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¿Dios tiene un origen?

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Henry Vargas Holguín - publicado el 05/12/16

Para Él no hay tiempo

“¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” (Rm 11, 33).

Dios creó el cielo y la tierra, es el creador de todo lo material e inmaterial, visible o invisible (Col 1,16), señala el Credo de la Iglesia católica.

Y la creación de Dios no es cuestión sólo de un momento (del momento en que todo empezó a existir) sino que además Dios mantiene su obra en constante creación, especialmente cuando cada elemento creado genera a otro.

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Con Dios todo es diferente. Las palabras de Pablo, de la cita inicial, indican que Dios tiene unos atributos que están más allá de nuestra comprensión.

Una de las características divinas es su eternidad. De aquí que Dios sea siempre el mismo, Dios no cambia, todo lo creado sí cambia.

Dios no cambia, en Él no hay tiempo. El tiempo es en sí mismo cambio, medición de movimiento. El tiempo comenzó con la creación del universo cambiante. En Dios no hay sucesión de tiempo, no hay pasado ni futuro; en Dios hay un “eterno presente”.

Dios simplemente “es” el que es.

Su nombre es “Yo Soy el que soy” (Ex 3, 14-15), expresión que usó también Jesús para hacer ver su divinidad: “Antes que naciese Abraham, Yo Soy” (Jn 8, 58). Jesús no dice, por ejemplo, antes de que naciese Abraham yo fui o yo era o yo seré, etc.




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Dios no es creado; lo señala también el credo cuando dice que Jesús fue engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre.

Del atributo divino de la eternidad se deriva otro de sus atributos: el de su inmutabilidad. Dios siempre ha existido, tal cual es; Dios nunca fue creado, es eterno. Sí, Dios es inmutable porque es eterno.

Si Dios es eterno, en consecuencia no existe un momento en que Dios no existiera, como tampoco habrá un momento en que Dios dejará de existir. Dios no tiene principio, ni fin, es sempiterno (siempre eterno).

“Al Dios único…, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo el tiempo, ahora y por todos los siglos. Amén” (Judas, 25). Y san Pablo dice: “Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Tim 1, 17).

El pensar de que Dios sea creación del ser humano, de que Dios haya tenido un principio o de que haya sido creado obliga a formularse la siguiente pregunta: ¿y entonces quién lo creó a Él? Se entra entonces en una especie de espiral hacia atrás sin sentido e indefinida.

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Shutterstock | StunningArt

Dios no tiene principio ni fin; si los tuviera, -o sólo tuviera principio o sólo fin-, no sería Dios. Dios es el primero y como es el primero su existencia no puede depender de otro, pues entonces sería el segundo.

El primero es eterno, no tiene principio, no puede tener comienzo; el segundo, sí.

El creado no puede llamarse a la existencia por sí solo, pues nada antes de existir puede hacer algo por sí mismo. Por eso el primer ‘ser’ tiene que ser eterno. Y a este primer ser eterno, que es el principio creador, le llamamos Dios.

Sólo Dios es realmente eterno, sin principio ni fin. Todo lo demás es creado por Él, incluso algunas cosas creadas que consideramos erróneamente como eternas: los ángeles, el alma, por ejemplo.

Estas realidades no son eternas; son, más apropiadamente hablando, inmortales. Inmortal significa que no tendrá fin, pero sí que tuvo principio. Y los ángeles y el alma son seres creados; no existen desde la eternidad.

©Francesco Astiaso Garcia

Saber que Dios es eterno influye positivamente en nuestra vida. Aceptar esta verdad de la eternidad de Dios permite entender la lógica de Cristo cuando habla de darnos vida eterna, de ser partícipes de su vida eterna; con Dios la vida tiene sentido y tenemos presente y futuro.

El gozar de Dios no es por tanto cosa de unos cuantos años terrenales sino por siempre, in saecula saeculorum. Aunque esta experiencia temporal, tal como la vemos y la tocamos, sea corta, Dios es “para nosotros un refugio de edad en edad (Sal 90, 1).




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