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¿El origen de la Tierra es divino o no?

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Las teorías del Big-Bang y la evolución desde la visión cristiana de la creación

El ser humano, en medio de sus límites, busca, por su deseo implícito de Dios, conocer el todo y sus causas; conocer la verdad, a fin de cuentas.

En algunas cosas sus conclusiones son “infalibles”, en otras son sólo hipótesis o posibles explicaciones, como en el tema de la creación del cosmos y de la vida.

A este respecto, el ser humano debe ser humilde pues, por mucho que piense, estudie y opine, nunca logrará entender, con lujo de detalles y en su gran totalidad, el todo ni el cómo del universo y/o de la vida; a menudo lo único que podrá concebir son hipótesis en medio de teorías. Lo que la ciencia pueda afirmar sobre la creación del universo y de la vida no es verdad absoluta.

Dentro de las teorías que pretenden explicar tanto el origen del mundo material como el origen de la vida y/o de las especies, sobresalen dos: el Big-Bang y la teoría de la evolución.

En el fondo, ninguna de estas teorías debería negar la Verdad de Dios creador, pues son los procesos establecidos en la naturaleza los que deben ser objeto de indagación por parte de la ciencia. Estas teorías que intentan explicar cómo creó Dios cuanto existe no se contraponen a lo que la Iglesia enseña.

La teoría del Big-Bang

Los científicos (especialmente los astrofísicos) afirman que el universo comenzó con una gran explosión hace quince mil millones de años. Según esta teoría, cuyo padre fue el sacerdote jesuita George Lemaître en 1927, el universo estaba comprimido en un “átomo” primordial, que se expandió y dio lugar a todo el universo.

Si el universo comenzó de esta manera, en todo caso hay que pensar en un creador que está en el origen de dicho átomo y de dicha explosión, pues todo lo que materialmente comienza, viene de otro.

Como no existen materiales eternos (sin principio), todo nos remite a una causa primera e inmaterial. En consecuencia el principio creador del cosmos tiene que ser eterno, tiene que existir en el origen de todo; y no pudo comenzar de otro, pues entonces sería segundo y ya no sería eterno. Este primer Ser eterno y creador del cosmos es Dios.

Dicho de otra manera, para pasar de la nada al ser es necesaria una causa: Dios. Nada ni nadie puede darse la existencia a sí mismo pues, antes de existir, nadie puede ser, ni nada se puede hacer.

Quienes niegan a Dios podrían afirmar que el cosmos es obra del caos o de la casualidad, pero el universo no comenzó a existir como algo inerte, muerto o estático sino que es una realidad ordenada y dinámica, en movimiento y con leyes.

La ciencia podrá conocer las leyes que intervienen en el origen y el desarrollo de la materia y a la vida, pero ¿esas leyes quién las ha hecho? Para toda mente imparcial, las leyes, el orden, la organización, no pueden ser obra de la casualidad, sino de una inteligencia. A esa inteligencia los creyentes la llamamos DIOS.

Estas leyes de la naturaleza suponen un ser inteligente que las “pensó”, las puso y las mantiene activas. Son leyes que, observando algunos aspectos de la creación -objetiva y parcialmente-, podrían parecer subjetivamente hechos aleatorios.

Las leyes inscritas en la naturaleza nos hablan de la inteligencia de Dios, lo mismo que, por ejemplo, un reloj nos habla de la inteligencia de su inventor.

Consideremos el simple ejemplo de un libro. Las palabras que lo conforman están puestas en un orden específico. El orden de las palabras de un libro cualquiera se debe a una inteligencia ordenadora. Nadie escribe un libro sin una idea previa (con un lógico hilo conductor) y esa idea se concreta poniendo en orden unas palabras a partir de unas leyes que bien conocen los escritores.

Admitir que todo surge del caos, de la casualidad o del azar equivaldría afirmar que un libro se escribe, por ejemplo, sacando aleatoriamente millones de letras o miles de palabras contenidas dentro de un recipiente; lógicamente, esto es inadmisible.

Así es Dios con su obra creada, Él la ha creado en orden lógico. Es lo que nos sugiere el libro del Génesis (Capítulo 1).

La teoría de la evolución

El padre de esta teoría es Charles Darwin, quien en el año 1859 publicó su teoría en su obra titulada: Sobre el origen de las especies, por la evolución natural. Según Darwin, como el medio ambiente ofrece recursos limitados, los organismos compiten entre ellos por dichos recursos; y los que logren adaptarse mejor al medio lograran más recursos y sobrevivirán más y mejor.

Se sabe que al principio la hipótesis o la teoría de la evolución fue rechazada por la Iglesia hasta que el papa Pío XII dejó entrever la posibilidad de que la evolución de las especies fuese absolutamente compatible con la fe. Dentro del mecanismo evolutivo actúan leyes que, como se decía antes, han sido puestas por el creador. Pero fue san Juan Pablo II quien reconoció públicamente la fuerza del evolucionismo, rehabilitando a Darwin.

Pero aunque la Iglesia no condene categóricamente esta teoría, tampoco la impone a manera de dogma de fe. Esta teoría, no aceptada unánimemente por todos los científicos, no excluye la acción creadora de Dios, pues una evolución desde la nada es un contrasentido.

“Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni ninguna ayuda para crear. La creación tampoco es una emanación necesaria de la substancia divina. Dios crea libremente ‘de la nada’”, señala el Catecismo (296).

La Iglesia afirma que Dios lo creó todo de la nada y que todo está bajo su providencia. La divina providencia es el conjunto de disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia su perfección última (Catecismo, 302); y la evolución bien perfectamente encaja dentro de este propósito divino.

Esta teoría de la evolución podría ser aceptada si es entendida sólo como una secuencia de mutaciones de una especie con el paso del tiempo, mas no serviría para explicar el surgimiento de las especies como de un único tronco.

En el caso de la especie humana, hablando de su corporeidad, esta podría haber evolucionado pero no en cuanto a su alma espiritual. Por la divina Revelación, así como por una correcta y sana filosofía, constatamos que el alma humana no puede surgir de una materia evolutiva, sino que implica una acción creadora por parte de Dios.

Y no podemos afirmar que Dios se haya limitado solo a crear el alma y nada más: Dios crea al hombre en su totalidad o no lo crea; no puede crear las cosas ni al ser humano parcialmente o a medias.

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