su Padre amoroso. Siéntete cobijado en Él. En este momento es muy importante mostrarte totalmente desnudo del ama. Con profunda humildad deja que tu corazón le hable a Dios.

Entra en el silencio y dile: “Aquí está tu hijo Señor, te necesito, abrázame fuerte, no me sueltes. Gracias por permitirme pasar por este desierto, por esta noche oscura porque ahora que he llegado a mi límite alcanzo a descubrirte a ti mi Dios que no tienes límite. Hoy no tengo nada más que ofrecerte que este cansancio, este agobio, esta fatiga que no me están permitiendo experimentar tu amor en plenitud. Aun así te los ofrezco porque te amo por sobre todas las cosas. No te pido que cambies mi realidad, solo te la entrego Padre porque tú eres mi Señor y tú eres el único que tiene poder sobre mí. Transforma mi cansancio en vida, en frutos de amor y santidad según tu voluntad. Humildemente te suplico que recibas lo poco que hoy tengo para darte, aunque sé que para ti nada es poco cuando proviene de un corazón lleno de amor por ti, Padre. Yo creo y espero en ti, solo en ti mi Señor”.

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