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¿Cómo está tu niño interior? Abrázalo y reconcíliate con él

Philippe Put-CC
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Si nuestro niño interior tiene heridas, nuestra parte adulta no se desarrollará de una manera saludable

La niñez es la etapa crucial para el desarrollo de nuestra personalidad. Es la época donde todo lo que adquiramos nos irá definiendo, es decir, nos ayudará en nuestro desarrollo integral como personas tomando en cuenta que siempre seremos una unidad perfecta de mente, cuerpo y espíritu.

En la niñez aprendemos a tener ideas claras para argumentar y no solo opinar, acerca del mundo en general, del hombre, de la vida, a distinguir el bien y el mal, con base a valores que nos permitan irnos formando juicios propios y así tener un comportamiento que vaya de acuerdo con ellos.

Es la época en que nuestros padres son nuestros héroes y modelos a seguir, nuestras figuras segurizantes que nos hacen sentir amados y valorados. (Tristemente, a veces lo contrario). Observamos sus actitudes y comportamientos y estos nos impactarán en nuestras emociones, en nuestra precepción sobre la vida, el amor, el perdón, etc. Todas esas sensaciones -sentirnos amados o rechazados; sentirnos con miedo o seguros, etc.- se quedarán almacenadas en nuestra memoria.

Por lo tanto, una niñez lo más sana posible es básica para nuestro óptimo desarrollo hacia la edad adulta. Sin embargo, sabemos que la mayoría de las personas no hemos tenido una niñez sana.

Justo esto es el niño interior, ese conjunto de creencias -buenas y no tan buenas- que nos fueron inculcadas durante nuestros primeros años de vida (incluso, desde el vientre materno), ideas que absorbimos, que se quedaron almacenadas en nuestra memoria y que hoy nos hacen ser lo que somos y actuar de la manera que lo hacemos.

Por lo tanto, si tenemos un niño interior que fue lastimado, nuestra parte adulta no se desarrollará de una manera tan saludable. En pocas palabras, las huellas de abandono y las heridas emocionales que recibimos en la infancia las traeremos arrastrando a la edad adulta hasta el momento en que las reconozcamos y hagamos un trabajo interior para sanarlas.

Es importante considerar que para realmente sanar a nuestro niño interior no debemos ir buscando culpables ni podemos señalar a nuestros padres como los principales responsables de que nosotros seamos de tal o cual manera. Al contrario, la gratitud hacia ellos es necesaria si realmente queremos sanar.

Hay que decirles con consciencia y desde el corazón: “Gracias papá, gracias mamá por todo lo que me dieron y lo que no me dieron ahora yo -el adulto- me encargo de conseguirlo”. ¿Sabes por qué? Porque, al final, ellos también fueron producto de su historia y nos dieron lo que tenían para darnos, ni más ni menos. Porque estamos convencidos de que si ellos hubieran sabido hacer las cosas diferentes para demostrarnos su amor incondicional, lo hubieran hecho.

Esto no significa que les estemos justificando, sino que nos estamos haciendo conscientes de lo que sentimos, reconociendo nuestras sensaciones y haciéndoles frente para curar nuestro interior. Hoy ya somos adultos y, por lo tanto, responsables de buscar, encontrar soluciones y soltar esas creencias y comportamientos que ya no nos sirven para seguir creciendo como personas íntegras.

Ser siempre niños… Tener nuestro interior sano, libre de apegos y de rencores como el de ellos. Se dice en las Sagradas Escrituras que para entrar al reino de los cielos hay que ser como niños y vivir como tal. ¿Y es que podrá haber algo más real y sincero que la inocencia que sale del alma de un niño, de su corazón que es puro? Es una maravilla con la simplicidad que viven, no se complican la vida como los adultos. Su capacidad para perdonar es impresionante, digan de ser imitada. Si todos viéramos el mundo a través de sus ojos, este sería aún un mejor lugar para vivir.

La gran ironía es que muchos niños desean crecer rápidamente y convertirse en adultos y los que ahora somos adultos desearíamos volver a ser niños. ¿Y sabes? Es que sí podemos volver a serlo desde un punto de vista espiritual.

Por ejemplo, tú recuerdas cuando eras niño y te caías, como corrías a los brazos de mamá para encontrar consuelo porque tenías la certeza de que ellos podían hacer algo para curarte y hacerte sentir mejor. Confiado te apresurabas a que te abrazara y las simples caricias y la voz de ella te tranquilizaban. Los brazos de los padres tienen algo que nadie más tiene. Entonces, hay que volver a ser niños y así hay que soltarnos en los brazos de nuestro Padre amoroso -Dios- confiados en que Él siempre tendrá la capacidad de rescatarnos de cualquier caída en la vida y de curarnos por más profunda y enferma que esté nuestra herida.

¡Necesitamos volver a ser niños! ¿Y a ti te gustaría volver a serlo? Yo creo que muchos traen un niño interior muy despierto. Sobre todo, aquellos que no se toman las cosas tan en serio y procuran ver la vida a través de los ojos de un infante, como una gran aventura aprendiendo a disfrutar de las cosas más simples. Para esas personas es muy importante mantener el corazón infantil, lo más puro y sencillo posible y así poder vislumbrar todo ese amor que Dios tiene dispuesto para ellos.

Por supuesto que muchas veces no logran mantener esa actitud de vida y cuando el miedo y la frustración se apoderan de ellos y asustan a su niño interior, el hoy adulto entra en diálogo con él y lo tranquiliza diciéndole: “Ten calma pequeño, ahora yo -el adulto- cuido de ti y de ambos cuida Dios. No hay nada que temer, estamos a salvo”.

Ahora reflexiona: si en este momento tuvieras frente a tus ojos a tu reflejo, es decir, a ti mismo, pero en pequeño, en niño, ¿qué crees tú que te diría?

¿Se sentiría feliz o desilusionado de ver lo que hiciste de él? Te agradecería por el maravilloso adulto que eres, responsable, virtuoso, amoroso, fiel a tu vocación y leal a tus valores. Te daría un gran abrazo y en el oído te diría, “Gracias por rescatarme y convertirme en un adulto sano y maduro”. O de plano se taparía la cara y con ojos llorosos te diría: “Lamento mucho en lo que me has convertido; ¿por qué elegiste nunca rescatarme ni sanarme?”

En cualquiera de las 2 opciones, abraza a tu niño interior con amor, pídele perdón y reconcíliate con él de ser necesario, es decir, trabaja para rescatarlo y sanarlo.

 

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