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Me hice amiga de mis ataques de pánico y retomé el control de mi vida

Jon Flobrant | Unsplash
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Tres epifanías se abrieron camino ante mi psique... y cambiaron las reglas del juego

Con 12 años tuve mi primer ataque de pánico. Las manos sudorosas, el corazón desbocado, los temblores y la sensación que todo a mi alrededor se desvanecía; no tenía ni idea de lo que me estaba sucediendo. Solo sabía que no podía controlar mi cuerpo. Era puro terror. Fui a ver a médicos, pasé por una serie de pruebas y me dieron el visto bueno. Aunque aliviada tras saber que no tenía ningún problema médico, vivía con el miedo de que fuera a suceder de nuevo. Y vaya si sucedió. Una y otra vez y otra.

A medida que maduraba, empecé a juntar las piezas del puzzle. Estos “sucesos” no surgían de la nada; había un detonante, un desencadenante emocional. Cada incidente iba precedido de una preocupación o un temor abrumadores. Un dolor en el abdomen que significaba apendicitis, un viaje ajetreado en avión significaba una colisión inminente, etcétera.

Nerviosa por naturaleza desde pequeña, conocía bien el miedo y el pánico. Pero con estos casos estaba llegando a un nivel completamente nuevo.

Pasé años viviendo con temor a que se repitieran. Temía quedarme a dormir en las casas de mis amigos, salir de excursión o, en general, arriesgarme a alejarme demasiado de casa. De mayor, dejé de viajar en avión, de subirme a los ascensores o de hacer viajes por trabajo.

Con el tiempo, un psiquiatra confirmó lo que yo ya intuía: padecía un trastorno de ansiedad y ataques de pánico. Me prescribió dos tipos de medicación y me remitió a un terapeuta cognitivo conductual.

Aunque la terapia conversacional y la medicación me ayudaron mucho en varios aspectos de mi vida, no tuvo mucho éxito en lo referente a la gravedad o la frecuencia de mis ataques de pánico; al menos no en la dirección prevista.

Todo lo contrario, de hecho; las presiones de la vida me empujaron hasta un punto en el que todo empezó a empeorar: continuaba mi espiral de descontrol.

En ocasiones hasta tenía miedo de salir de la casa e incluso solo pensar en ello me hacía temblar. Terminaba por armarme de valor y hacerlo, pero en general no estaba en buena disposición como madre trabajadora a tiempo completo y con dos hijos. Me paralizaba el temor a tener un ataque de pánico fuera de los seguros confines de mi hogar.

Un sábado por la mañana, mis hijos me pidieron que les llevara al parque. Sepultada por el miedo y la ansiedad, dije que no y lo justifiqué con un dolor de vientre. En vez de eso, los puse frente a la televisión y confié en que aquello les satisficiera.

Ahí estaba, sentada en el sofá, mirando a mis hijos ver la televisión. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué me había convertido? Mis dos hijos llenos de energía querían pasar una bonita mañana de sábado en el parque con su madre, ¿y así les respondía yo? ¿Y todo porque tenía miedo a tener un ataque de pánico?

Aquel día decidí dejar de vivir con miedo. Aquel día pasé a la acción.

Decidí aprender todo lo que pudiera sobre el trastorno de ansiedad y los ataques de pánico. Supuse que quizás si lograba diseccionar esta cosa, podría entender mejor qué es lo que me sucedía.

Cuanto más aprendía sobre la anatomía de los trastornos de ansiedad y de pánico y desarrollaba una comprensión sobre lo que motivaba mis propios ataques, más empezaba a asentarse un cambio interno en mí. Mis perspectivas cambiaron a medida que una serie de epifanías consiguieron ocupar su lugar al frente de mi psique. Fueron mis puntos de inflexión:

Punto de inflexión #1: Mis ataques de pánico intentan ayudarme

En efecto, has leído bien. Es algo que se define en la reacción de lucha o huida: un proceso interno que prepara nuestro cuerpo ante la percepción de una amenaza. En otras palabras, es la forma que tiene nuestro cerebro de ayudarnos como nuestro jefe de seguridad.

Una vez que comencé a interiorizar esta idea, me di cuenta de que mi monstruo de pánico no es el adversario maligno que durante tanto tiempo pensé que era. De hecho no es en absoluto un monstruo. No intenta matarme. Es simplemente un mecanismo de protección de mi cerebro y cree que actuando así me está ayudando.

“El trastorno de pánico es en realidad una reacción corporal natural que sucede fuera de contexto”, así me aclaraba la explicación del psicólogo Thomas A. Richards del Social Anxiety Institute.

Punto de inflexión #2: Es parte de quien soy y lo acepto

Pasé muchos años no solo viviendo atemorizada de esa bestia grande y malvada, sino también tratando de combatirla. Cada vez que tenía un ataque me prometía que nunca dejaría que volviera a suceder.

¡Esta ha sido LA ÚLTIMA VEZ! ¡Voy a plantarle cara con todas mis fuerzas!

Luego, sin remedio, sucedía de nuevo. Me carcomían los sentimientos de fracaso, decepción y derrota.

¿Cómo pude dejarme sucumbir otra vez?

Pero a medida que aprendía más sobre mí misma a través de este proceso, llegué a reconocer que este comportamiento tan despreciativo hacia mí misma era algo tremendamente destructivo y contraproducente. Así que escogí una perspectiva nueva: en vez de invertir tantísima energía emocional tratando de eludirlo, decidí bajar la guardia y aceptarlo como parte de lo que constituye mi ser. Decidí ser la dueña de esa parte de mí y amarme a pesar de ella. Y así entablé amistad con mi trastorno.

Al aceptar esta “cosa” como una simple pieza del gran puzzle que me compone y al abrazarla con amor, estoy en menos discordancia conmigo misma y más en paz en mi propia piel.

En cuanto dejé de combatir esta fútil lucha con algo que residía en mi interior, la presión cesó.

Punto de inflexión #3: No estoy en peligro de verdad

Aunque un ataque de pánico tiene el poder de convencerte de que estás en grave peligro, su poder termina ahí mismo. “Durante un ataque de pánico, tu cuerpo experimenta los mismos procesos físicos que tendría si estuvieras en auténtico peligro”, explica Richards. “La diferencia, por supuesto, es que aunque te sientas en peligro, en realidad no lo estás”.

Lo cierto es que, aunque los sentimientos de peligro son reales, no existe una amenaza auténtica. Esta perspectiva fue un descubrimiento enorme para mí, ya que ahora podía darme permiso para dejar que sucediera sin temor a la muerte. Este pensamiento sigue teniendo un efecto calmante para mí: me da una cosa menos sobre la que preocuparme durante la agonía del pánico.

Ahora, cuando siento que se aproxima un ataque de pánico, simplemente me tumbo y le invito a que llegue. Me digo que estoy bien con lo que estoy sintiendo; que ya pasará. Me doy permiso para que suceda y me recuerdo que no se trata más que de un mecanismo de defensa inofensivo. Y respiro.

No me enfado conmigo misma. No me presiono para expulsarlo. Solo lo dejo estar.

Si tengo éxito y lo mantengo a raya, celebro mi logro y me doy una palmadita en la espalda por un trabajo bien hecho. Si no tengo éxito, simplemente me recompongo, le quito importancia, practico un poco de amor propio y paso página.

No me autocompadezco ni me recreo en el lamento o en la vergüenza; tampoco miro con miedo al futuro. Simplemente paso página, sigo adelante. Y me felicito por ello, porque pase lo que pase, estoy progresando.

Todavía tomo mi medicación y todavía sigo en terapia y siempre seré propensa a tener ataques de pánico. Soy y seré siempre un proceso en evolución.

Pero al desmitificar mi percepción de esta cosa que me ha asediado durante la mayor parte de mi vida, al aceptarla por lo que es y quererme a mí misma a pesar de ello, he conseguido arrebatarle gran parte de su poder y recuperar el control. Aunque los mecanismos de supervivencia son diferentes en cada uno, esta es la fórmula que he descubierto funciona mejor para mí.

Ahora, cuando mis hijos piden mi atención, se la puedo ofrecer, libremente, totalmente y sin miedo.

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