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«Estoy por irme al cielo, los ayudaré desde ahí»

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Paola Belletti - Aleteia Italiano - publicado el 20/06/17

Antes de morir en el incendio de la Torre Grenfell en Londres, Gloria Trevisan llamó a su mamá y le envió un mensaje repleto de fortaleza y esperanza

Actualizada en junio de 2020

¡Qué hermosa es Gloria Trevisan! Una jovencita bellísima. También Marco, su prometido, es guapo. Parece contento. Así aparecen, con sus bellas caras juveniles, en los perfiles de sus redes sociales personales y también, en junio de 2017,  en las páginas web de importantes diarios.

Pamela Pizziolo | Facebook | Fair Use

Formaban parte de una lista de desaparecidos, cuando el abogado de la familia comentaba que no había motivos para creer que seguían vivos tras pasar por el infierno de la Torre Grenfell, el incendio de este edificio de 24 plantas en North of Kensington que aquel verano de 2017 conmovió Londres y el mundo. El siniestro dejó un total de 71 fallecidos.

No sabemos si Marco llamó por teléfono a sus papás, si también ellos tuvieron esta terrible gracia de poderlo acompañar hasta en sus últimas horas de vida. Los papás de Gloria sí. Pudieron hacerlo porque ella les llamó. Era tarde, por la noche. Su teléfono sonó cuando su hija se dio cuenta que había sucedido algo en los pisos de abajo del condominio viejo de 27 pisos donde vivían.

Ahora que soy mamá desde hace más de 13 años he descubierto en donde están las cuerdas que tiemblan, vibran, jalan sin romperse y ni siquiera se deshilachan que nos unen a los hijos y a sus vidas. Para siempre. Gloria, sin mamá, sería huérfana; su mamá y su papá, sin ella, serán siempre su mamá y su papá. Esta trágica especificación se volvió su esencia.


SAD

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¿Cómo habrán vivido las horas, los minutos, entre una llamada y la otra?

Estoy impactada con su valentía. Con su permanencia ahí, en su angustioso lugar, dándose fuerza el uno al otro y esperando siempre. Cercanos lo más posible a su hija. Les separaba la mitad de un continente y un largo y frío tramo de mar. Muchos «y si», varios metros de «lo siento» y «te extrañaré pero ve y sé feliz». «Te apoyamos desde aquí».

Siento alivio al ver narrados estos sentimientos, por saber de estas pruebas enfrentadas con fuerzas heróicas y normales a disposición por estos papás. ¿Habrán tocado fondo sus reservas? ¿A dónde se llega en estos casos? ¿A la médula? ¿A las vísceras? ¿Al corazón, que como órgano vital habrá sufrido quizá un shock, y sin embargo se mantuvo?

Pero este tonto experimento de televisión de la verdad en diferido no tiene sentido, si acaso como un intento de empatía. Y también ésta, a veces, puede volverse intromisión. Perdónenme.

Pienso solo en las cosas bellas que dijo Gloria a su mamá. Las pocas, las únicas cosas para decir:

Gracias. Me voy. Muero, pero voy a vivir. Los ayudaré desde el cielo».

Quién sabe qué fe tenía esta chica. Quién sabe cuán diligente habrá sido su ángel de la guarda, en esos momentos, y cuánto la habrá consolado. Quién sabe la sorpresa cuando le haya visto el rostro. Como escribe Eugenio Corti en El Caballo Rojo: «Esteban muere y mientras muere, todo se vuelve al revés y él lo ve. Ve, magnífico, a su ángel.»

Si Gloria dijo «voy al Cielo» en un momento así, trágico, definitivo, con esa presencia de espíritu que me parece haber intuido, yo personalmente he llegado a creer.

No es la frase que encontramos en los comentarios de Facebook alternada con el acrónimo R.I.P., al «sonríenos desde arriba». No es el deseo a veces infantil y aburrido que encontramos por ahí, como una moneda en el sombrero del mendicante, que dejamos caer rápidamente para poder escapar inmediatamente.

Lejos del dolor y la muerte: se vuelve absurdo para nosotros, pueblo cansado que se ha olvidado de Cristo y su Redención. No. Se lo dijo en ese momento, sabía lo que decía.

Y como niños que sabemos nacer: competentes y seguros nos volteamos para que pasen los hombros, agachamos la cabeza para salir por el canal del parto, nos empujamos hacia afuera, hacia la luz; así, de la misma misteriosa manera, todos, hombres y mujeres, una vez que hemos nacido y vivido, poco o mucho, sabemos, o deberíamos saber morir. Qué gracia tuvo Gloria, si se pudo dar cuenta y preparar para el momento más importante de su vida.

La hora de su muerte se estaba acercando y ella lo sabía, quiso darse cuenta; junto con su prometido que, hasta que pudo, la tranquilizó, se tranquilizó y a sus futuros suegros. El humo de un incendio es algo aterrador.

Nos sucedió a mi marido, a mí y a mi pequeña primogénita (estaba embarazada). Despertarse en medio de la noche con los gritos de un vecino que lanzó la alarma (Dios lo bendiga siempre); levantarse, correr, respirar con dificultad, toser, lagrimar, no ver las paredes, llegar a tientas a las escaleras, pensando sólo en salir al aire fresco y limpio, con el corazón golpeando la cabeza… Y lo nuestro era una cosa insignificante, en comparación.

(Por eso es una costumbre despreciable y cobarde, aunque coherente con el carpe diem triste de nuestros tiempos, no decirle a la persona enferma de gravedad que le queda poco para vivir. Mentir, fingir que está por curarse. Y ¿cómo se va a preparar? ¿Cómo va a recogerse interiormente y decidir qué decir, qué dejar en los recuerdos de quien le ama, qué decirle a Dios de quien quizás sólo ha sospechado su existencia y el amor?)

Ahora y entonces. Es importante estar listos, vigilantes, presentes.

El Ave María los une en un punto solo, nunc et in hora mortis nostrae. Porque se parecen mucho. Gloria estaba en su ahora y de presente en presente, con el humo asfixiante que llenó su departamento, su ahora se volvió esa hora, la de su propia muerte.

Espero que hayan criado y educado a Gloria en la certeza, no obvia, del Cielo, en la seguridad que se nace para vivir en la alegría, la serenidad, la satisfacción de construir algo bello y sobre todo para amar y ser amados; pero se nace también para morir y se muere para vivir para siempre.

Espero que puedan recordar, ahora que parece todo innecesario y negado, todo arrancado de los ojos y el corazón, que la felicidad existe y con la gracia de Dios entraremos en su Reino y ahí sabemos que ningún incendio lo reducirá a humo. Ningún humo nos quitará la respiración. Ningún país lanzado como un viejo tren de las montañas rusas en las vías de la muerte nos hundirá el estómago.

Gloria dijo gracias mamá. De lo que has hecho. Estoy por morir, lo sé.

La última llamada se remonta a las 4. Según el entrecomillado del Corriere la chica dijo:

Mamá, me he dado cuenta que estoy muriendo. Gracias por lo que hiciste por mí»

Luego, el adiós:

Estoy por irme al cielo, los ayudaré desde ahí».

Como hacen siempre los hijos, pidió ayuda a los papás, a pesar de su evidente impotencia. ¿Qué habrían podido hacer desde Italia? Los sometió a un dolor y a un estrés enormes, al que no deberían haber sido sometidos, creo yo. Todo por estar con ella. Y ella, pobre muchacha, a quién más habría podido acudir si no a quien la trajo al mundo y la ha amado?

Incluso los soldados moribundos, quien da a luz, todos nosotros, frente a la muerte, al dolor, al miedo, a las cosas grandísimas y definitivas, malísimas y bellísimas, gritamos «mamá».

Y al final, como siempre hacen los hijos arrinconados, dijo lo esencial: Gracias. Me voy. Los ayudaré.

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