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¿Qué hay detrás de un terrorista como el del puente de Westminster?

DAVID HOLT-CC
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El vacío, la falta de sentido, la nada...

La respuesta a la pregunta es múltiple, variada, pero paradójicamente similar: el terrorismo islámico es una “respuesta” tangible para quienes no le encuentra más un sentido a la vida. A la vida personal y, desde luego, a la vida de los que se llevan entre las espuelas.

Tomemos el último de los casos, es de Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, en Londres. Era un buen tipo, nacido y criado en Inglaterra, colaborador con sus compañeros de escuela cuando joven. Nadie le conoció tendencias violentas. Hasta que había cumplido ya los 50 años y vio que en darle muerte a los “infieles” obedeciendo órdenes (“el que obedece no se equivoca”, pareciera ser, a rajatabla, la esencia de estos actos incomprensibles) era lo suyo.

Desde luego, pareciera ser que Masood es un yihaidista atípico. Suelen tener otro modo de ser, incluso, otra edad: son jóvenes o, incluso, adolescentes. Pero, últimamente, ya no: ahora son cincuentones, absolutamente desencantados de la vida, que ven en el radicalismo de la yihad una forma de morir dignamente… matando a otros.

La biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí”, escribe en su portal el periodista español Fernando de Haro.

Párrafo que nos demuestra dos cosas: primera, que el terrorismo islámico sabe cómo “vender” su producto de muerte a los cansados de la civilización occidental y su despersonalización por ausencia de valores que den sentido a la vida y, segundo, que Europa está equivocando la estrategia para combatir a los terroristas. Ya no son como los pintan en las películas, sino pequeños raterillos, mediocres funcionarios a los que les comunican los dineros del Medio Oriente una razón de existir matando.

Como preguntó Camus en una reunión tras la Segunda Guerra Mundial (29 de octubre de 1946) , en la que estaban Malraux, Koestler y Sartre: “¿No creen que todos somos responsables (en la civilización occidental) de la falta de valores?” Ser hijos de nihilismo, de Nietzsche y del marxismo totalitario hizo que muchos intelectuales –con ellos las corrientes principales de opinión y los medios de comunicación que querían estar “a la altura”—abrazaran la ausencia de valores fuertes (calificados, casi siempre, de “religiosos”) y desplazaran a la conjugación del verbo “tener” el sentido de la vida.

Los nuevos matones no son solados preparados en la yihad: son musulmanes europeos captados por el islamismo radical cuando ya no le encuentran sentido a seguir viviendo en una sociedad “líquida”, una sociedad que ha perdido lo que la distinguía y que Rob Riemen, de la mano de Thomas Mann, ha definido con claridad: lo que ha perdido es “la nobleza de espíritu”.

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